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miércoles, 16 de mayo de 2012





LOS AMURADOS   I


Los Amurados son prisioneros de sus circunstancias. El Drogadicto y El Borracho, levantaron con sus vicios sus propios muros. Otros llegaron a ellos por azar, como El Secuestrado. El Condenado hizo el suyo con esfuerzo propio, con los materiales que le proporcionó la falta que cometió, y La Monja lo fabricó por necesidad, para volver a encontrarse consigo misma.
El Viejo, El Loco, El Solitario, El Ciego y El Enfermo son víctimas de fuerzas poderosas que escapan a su control, que los colocaron frente a esas vallas; pero todos ellos están unidos por un hilo conductor, que los mantiene en ristra, ese hilo es el muro que los contiene.
Todos convivimos con un muro. Algunos lo tienen dentro, otros fuera. Unos lo edifican para mantener a otros afuera, mientras que otros lo hacen para mantenerse ellos adentro. Pero todos, óigase bien, todos somos Amurados; y esa condición, la de Amurado, no la conferimos nosotros, nos la da el muro que nos limita. EFO.

       



EL DROGADICTO

     
                                                                       
Apenas han pasado unas horas y ya siente en el estomago el picotazo de la angustia. Es lo más parecido a un mordisco, pero este, piensa, debe darlo una boca monstruosa que cubre toda su barriga. Es como si tuviese instalado cerca del ombligo un alicate gigantesco, que aprieta, aprieta y no deja de apretar. Sus manos buscan presurosas el timbre que cuelga cerca de su cama. Tras una breve escaramuza con las sábanas sus dedos lo aprisionan, lo pulsan con ansias. Como repuesta a su llamado una sombra blanca se recorta en el ovalo de la ventanilla que orada la puerta. El siente como lo mira, pareciera que lo espiará. Luego, al igual que llegó, se aleja, indiferente a sus gritos, sorda ante sus suplicas. Incansables, las manecillas trotan por la esfera, devorando segundos, persiguiendo minutos. Al fin se detienen en las tres. De nuevo la sombra ocupa el ovalo y en un parpadeo la siente próxima. El pinchazo de la aguja araña su brazo y poco a poco la laxitud se apodera de sus sentidos. La realidad se evapora, se volatiliza, fundiendo en una sola pieza tiempo y espacio. Estrenando sol se arrima al muro. Este es distinto a cualquier otro, a cualquier otra valla que separe ilusiones de realidades. Este es un muro que no circunda terrenos, ni marca distancia entre iguales. Es una pared cuya cara interior completa una habitación y su exterior es parte de la fachada. Esta formado por bloques de vidrio, de distintos colores, dispuestos simétricamente, uno sobre el otro, uno al lado del otro, constituyendo una unidad cromática que a veces sorprende por la simpleza de su belleza. Descubrió ese muro en su diario peregrinar por las distintas estancias que integran el pequeño hospital. Al traspasar un umbral fue fulminado por una colorida ráfaga de luz que le azotó el rostro. Asombrado, se detuvo a contemplar aquel universo de matices e inevitablemente atraído por su multiplicidad quedó atrapado en el. Y desde entonces lo visita cada vez que sus angustias se lo imponen. Herido de insomnio abandona la celda de su cuarto, y al abrir la mañana, el sol tropieza con su cuerpo fusionándolo a la pared, pigmentándolo, de rojo, verde, azul, amarillo y blanco, pintando con él un cuadro de gran formato en el que juguetean los colores, con su pelo, piernas, torso y brazos. Este muro es totalmente ascético, No tiene matas que lo adornen, animales que lo caminen, ni hongos que lo parasiten. No tiene ranuras, ni rugosidades.No es húmedo. Es seco. No transmite ningún sonido, pero atrae, embruja, fascina, posee, hechiza, domina. Es aditivo. Se hace recurrente. Crea necesidad, dependencia. Y por eso está él allí. Lo llevaron una tarde cuando ya no pudo resistirse al sortilegio de su adicción. Lo llevó su familia, o mejor dicho la que alguna vez fue su familia, pues la droga acabó con ella al minar las bases de la relación que los unía. Y desde ese día, hace ya un mes, está lidiando con la obligada abstinencia que le produce vómitos, diarreas, fiebres, nauseas, insomnio, ansiedad, fatiga, irritabilidad, agitación y ese maldito sudor frío que corretea por su cuerpo, asustándolo, pues parece que le sorbiera la vida. Frente al muro derrocha su tiempo, dejando que la luz que filtra lo empape de su arco iris. Este baño de color tiene mucho que ver con la hora del día. Al despuntar la mañana, el sol al chocar contra la pared, arranca jirones de luz a los bloques azules, confiriéndole tranquilidad, reposo. Al mediodía prevale el amarillo convirtiéndolo en un ser activo, dinámico. A mediados de la tarde cuando los rayos solares tocan los bloques verdes se muestra a la defensiva, alerta y cuando alcanzan los rojos se dispone al ataque, a la agresión. El muro se ha convertido en una obsesión. A el llega cuando se siente alterado, en busca de sosiego. A el se abraza en vano intento de robarle la energía cuando la fatiga entumece brazos y piernas. Al pie del muro yace como un animal en acecho y al muro ataca con furia, con rabia cuando la necesidad de droga lo posee como un espíritu satánico. En el muro exorciza a sus demonios. En el muro se encuentra con su Dios. Es el muro su consuelo y desesperanza. Su día transcurre entre la obligada rutina del Sanatorio que ata sus deseos y la necesidad apremiante de postrarse ante la mole. Cualquiera pensaría que esta nueva adicción ha remplazado a la anterior, pero no es así. En realidad conviven ambas en el cajón de su mente, prisioneras en un cuerpo que se niega a dejarlas ir. En las noches, cuando los diablos secuestran su psiquis y lo asalta un deseo incontenible de satisfacer su vicio, es cuando más intensamente siente el mordisco en su estomago, cuando está más irritable, más inquieto. Entonces grita, aúlla, liberando la pesada carga que lo agobia, drenando los humores de su desesperación. Es la hora del sobresalto, del vacío, del encuentro consigo mismo, del choque con esa realidad que no puede evadir, que lo avasalla, que se le hace presente. Y es también la hora en que acude presuroso al muro, que lo espera silente, frío, ausente. Ante él se postra en muda reverencia, rindiendo vasallaje a su Señor de vidrio. En él se estampa, intentando traspasar su estructura, mimetizarse con ella, adentrarse en ese universo de colores, de tonos, de formas. Es en esa hora cuando siente que él y el muro son uno, pues entre ambos se tejió un lazo invisible que los mantiene unidos. Es entonces cuando toma conciencia que hoy, mañana y quizás por lo que le reste de vida será un amurado. EFO.












EL ENFERMO


                                                                                               
Todo empezó un día, temprano al levantarse, cuando notó en su mano derecha una mancha mas clara que el color de su piel. Extrañado la palpó y más extrañado quedó al no sentir nada. Era como si hubiese perdido algo, como si de pronto la sangre no circulara por su dedo, pues no percibía repuesta alguna. Asustado, separó el dedo de la mancha y lo posó sobre su nariz. De inmediato esta le devolvió el contacto enviándole una pequeña onda de calor. Repitió el experimento, ahora con su oreja, y el resultado fue idéntico. Volvió a la mancha en su mano y otra vez la nada se posesionó del dedo. La nada y la lepra. De aquel tiempo ha pasado otro muy largo, tan largo que se declara incapaz de cuantificarlo. No sabe, a ciencia cierta, desde cuando está allí, o quizás lo sepa, pero no quiere saberlo. El lazareto se convirtió en refugio para su mal y único consuelo a su espíritu. Todos los tiempos transcurren entre las paredes del nosocomio y la gruesa valla de madera que marca distancia entre las vidas de seres distintos.
Hoy es jueves, día en que los enfermos salen a mendigar por el pueblo, pretencioso de ciudad, que con horror los ve desfilar por sus estrechas calles. A su paso puertas y ventanas se cierran presurosas y una lluvia de conjuros, imprecaciones y gritos cae copiosa sobre sus cabezas. Sus ojos escudriñan tras el burdo tejido de la capucha que cubre su rostro. Sus piernas impulsan, bajo la túnica de arpillera, un cuerpo cansado y al menor movimiento el tintineo de la campana que cuelga de su cuello pareciera acompasar su fatigoso andar, advirtiéndole a propios y extraños que un leproso se aproxima. Su olor pestilente ahuyenta a los animales, la visión de sus manos mutiladas, de dedos carcomidos por la enfermedad, dificultadas de asir un mendrugo o prodigar una caricia, asusta a las mujeres y suscita muestras de asco en los hombres. Hay mucho de morboso en este rito semanal que devuelve los lázaros a las calles y recluye los vecinos en sus casas; pero ambos bandos parecieran que desearan este encuentro: los unos exhiben los restos de sus cuerpos en franco desafío, como si culparan a los sanos por el mal que los aqueja y los otros espían ese horror con creciente curiosidad, casi con deleite, alegrándose de no ser ellos quienes llevan la muerte calcada en la piel. Al final del día, con el sol y sus miserias a cuestas la procesión de lacerados abandona las calles para, uno a uno, ser devorados por la pesada puerta del leprocomio. A salvo de miradas los enfermos se reencuentran con la realidad, se reconocen en su enfermedad y vuelven a ser ellos. Atrás quedaron las caras de miedo y las muestras de asombro. Aquí todos son iguales, todos asombran y todos meten miedo. El también se une y como todos los días, desde que llegó al hospital se acera al muro de troncos; con fruición bebe los últimos rescoldos de calor que el sol ha depositado en el y reconfortado toca los añosos leños que acostumbrados a su cuerpo lo dejan yacer adherido a ellos. De sus cuencas asoman un par de ojos vidriosos, de mirada lánguida, que mariposean sobre la barda. Poco a poco va enfocando su atención en las rugosidades de la madera. Desciende a la base del vallado, hasta donde nacen los rolos, para lentamente ir subiendo, metiéndose por sus múltiples caminos de musgo, adornados de coquitos, bordeando los hongos que los parasitan, viajando a través de las vetas y chocando con los nudos que obstruyen la ruta de las hormigas. En su peregrinar, a veces, la mirada cae en las ranuras que forman la separación entre los palos, deslizándose hacia afuera. Pero esa escapatoria fugaz es rápidamente controlada; a él no le interesa espiar allende la barda, su mundo está adentro de esta, el exterior le es ingrato, pues fuera se sabe distinto. Dentro él es normal, fuera es una deformidad, un fenómeno que espanta, un ser abominable. Corregida la distracción vuelve a centrar su atención en la cerca persiguiendo una hilera de bachacos que se empinan hacia arriba; al rato, cansado, desliza su cuerpo por la pared hasta quedar sentado, fundido al muro. Ya no lo ve, pero siente sus asperezas que le marcan la espalda. La valla es en realidad una sucesión de troncos clavados en la tierra, uno al lado del otro, que encierra un enorme terreno, en el medio del cual se encuentra el hogar de la colonia de leprosos, el Hospital de San Lázaro, un ruinoso edificio compuesto por tres barracones, de paredes de piedra y techos de madera, interconectados por un largo pasillo; pero para el es algo más que eso. La estacada es su salvaguarda, a ella acude trémulo cada mañana, en ella pasa las tardes y muchas veces las noches. Con el muro como escudo es fuerte, pues está escondido de miradas, protegido de frases maliciosas y a salvo de pensamientos malsanos. Al muro llegó un día cualquiera, como llegan todos los enfermos del hospicio, buscando apoyo para sus debilitados cuerpos,y una vez que descansó a su sombra entendió que nunca más se separarían. Junto al muro enterró sus esperanzas y vio morir sus sueños de un tiempo mejor. Junto al muro aceptó que nunca sanaría y poco a poco, acogió la muerte como compañera permanente, pues se supo muerto en vida. 
Al final del muro, anexa a la parte posterior del complejo, está la necrópolis de los lazarinos donde irán a parar sus huesos, aquellos que les deje el mal que lo devasta, pues los leprosos deben ser sepultados en cementerio aparte, nunca en cementerio común, cubiertos de cal viva y en tumba anónima, sin lápida ni cruz. Tan solo un ladrillo, con su número, marcará el lugar, indicando que quien allí reposa recibió muerte infamante. En ese camposanto ya reservó su espacio. Y lo hizo con mucho cuidado, a sabiendas que será el último que ocupará en la tierra. Lo escogió de frente y muy cerca de la barrera, para poder observar desde su horizontalidad la verticalidad del muro. Ahí se quedará, amurándose definitivamente, hasta que Dios, en su inagotable bondad, llame a los leprosos a su lado, quitándoles el estigma que el Demonio puso sobre ellos, derrumbando los muros que los limitaron en vida y que los separan en la muerte, desamurándolos. EFO.



EL VIEJO


                                                                     
Por más que quiere no puede recordarlo. Las imágenes se entremezclan al punto que todo parece una sola masa de recuerdos de donde resulta casi imposible extraer uno y aislarlo. Pese a intentarlo no logra precisar desde cuando su cuerpo ocupa un espacio en eso que todos llaman Hogar de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús. Sabe que está allí porque los otros se lo dicen pero no sabe desde cuando, no recuerda. Pareciera que es desde siempre.Vagamente se filtran por los resquicios de su mente pedazos de pensamientos que intentan retroraelo a una época que consideraba pasada. Los sonidos juegan con los olores y estos con la visión resultando imposible precisar algo dentro de esa maraña de sentidos.De una cosa si está seguro y es de la primera vez que se colocó tras el muro. Era una tarde soleada en que el azul del cielo parecía que se había tragado s todas las nubes; deambulaba por el jardín sin ningún interés especial, cuando de pronto se supo muy cerca de el. Fue como si alguien lo hubiera empujado hacia la pared. Sintió el roce áspero de la piedra, palpó su dureza y desde entonces quedó grabado en su mente el olor a humedad que rezumaba. Ese olor se le hizo inconfundible. Pareciera que lo llevara tatuado en su olfato pues desde ese día no ha podido dejar de percibirlo, aún cuando esté lejos del muro.Tampoco le ha sido posible divorciarse desde que se maridó con esa valla de piedra que se alza divisoria entre su realidad y otra que intuye familiar, pero que no puede precisar exactamente como es. Sólo siente que su necesidad de amurarse es recurrente, casi aditiva. Y ahí está otra vez, adosado a la pared. La cercanía de hoy es distinta a otras. Con su vista recorre las piedras como si buscara algo. Tiene que hacerlo porque presiente que dentro, fuera, cerca, sobre esas piedras palpita otra vida, que no ha podido descubrir, pese a llevar tiempo acechándola. Sus ojos cabalgan por el conocido camino empedrado, van tras la caravana de hormigas que sube desde los cimientos y se pierde en uno de los innumerables agujeros que ametrallan el muro. Su oreja se funde con la pared en busca de algún sonido familiar, así se queda largo rato hasta que el ulular de una sirena lejana lo devuelve a la realidad. Sus manos magrean las piedras, se deslizan por ellas como si quisieran comulgar con las pequeñas moles. Su tacto nunca le es familiar. Hay veces que las siente lisas, otras rugosas y cuando toca las de la base las sabe musgosas. Pero siempre son duras, imposibles de horadar con las uñas. Una vez, cuando el rumor del viento le trajo los aires de una música conocida, se aferró a la pétrea superficie con angustia y recibió a cambio un rasguño que casi inmediatamente se transformó en gotas de sangre que se deslizaron por su mano y tiñeron de carmesí las pequeñas matas que crecen en las juntas.
Desde esta mañana, está oyendo arrastrar de pasos que se persiguen presurosos. Algunas veces cree que se juntan, otras los intuye raudos, veloces, lanzados en carrera, como felices de poder alejarse. El piensa que algo está pasando porque la calle no está tranquila. Hoy, como nunca, el ruido de los motores asorda el muro. El bloque de sonidos es como el gemido de una criatura que nunca ha visto pero a la que imagina monstruosa. Hace rato creyó percibir las voces de una pareja, una mas aguda que la otra. Pero de eso hace rato, ahora no escucha nada. Ni siquiera, como otras veces, su propia voz interior. En vano aguza el oído. Cansado ya de tanto esfuerzo inútil y convencido que nada pasa se despega del muro. Su cuerpo inicia el repliegue cuando de pronto la voz aguda vuelve a abrirse paso hacia su conciencia. Esa percepción le alerta el recuerdo y se ve a si mismo, no sabe donde, ni precisa cuando ni con quien reflejado en el limpio cristal de unos ojos esmeraldinos. ¿Eran otros tiempos? ¿Era otra vida? ¿O simplemente alguien le dijo eso y ahora el lo recuerda y por ósmosis lo asimiló como propio? No lo sabe. En todo caso no tiene ningún sentido hurgar en el pozo de su mente en busca de algo que dejó de interesarle hace mucho tiempo, pues hace mucho tiempo que un vacío se instaló en su alma y como una pena infame le corroe el pecho. A veces lo siente próximo y es cuando más lo lacera. Es como si un cuchillo filoso se abriera paso en su carne tasajeándola, mutilándola. A veces lo siente remoto y es cuando menos lo lastima. Es como una niebla que lo amortajara. Como una costra de sucio que no supiera como limpiar. Pero por ser remoto pasa pronto y sólo queda como una especie de patina que lo cubre todo. Y es entonces cuando tiene la sensación que ya no es nada de lo que fue, si es que alguna vez fue algo. Es entonces cuando se adosa al muro buscando compañía. Su frágil cuerpo se pega a la piedra en vano intento por fundirse a ella, tratando de mimetizarse para así sentir menos el latigazo de la soledad. El muro lo siente necesitado y lo cobija a su abrigo. Le transmite calor y le prodiga sombra. Es en esos momentos, al no sentirse parte de ese jardín sembrado de fantasmas, cuando más se reconoce como una prolongación, como otro elemento de ese muro que hace ya tiempo lo absorbió, es cuando más sabe que para siempre será un amurado. EFO.


EL LOCO


                                                                                      
El graznido de la sirena hiere certero la tarde que poblada de otros ruidos se diluye en medio de la ciudad que convulsa. Rápido, como rápida tiene que ser la muerte, el vehículo serpentea en el tráfico de la hora. Entre esguinces y frenazos va avanzando a trozos y poco a poco se acerca a la blanca pared. 
Detenido en el tiempo su cuerpo inicia un viaje hacia el hoy nuevo proceso de transmutación, poco a poco sus manos se alargan, como tentáculos y sus piernas se enroscan, como sarmientos, su cabeza se estira hacia arriba y su torso se ensancha. Sin poder evitarlo su cuerpo va adquiriendo otra forma, ahora es un animal, que agazapado espera, acecha y luego es un vegetal que hunde las raíces de sus pies en la tierra áspera que los atenaza, empujándolos hacia abajo, en busca de lo insondable. Hace dos días se convirtió en una cosa, primero era cuadrado, luego redondo y finalmente la periferia de su cuerpo se hizo informe y allí se quedó, cree el que por mucho tiempo hasta que despertó otra vez convertido en lo que cree ha sido siempre: alguien igual a otros alguiens con los cuales comparte espacio y tiempo. Para él ya no existen límites entre fantasía y realidad, pues todo el tiempo sus fantasías están fuera de su control y merodean a su alrededor, como buscando algo que no sabe exactamente que podría ser.
De pronto la ambulancia se detuvo. Dos pares de manos vuelan presurosas en busca de su cuerpo. Lo tienen. Lo aprisionan y se lo llevan en volandas hasta que el golpe seco de la puerta al cerrarse lo deposita en esta nueva realidad.
Sentado en la cama ve llegar las figuras. Lo miran. Lo tocan. Le hablan. Depositan un gettone de Valium en la ranura de su boca. Despacio , con pasos de góma espuma, sus miembros se van haciendo blandos. Pareciera que no le pertenecen. Todo desaparece como tragado por una bruma pegajosa que abotaga sus sentidos y amarra pies y manos. Incapaz de oponer fuerza alguna a eso que lo avasalla cierra los ojos, se deja ir.
Amaneció otro día. El sol se diluye por la tela metálica que recubre la ventana del cuarto, invitándolo a asomarse. Y lo hace. Y de pronto, sin darse cuenta ha cambiado de lugar nuevamente. Ahora su cuerpo está tendido junto al muro. Es un muro blanco, de un blanco lechoso, que circunvala un mediano territorio donde conviven en odiosa promiscuidad el edificio del sanatorio, un pequeño parque con árboles dispersos, poblados de pájaros y una raquítica fuente que con asmático gorgoteo amenaza con ahogarse.
Acostado cerca del muro inicia un repaso de si mismo. De su mundo. De ese mundo que tuvo que crear para sobrevivir. Un mundo sin sentido, un mundo fragmentado, que hizo con pedazos de realidad porque su mente no se integró. Ese es su único mundo, nada agradable, nada cómodo. En el se siente atrapado en experiencias dolorosas y desgarradoras que no puede superar pero que tampoco puede ignorar, como sus delirios y alucinaciones, que son repuestas que encontró ante lo que parecía sin sentido porque nadie se lo explicó. Fuera de eso nada es válido. No existe. Dentro de él no hay nada y en el exterior algo que no comprende, pero que toca, oye y ve.
Sus ojos se dilatan por la blancura del muro, del que nada distingue pues no hay nada que mirar; ni siquiera percibe pequeñas imperfecciones o alguna fisura que le permita intuir de que y como está hecho. Larga, alta, la estructura manifiesta su dominio sobre seres y cosas cercanas. Tras él todo está vacío, fuera de él otro universo desconocido, nunca imaginado viaja por calles y avenidas. Y dentro de esas dos realidades sobre existe lo único que salva a su psiquis de morir: su locura. Y así ve pasar a Cronos, observa como su delgada sombra se proyecta en las paredes del hospital, se extiende por la grama y choca contra el muro que indiferente recibe el impacto. Este muro es insensible. Su función es servir de barrera de contención a cualquier indicio de sensatez. Está hecho y puesto allí para reprimir, homogenizar, mantener ideas y enfermos en su lugar. Y allí está él, en su lugar. En medio de la nada. Donde siempre ha estado. Para él no hay cambios. No siente diferencia entre comer, dormir o yacer cerca del muro. El cosifica los significados, no entiende las metáforas, no acepta la ironía ni el sarcasmo, no se ríe de los chistes y nunca aprendió a bailar él es, y siempre será, un amurado. EFO.



EL CONDENADO


                                                                                                    
Lentamente, arrastrando los pies, como si una manea invisible le impidiera caminar se va acercando al muro. Hoy no es igual que ayer. Pareciera que hoy no quisiera amurase, pero algo lo obliga. Es como si su cuerpo entero se lo pidiese y paso a paso se acerca hasta que al fin sus manos tocan la pared, que gigantesca se empina sobre su cabeza en busca de los alambres de púas que la coronan. A ambos extremos del muro, sendas garitas se yerguen amenazantes. Los faros que fungen de únicos ojos se debaten entre sus celdas de cemento que lucen los cañones de las ametralladoras como si fuesen abalorios en el cuello de una mujer. Hace tiempo que cohabita con este muro. No sabe exactamente cuanto porque el tiempo dejó de contar cuando lo sentenciaron a morir tras las rejas. Pero si recuerda como comenzó su relación con la barrera. Al igual que todos los días y como todos los presos, vagaba por el patio, cuando inadvertidamente sus manos tocaron el muro. Fue una sensación extraña. Sintió como si se tratase de un organismo vivo al que hubiera palpado. Le supo tibio al tacto, liso, terso, como una piel recién lavada. Sorprendido se separó del muro, pero inmediatamente sintió la necesidad de volver a tocarlo. Y lo hizo. Y la misma sensación de calidez se apoderó de nuevo de su cuerpo. El muro está vivo, pensó. Pero enseguida desechó la idea. Se rió de si mismo y se preguntó si no estaba volviéndose loco. Desde ese día ha venido a diario a la valla que se sabe deseada. El conoce el muro a fuerza de tanto tocarlo. Es capaz de distinguir las sensaciones que de el brotan. El muro no se siente igual en toda su extensión. En su fantasear el lado izquierdo de la pared es idéntico al cuerpo de una mujer, no es completamente liso como el centro o el lado derecho. Piensa que si levanta las manos por encima de su cabeza puede tocar el cuello para desde allí descender hacia dos pequeños promontorios que asoman tímidamente y que nadie sabe porque están allí, salvo que los hayan puesto para recordar a los condenados la suavidad de las turgencias femeninas. Al dejar correr las manos hacia abajo, en loca carrera, en busca de un imaginario pubis, casi puede sentir la depresión de la cintura para después descansar en dos salientes paralelos que semejan la redondez de las caderas. En el centro, el muro es liso, completamente liso y tan suave que no parece concreto, sino terciopelo. Esta parte del muro se siente como las piernas de una muchacha cubiertas de un fino vello, tan fino que parece la pelusa de un durazno. Y finalmente el lado derecho es idéntico a las manos, surcado por una especie de canales que semejan largos y elegantes dedos. El muro tiene vida propia. Al tocarlo pareciera que respondiera a la presión que sobre el se ejerce. Si se le golpea con violencia responde con acritud, devolviendo el golpe. Si por el contrario tan solo se le roza, acariciándolo, deja escapar una onda cálida que envuelve y persiste un rato después de haberse roto el contacto. El muro no transmite sonido alguno. Es tal su densidad que los ecos de voces y ruidos, provenientes del exterior, rebotan en su superficie, devolviéndose intactos, como si nunca hubiesen sido tocados. Pero el muro es sensible a los cambios. Cuando llueve se torna sombrío. Repele la proximidad. Es como si sintiera que no puede transmitir nada de si mismo y se encerrara en una coraza que lo protegiera. Si por el contrario el solo brilla, reluce, invita a acercarse. Al caer la tarde, cuando comienza el eterno duelo entre sombras y luces, permanece inmutable. Ni acepta ni rechaza el contacto, tan sólo lo mantiene. En la noche, cuando la luna pinta jirones blancos sobre su cuerpo, lo invade una inquietud, se convierte en un ente abstracto. Se le siente ansioso como si quisiera escapar de sus cimientos e iniciar un viaje quien sabe adonde. El juego de blanco y negro lo despoja de su realidad, cambiándolo por algo misterioso, a lo que da miedo acercarse. Pero no es por miedo que ahora no sale al patio, que no se acerca al muro. Hace días que lo espía desde la pequeña ventana de su celda a través de la cual divisa su uniforme silueta. No quiere tocarlo. Presiente que si lo hace ya no podrá despedirse y eso es lo que tiene que hacer: despedirse. Dejar de verlo. Nunca más palparlo. El muro intuye su partida. Al asomar el día refleja el brillo del sol encegueciéndolo, invitándolo a abandonar su celda. En las tardes lo provoca con su sombra, como pidiéndole que repose junto a su lado. Y en las noches deja escapar un aliento húmedo, palpitante, como el de una hembra ansiosa, incitándolo a unirse. Pero pese a todo, él se mantiene firme. No abandona su claustro. Quiere hacerlo pero sabe que no puede, que el momento de irse se acerca sin prisa, sin pausa, inexorable, pero que aún no ha llegado.

El reloj marcó su hora. Su tiempo se hizo presente. El débil crujido del cuello al ceder, bajo el tijeretazo de la cuerda, y el golpe seco contra el suelo, al recibir el cuerpo, partieron en dos el silencio del día que nace. Por última vez su ojo reflejó el muro en mudo adiós. El muro también lo sintió irse y aceró el suave gris de su piel en señal de despedida.

Hoy es otro día. El muro amaneció insinuante, cautivador, lascivo, acechante. Sin darse cuenta otro reo se aproxima a la pared que lo espera expectante. Sus dedos se posan sobre ella y ella responde al contacto. Asustado, el hombre se separa, para luego, curioso, volver a tocar la valla. Hoy amaneció un nuevo amurado. EFO.





EL SECUESTRADO


Hace ya mucho rato que está pegado al muro. Recostarse contra el se ha vuelto una costumbre pues le proporciona un soporte que lo estabiliza, es como si su cuerpo estuviera suspendido en el aire y su único punto de contacto con la tierra fuera el muro.
Viajando en su plateada carroza el recuerdo se posa sobre el espacio vacío de su mente y allí permanece, primero quieto, luego poco a poco se agita hasta formar un torbellino. Como en una fantasmal danza las imágenes se suceden unas a otras. Ora es niño, ora es adulto. Ayer se casó, y después se divorció. Se mueve inquieto. El muro lo siente y responde dejando que se deslice hacia uno de sus rincones. 
El muro no es largo, tampoco es muy elevado. Es una estructura de bloques de cemento de poco mas de tres metros de alto que forma un cuadrilátero en un espacio no superior a los doscientos metros cuadrados. Al muro se llega franqueando una puerta que da a esa casa que no ha abandonado desde hace ya más de dos años. El conoció el muro hace tiempo. De eso lo único que recuerda fue la orden seca, impersonal del custodio quien a empujones lo llevó allí. Desde entonces le permiten pasar fuera cuatro horas diarias. Es un ritual que se cumple matemáticamente salvo los días que llueve, que afortunadamente no son muchos. 
Al muro se arrimó protegiéndose del sol, buscando un respiro al calor y poco a poco lo fue conociendo. Observaba como el astro caminaba sobre los bloques que conforman su estructura, dejando a su paso una mancha de sombra. Este conocimiento le resultó muy útil, pues gracias a el ahora se desplaza siguiendo el recorrido solar, aprovechando al máximo la mancha que queda. Otras veces, prefiere exponerse a la resolana. Como los lagartos, abre la boca, para atrapar el calor en vano intento por atizar el rescoldo de su otra vida que amenaza con extinguirse muy dentro de si. 
Hubo una época en que vio al muro como un medio de escape y pasó muchos ratos calculando su altura y detallando los resquicios en busca de posibles apoyos para iniciar el asenso. El límite es el cielo. Adosaba su oreja a la pared en busca de sonidos, voces, ruidos, que le permitieran hacerse una idea de cómo era el espacio allende el muro. Pero la valla no respondía. No filtraba nada. A veces creía oír voces y se esperanzaba, pero pronto se convencía que esas voces provenían de si mismo, que eran los gritos de su propia angustia. Conforme pasó el tiempo se dio cuenta que el muro era algo en medio de la nada. Que había sido construido allí para encerrar nada de la nada que lo circundaba. Se resignó a eso.
Un día le sucedió algo extraño. De pronto sintió que no estaba solo. Al intentar evadir el sol divisó en uno de los orificios del muro unos pequeños ojos que parecían mirarlo. Y así era. La criatura no se intimidó con su presencia. Alargó la mano hacia ella y el animal desapareció, como tragado por el agujero. Pero su ausencia fue corta. Nuevamente sacó su cabeza por el hoyo. Esta vez se quedó quieto. Solo lo miró. Al otro día el pequeño reptil asomó ya no su cabeza, sino parte de su cuerpo fuera del agujero. El estaba preparado. De su magra ración de desayuno había guardado un pedazo de pan que depositó cerca del animalito, que lo tomó presuroso, mordisqueándolo con fruición. Quizás mañana vuelva. Puede ser el comienzo de una larga amistad. Sus sentimientos frente al muro han cambiado después de ese encuentro. Ya no lo siente indiferente, lejano a su tragedia, ahora lo ve como una estructura capaz de albergar otros seres. Como un edificio de apartamentos donde conviven, aún sin conocerse, una multiplicidad de gente. Es como si estuviera vivo, como si dentro de sus entrañas existiese otro mundo. Y en realidad es así, de ello da testimonio la larga hilera de bachacos que diariamente recorren su extensión, en un viaje que pareciera no tener destino final. Los bachacos comparten el muro con las hormigas y estas a su vez lo hacen con un sinnúmero de insectos que van desde arañas, hasta escarabajos y grillos. Cada uno de estos grupos ocupa su propio espacio en la pared y de vez en cuando alteran su paz al iniciar sus mortales guerras. El ha sentido los efectos de estas batallas. Ha visto como las hormigas devoran a grillos y bachacos y como estos hacen lo propio con los escarabajos. El ha sentido cada mordisco en su propia carne y se ha visto morir día a día. Desde que en forzado viaje abandonó familia, amigos y sociedad ha estado muriendo poco a poco. La soledad ha sido su eterna compañera. Es como una enorme lengua que lamiera todo su ser noche y día. El recuerdo es algo que quisiera evitar, porque lastima, cuando toca de cerca, pero que no puede evadir, pues aviva la esperanza y lleva sosiego. 
Ayer fue igual que hoy y hoy será idéntico a mañana, de allí su necesidad de amurarse, de buscar compañía entre seres morfológicamente distintos que le permiten acercarse a sus vidas, sin aparentemente percatarse que él existe, que los espía, que sufre con sus derrotas y comparte sus victorias. 
Para él el futuro no cuenta pues a fuerza de parecer incierto se ha ido desdibujando y ya ni siquiera es un débil punto. El pasado dejó de ser tal al convertirse en una carga de la cual quisiera deshacerse para no tener que llevar su peso a cuestas. El está parado en el presente, aferrado a las diarias horas que conforman su hoy, dejando que transcurran sin poder hacer nada para transformarlas. Su mundo se ha convertido en el mundo del muro. Frente al muro: analizándolo, observándolo, espiándolo. Tras el muro: intuyéndolo, presintiéndolo, deseándolo. Dentro del muro: compartiendo con sus anónimos pobladores espacio y tiempo. A eso se ha reducido su vida. El se ha transformado en un ser más de los muchos que habitan el muro. El es hoy y quizás por mucho tiempo más un amurado. EFO.




LA MONJA



El badajo al chocar contra las paredes de bronce multiplica el tam, tam de la campana que llama a la oración nocturna. Hace rato que abandonó el camastro y ciñó a su cintura el cordón que sujeta el hábito que oculta sus formas. Hace rato que sus pies se mueven, absorbiendo las losas del piso. La sombra de su figura se funde con las otras sombras de las otras figuras formando una larga hilera que marcha en procesión, rumbo a la capilla, cuya puerta semeja una oscura boca que delira por tragarla. Después de esta hora de oración vendrá otra hora de oración y luego una de meditación y posteriormente otra hora de meditación y así como si estuviese montada sobre una gigantesca noria gira su vida día a día, noche a noche. Desde que asumió el claustro como su razón de ser ha sido siempre así. Una hora es igual a la otra y muchas de ellas repartidas entre luces y sombras forman un día igual a otro. Rueda la noria. A veces lentamente, otras rápido, tan rápido que su propio asombro la sorprende sin poder precisar cuando comió o en que tiempo realizó su labor en el huerto que verdea separado por un muro del resto de las edificaciones que conforman el convento. El muro es una pequeña barda de piedra, un poco más alta que un hombre, que se extiende a lo largo de un terreno sembrado de hortalizas donde diariamente las monjas cumplen su labor. Es un muro antiguo, vetusto, musgoso, de piedras irregulares colocadas unas encima de las otras, sin orden ni concierto, puestas al azar. Hace poco terminó el rezo de esta hora y casi inmediatamente comenzó el trabajo. Ahora está parada frente al tablón de zanahorias. A ratos el peso de la azada se hace insoportable obligándola a apoyarse en el muro. Es un gesto maquinal que ha repetido muchas veces y que a fuerza de ser rutinario se ha convertido en ritual. Pero esta vez no es igual. No siente el muro como antes. Es como si de el emanara un vaho caliginoso que la envolviera, como si despidiera un aliento tibio que la acariciara, suscitando en ella sensaciones que sentía muertas. Es algo extraño, como un aviso inesperado que tensa sus sentidos. Sorprendida, se apoya en la azada y se despega del muro. El sonido de la campana anuncia que en breve comenzará de nuevo el rezo. Lentamente se encamina hacia su celda. En ella, segura está que salmodiando oraciones y sin pensar en nada más que no sea el amor a Dios sus sentidos se adormecerán. Pero no es así. La necesidad de arrimarse al muro la asalta de nuevo. Es más poderosa que sus deseos. Quiere tocarlo. Estar otra vez allí. Volver a sentir. 

Amado dueño mío, 
escucha un rato mis cansadas quejas
pues del viento las fío 
que breve las conduzca a tus orejas. 
Si no se desvanece el triste acento, 
como mis esperanzas en el viento. (1) 
Cogiome sin prevención, 
amor astuto y tirano,
con capa de cortesano
se me entró en el corazón. (2)
Estos versos de otra monja le son familiares. Los recitó otra vez, en otro tiempo. Sin proponérselo deja escapar las palabras que son absorbidas por el muro. La pared de piedra las traga una a una. Y en eso lleva ya algún tiempo. Todos los días le roba un espacio a la labor para confidenciar con el muro. Como si fuera un dique roto su corazón se ha abierto a este que la ha escuchado paciente. Por momentos le parece que la pared entiende lo que dice, pues a veces cree percibir extraños ruidos, que intuye como repuesta. Se recrea en la calidez de las piedra que tocan sus manos y ve como sus lagrimas desparecen en la valla, como si fuesen enjugadas por un pañuelo invisible. Poco a poco, sin darse cuenta, sin quererlo, el muro se ha convertido en parte integrante de su ser. Ya no oculta su desazón cuando se aproxima la hora del trabajo. Presurosa recorre el espacio que media entre su celda y el huerto. Rápido limpia la era, arranca los hierbajos, remueve la tierra y riega las plantas. Mientras mas pronto termine, más tiempo podrá permanecer pegada al muro, intercambiando confidencias, estableciendo reciprocidades, sintiendo como su proximidad le transmite consuelo, como cura sus heridas y le va devolviendo su vida. Su mundo cambió. Ni los rezos, ni las largas horas de meditación, ni la sagrada contemplación en la capilla le confieren la paz que anhela su corazón. Tan sólo el muro es capaz de transmutarla hacia el ansiado sosiego que grita todo su ser. Sólo el muro, con su magia irresistible, le hace sentir lo que ahora no quiere dejar de sentir. Sólo el muro la mantiene atada a las paredes del convento. El muro la alimenta día tras día, mes tras mes. Sólo el muro la fortalece, preparándola para la inevitable separación de su hoy realidad y su encuentro con ese futuro que preludia cercano. Pero aún no está lista para ese viaje. Todavía le quedan muchas horas, muchos días pegada al muro, confundida con sus piedras, entrañablemente unida a él, porque ella sabe, que ahora es y quizás por algún tiempo más será una amurada. EFO.


(1) Sor Juana Inés de La Cruz. Sentimientos de Ausente.

(2) Sor Juana Inés de La Cruz. Cogiome sin Prevención.



EL CIEGO.


Como si fuera la guía de una rueda el bastón va marcando el camino que sigue el brocal de la acera. A ratos, cuando esta termina, cae el palo abruptamente al medio de la calle. Prevenido, detiene su paso. Con el cayado tantea la nueva realidad y tras espiar los ruidos reanuda su andar, esta vez presuroso, hasta alcanzar la acera vecina donde el báculo bordeara otro brocal. En este nuevo espacio se siente seguro, cómodo, confiado. Con la mano izquierda, la que tiene libre, va rozando los muros de las casas que muerden la acera hasta detenerse en uno que le resulta amigable. Aproxima su cuerpo a la barda y comienza a explorarla. La toca con suavidad, palpando su contextura, regodeándose en su descubrimiento. Con sus dedos hurga en las ranuras, que forman las juntas de las uniones de bloques, como si buscara un secreto en esas alcancías de cemento. Pega su oreja a la pared, tratando de percibir algún sonido. Cansado de no escuchar nada reanuda su andar. Debe ser mediodía pues siente el castigo de la calina sobre su cabeza. Su paso es ahora más rápido, cualquiera diría que busca refugio. Y eso es lo que hace. Su mano libre vuelve a rozar los muros de las casas que desfilan ante ella hasta detenerse en uno. Este no es igual a los demás. El lo conoce. Otras veces ha descansado a su abrigo. Y hoy lo hará de nuevo. Recostado a la tapia que sabe recubierta de una hiedra, de suaves hojas y frágiles tallos, de esos que no estorban cuando tocan el cuello, se abandona a la frescura que de ella emana y se sienta a su vera. Deja que lo envuelva el aroma de la mata y satisfecho estira las piernas, para volver a recogerlas ante la cercanía de pasos que se aproximan. Codicioso estira la mano y recibe a cambio de su gesto una pequeña moneda que desaparece rápidamente en la caverna de su saco. Sonríe mientras recuesta su cabeza contra la barrera. Se dispone a escuchar el diálogo de los grillos que asordan su base. Estos deben ser grandes, pues chillan duro, murmura para sus adentros. De pronto una hoja se desprende y con pasos de valet se posa en el suelo, muy cerca de su mano. La sintió caer, pero no pudo agarrarla, el viento ridiculizó su gesto. Hay olor a comida. Goloso, visualiza el condumio en una mesa vecina. Para saber que comen no necesita ver, en realidad no puede hacerlo. Nunca ha podido, pues desde siempre la noche ha cubierto sus ojos. Le basta con oler, oír y tocar. Se dispone a dormir y deja que el sopor lo invada. Pero eso dura poco, el sonido de las cornetas y el fragor del tráfico lo sobresaltan. De nuevo está de pie sobre la cinta de macadam. Retoma sus pasos. Otra vez su mano izquierda roza los muros que le son aledaños. Una voz lo alerta. El conoce esa voz, forma parte del inventario de voces que le son familiares. El también conoce ese muro. Es una pared alta, perforada por tubos que muestran sus oquedades a la calle y que sirven para el desagüe del jardín. La pared está recubierta de lajas de piedra, cuyas texturas descifraron hace rato sus dedos, y que el cree de diversos colores. En varias de las uniones de las lajas han nacido matas de helecho, que mueren en verano y verdean en invierno. En sus ratos de ocio, que son muchos, ha pasado largas horas espiando las voces tras ese vallado. Las conoce tanto que puede identificar a sus dueños por sus nombres, a fuerza de oír como se vocean unos a otros. Cuando la tarde declina dos señoras, desgranan confidencias del otro lado de la barda. Son nimiedades, cosas triviales, ningún secreto que valga la pena, pero él está allí como testigo invisible de lo que se cuentan. Esta vez no se sienta. Permanece de pie con la oreja pegada al muro, aspirando las voces, sorbiendo los sonidos que traspasan la pared. Y así se queda largo rato, hasta que percibe pasos que se alejan doblando las matas de grama. Una nube de silencio se asienta sobre el muro. No se escucha mas nada, es como si una gasa gigantesca hubiera secado los sonidos. Pero el sabe que eso es pasajero. No se mueve. Espera. Y pronto su vigilia es recompensada. Nuevas voces chocan contra la pared. Esta vez son gritos de niños a los cuales les niega forma. Los sabe inquietos, ágiles, impacientes. No imagina como serían en realidad. Para el los cuerpos son voces. Por largo rato permanece escuchando hasta que al final se cansa y retoma el andar.
Su vida se alimenta de los sonidos que los muros le transmiten. A ellos les ha robado historias terribles, de odio y resentimiento también tristes, a veces dulces y a ratos alegres. Y él siempre ha estado cerca de las bardas para recoger esos testimonios que lo abruman. A cada una de las vallas le corresponden distintos episodios. Cada una tiene algo que contar, con protagonistas diferentes. A veces alguna enmudece. Cuando esto sucede le inventa un relato que sea afín con el muro. 
Para él los muros son todo. Gracias a ellos establece contacto con el mundo que lo rodea, y al cual siempre ha palpado, olido y oído, nunca visto. Con los muros vive su propia vida y la de ellos. Hay muros que han nacido y crecido frente a él. A esos los conoce mejor que a otros, pues sintió día a día su desarrollo, se alegró cuando algún detalle arquitectónico los embelleció y celebró cuando los concluyeron. A esos los siente como sus hijos. Por esos tiene especial afecto, con ellos pasa más tiempo, les habla, los acaricia, los quiere. Hay otros que desde siempre han estado ahí. Son como viejos conocidos. Centinelas del pasado, guardianes de sucesos pretéritos, custodios de la memoria de calles y avenidas. Entre los muros y él existe una relación intensa, es algo que transciende el mero hecho de tropezarse día a día, de ser compañeros en la misma ruta. Entre ellos existe lo que solo puede darse entre un muro y su amurado. EFO.

jueves, 8 de marzo de 2012




LA PUTA


Parada en la esquina, bamboleándose sobre las agujas de sus tacones, con la mirada puesta en la calzada, la mujer deja traslucir su inquietud. Ya es media noche, piensa, y apenas tengo para medio comer mañana, dice. Se despega del suelo y comienza a patrullar la acera, sin dejar de mirar la avenida que a esta hora luce desolada. Ni un cliente. Hace rato que no pasa carro alguno. El último que se detuvo, la desvistió con la mirada y a juzgar por lo violento de la arrancada, no le gustó lo que vio. Hace frío. El viento le muerde las piernas que  inútilmente la faldita trata de cubrir; desde que recuerde nunca han estado cubiertas. Siempre al aire, mostrando lo que  hay que ver y anunciando lo que se puede imaginar. Ni modo. Esto se acabó. Mañana será otro día. Bamboleándose sobre las agujas de sus tacones comienza a desandar el corto trecho que media entre el cuartico donde vive y la esquina donde trabaja. Lejanos están los días en que abandonó su casa tras los pasos de un hombre que le llenó la cabeza de promesas  y le encendió la piel a punta de besos. De eso apenas si queda un recuerdo vago. Un olor a colonia barata,el hastío de un tiempo igual y los  fantasmas del hambre y la necesidad circunválandola, acechándola. De su familia no sabe si aún existe. Padre nunca tuvo y a su madre sólo le agradece una caricia a desgano, de vez en cuando y un siempre escaso plato de comida. Para ella nunca hubo nada. Nada tuvo. Nada le dieron. La vida, me trajo hasta aquí, suele decir, para justificar lo que hace y sobre todo para justificar lo que deja de hacer. Es prisionera del cansancio de los días, de su falta de voluntad, de su pereza mental, de su abulia, de su carencia absoluta de aspiraciones de un mundo mejor, de una vida mejor. Hay noches en que piensa que pudo haber sido otra persona. Una igual a muchas de las que tropieza a diario. Se imagina con dos hijos, o mejor con tres, una hembra y dos varones. Un apartamento pequeño, pero confortable, un trabajo decente y un hombre bueno con quien armar un destino común. Pero eso son solo sueños. Y los sueños, sueños son. La realidad son noches de frío, días de hambre, de vez en cuando una sonrisa, un gesto amable, un guiño.Y siempre un peso distinto sobre sus caderas, moliéndole el cuerpo, llenándola de fastidio, saturándola de malos ratos, contagiándola de asco. Ella vive tras el muro que fabricó con los pocos pedazos que le fueron quedando de los ratos de felicidad que logró reunir. Su muro tiene doble pared, una es de rabia, de desencanto, de angustia, de soledad, de sueño y la otra es de trozos de asfalto, de chirridos de frenos, de carreras huyendo de la policía, de hoteles baratos, de sábanas sucias, de billetes arrugados. Ella es una amurada que se parapeta tras esas vallas esperando llegar, más temprano que tarde, a la Arcadia de sus sueños. EFO.

viernes, 2 de marzo de 2012





EL BORRACHO


Su andrajoso andar, su pringosa cara y sus sucias manos, de uñas negras, largas y duras, se reflejan en los espejos que el aguacero formó en la calle. Todavía llueve. El agua ha calado enteramente su cuerpo, permeado su ropa y dibujado caminos de mugre en la piel que asoma bajo el chaquetón que lo cubre. Con paso vacilante, torpe, se dirige a la pared, que lo espera indiferente. Hace años que pared y borracho forman parte indivisible del paisaje urbano. Así de unidos están. Este muro, es a falta de uno verdadero, su único hogar. Recostado contra el deja pasar el tiempo con pecaminosa indiferencia.  No tiene más nada que hacer. El no hace nada. Su día comienza temprano, apenas despunta el sol. Con pereza sus ojos se abren a la luz que se asoma y casi instantáneamente su vicio le atenaza la garganta. Cuando hay, corre generoso por su gaznate el chorro de fuego. Cuando nada quedó de la botella anterior, la puñalada de dolor atraviesa sus entrañas. Algo habrá que hacer, piensa, mientras su cabeza se recuesta del muro, que indolente lo deja estar. Su mano mendigante en consabido ademán  se estira temblorosa ante cualquier cuerpo que se aproxime, mientras gesticula la gastada frase: dame algo pal desayuno. Una a una las monedas le dan forma a la botellita de caña, que entre trago y trago ayudará a pasar el día que hoy la lluvia pintó de blanco.
Otra vez sale el sol y lentamente, con flojera, abre las persianas de sus ojos. La luz entra a raudales. El día amaneció radiante y él alegre. Sin prisa se empina la botella y agradece el primer trago. Sonríe. Estira el cepillo de su mano y pronto la generosidad se transforma en un nuevo litro de caña. Vamos bien, piensa para sus adentros. Anoche durmió completo. Es la primera vez que pudo hacerlo en lo que va de semana. Quizás el cuchillo de sílice del temporal le trepanó el cráneo, dejando escapar los demonios que pueblan de noche su cabeza. No se apareció el fantasmagórico corro que casi siempre lo visita, aterrándolo con sus aullidos, espantándolo con sus muecas. Esa gente corre a lo largo de la calle con pasos de polichinela, lanzando alaridos y profiriendo maldiciones. Y lo hace por el solo placer de asustarlo, de verlo gritar, de sentirlo sudoroso, cargado de miedo. El sabe que siempre están allí acechándolo, lo que no sabe es donde viven, cuando van a aparecer y por qué se meten en su cabeza. Una vez le contó sobre sus fantasmas al señor de la imprenta, con quien habla de vez en cuando, y este le dijo que eso no existía, que eran alucinaciones suyas, delirios, delirium tremens, así fue como los llamó. Pero él sabe que son reales, que tienen forma. El los ve, Y lo que es peor: ellos lo ven a él.
Carlos, Carlos, es como se llama. Ese es su nombre. La mujer que se identifica como su hermana y que lo visita de vez en vez, así lo vocea. Su familia lo llama de esa manera cuando logra que se bañe, afeite y coma algo. Pero Carlos ya perdió conexión con su casa. En realidad perdió conexión con casi todo. Hundido en su mente recuerda a un hombre joven, de hablar culto, de apariencia elegante, pero no puede precisar sus rasgos. A ratos juega con una imaginaria pelota y se luce lanzando curvas y rectas hacia un home de fantasía, mientras murmura palabras en inglés, francés y alemán. Hay momentos en que se siente caminando por las calles de Viena, visitando los teatros, con una mujer colgada de su brazo. Era otra época. De eso ya no queda nada. Ni familia, ni trabajo, ni amores, todo se lo llevó el trago. Todo menos esos espasmos que le retuercen las tripas, ese frío que trota sobre su espinazo, esa falta de aire que lo ahoga, ese temblor de manos que no controla, esos calorones que lo abrasan, esos bichos que lo visitan. Carlos se sepultó en vida. Enterró sueños y realidades. El mora entre dos mundos, cabalgando a horcajadas entre ayer y hoy. Lo viejo son recuerdos vagos. Lo nuevo solo es el muro.
Su muro no es una gran estructura de piedra o una sólida pared de ladrillos. Su muro es apenas una tapia de escaso metros de alto que forma parte de la fachada de una carnicería, enclavada en una calle cualquiera de un pueblo cualquiera. Esta salpicada de cemento y ahora pintada de verde. El año pasado era azul. Recostado a ese muro pasa las horas y los días. Ahí come lo poco que le dan. Ahí duerme. Ahí defeca,  obligando a la mujer del carnicero, entre insultos y maldiciones a lavar sus excrementos. Cuando lo rasguña con sus asperezas su pared le resulta ingrata, pero casi siempre es amable, hospitalaria. En el muro se refugia cuando sus fantasmas lo visitan. Al muro acude cuando la angustia toca su cuerpo y alma. Contra el muro se aplasta cuando la falta de alcohol le tironea la barriga. En el muro vive. Con el muro vive. El muro es lo único que tiene. Su refugio y su apoyo. Una valla vertical que lo sostiene cuando el licor hace estragos en su equilibrio. El no quiere ni necesita otra cosa que el muro. El pertenece al muro y el muro le pertenece. Carlos y muro son una misma cosa. Uno solo. Carlos es un amurado y Carlos morirá amurado. Pero el muro no morirá con Carlos. El muro verá morir a Carlos.  EFO.  
      
(Carlos, mi amigo, murió en Tinaquillo, Venezuela, un día cualquiera, de cualquier tiempo, adosado a su muro).

jueves, 12 de enero de 2012

EL INDIGENTE


                                                                                                 
Paso a paso con su caminar errabundo recorre las calles que identifica como terreno propio, como su territorio. Su mirada hostil, cargada de resentimiento, se estaciona por segundos en las caras de los transeúntes que instintivamente la rehuyen con aprensión. Cuando se cansa de vagar detiene su andar y se deja caer sobre cualquier pedazo de acera que lo acoge indiferente. Al identificar a un conocido su mano hace dupla con su boca y las dos piden a coro una moneda para comer. Algunos le dan, otros sencillamente lo ignoran, obligándolo a hacer lo mismo. Para él la indiferencia es el pan nuestro de cada día. Ya se acostumbró a que no lo tomen en cuenta, a que lo ignoren, a que lo miren, sin verlo.
Algunas noches, cuando un universo de estrellas se precipita sobre su cabeza, abriéndole la alcancía  de los recuerdos piensa en la familia que abandonó por ir tras su vicio. Poco a poco, como si armara un rompecabezas mental va rellenando los espacios con caras, risas, miradas, mechones de pelo, sonido de voces y  caricias mutiladas y así entre recuerdos vagos y ansias insatisfechas reconstruye parcialmente la vida que dejó e intenta abrirle espacio al presente que vive y al futuro que vaticina incierto. Pero los recuerdos no forman parte importante de su vida a muchos de ellos los abandonó en una esquina cualquiera para que murieran de soledad. El habita cautivo entre dos muros. Uno hecho de viejas planchas de zinc y cartones que se sostiene, en precario equilibrio, gracias al soporte que le dan alambres, potes y palos como columnas y amarres y el otro construido por su propias limitaciones, su falta de voluntad y su marcada ausencia de fuerza interior.
En solitario desempeña una multiplicidad de oficios: lava y cuida carros, roba cables para traficar  con su alma de cobre, revisa la basura en busca de desechos, recolecta y vende latas vacías y cualquier otra cosa que el ingenio y la necesidad conviertan en actividad lo suficientemente  rentable como para comprar una piedra, un pucho o un cuartico de aguardiente. Vive solo o en comunidad con otros indigentes, pero defiende su espacio, su droga y su caña, con cuchillo, piedras y  palos. Come lo que tengan a bien proporcionarle los tachos de basura o la caridad de alguien.  De día pasea su nómada estampa por calles y avenidas. En la noche, cuando la droga o el alcohol le amarran cuerpo y alma, cesa en su deambular y yace forrado de cartones entre desperdicios e inmundicias. Ya nada le importa. Hace tiempo que perdió conexión con todo y con todos. Ya ni los recuerdos pueblan su mente. Su figura desgarbada se proyecta sobre el muro de escombros donde vive. Su mirada se pierde en ese abigarrado universo de cosas que conforman su cotidianidad. El se siente impedido, imposibilitado de franquear ese muro, pese a que con levantar las piernas podría hacerlo, pero no puede pues su muro no es sólo físico. Su muro es una barrera que él mismo erigió para evadir responsabilidades y obligaciones, para encerrarse en lo que siempre llamó su libertad, cuando los reclamos de familia y amigos lo obligaban a enfrentar su abulia, su vicio, su carencia de valores. Y ahí está amurado. Pegado a su barda. Abrochado a ella, sin posibilidad, ni ganas de abandonarla. El es un amurado de conciencia y no está dispuesto a dejar de serlo, al menos hasta que una cuchillada o un golpe artero lo obliguen.  EFO.