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miércoles, 29 de abril de 2020


PARTIR, LLEGAR.


Yo quisiera escapar, escapar  y no se adonde. Quisiera irme lejos, muy lejos donde nadie, ni yo mismo, me encuentre, donde no sepa donde esté. Quisiera caminar con pasos rápidos. Correr con pasos lentos. Quisiera echar a andar y no parar nunca. Quisiera escapar de lo que me encallejona , dejar lo que me aprisiona,  lo que me contiene,  lo que no me deja salir. Quisiera irme cuando no haya luz que ilumine mi camino. Cuando todo sea oscuro, para poder extraviarme, perderme. Quisiera escapar de todos, para que nadie pueda verme nunca más. Quisiera escapar de mi mismo. Abandonarme, despojarme, dejar este cuerpo tirado a la orilla del camino, como quien abandona un trapo viejo, para que se consuma en sus miserias, en sus mezquindades, en sus angustias, en sus deseos, en sus ansias de no ser nada. Quisiera tomar una ruta que me conduzca al mar. Para oírlo bramar, sentir su sal en mi boca, desgastar mis ojos en su inmensidad. Quisiera serpentear una camino que me lleve a la montaña. Para escuchar su silencio, develar sus secretos, asustarme con sus misterios. Quisiera errar en el desierto para que el sol  me abrase,  me despelleje,  me seque de sed. Quisiera tramontar el páramo para que su frío me erice la piel, su niebla se meta en mi boca y su silencio pastoree mis sueños. Yo quisiera irme tan lejos que no pueda regresar. Quisiera emigrar en un vuelo de pájaros, en un aleteo de mariposas, en un cardumen de sardinas, en una caravana de hormigas, en una lamina de lluvia, para que todo quede atrás. Quisiera cabalgar una nube  y dejarme llevar por el viento, al garete, sin norte, sin rumbo. Quisiera viajar en un murmullo de voces, en un repicar de ecos, en un destello de luz, en un mar de silencios, en una negrura de noche, en un parpadeo de estrellas. Quisiera esconderme, sepultarme, desaparecer, para no saber de nadie, nunca más. Para que no me busquen, no me miren, no me oigan, no me hablen, no me vean. Quisiera dejar de estar. Ya no ser. Quisiera partir. Partir raudo, veloz. Partir ahora mismo. No esperar mañana. Partir solo, ingrimo. Sin más compañía que yo mismo. Ligero, muy ligero de equipaje, sin pesos, ingrávido, sin fardos inútiles que demoren mi viaje.  Casi desnudo. Así puedo caminar más rápido, llegar más pronto. ¿Llegar?  ¿Llegar a donde? EFO

domingo, 29 de marzo de 2020



MI CUARTO Y LA NADA.

Mi cuarto es pequeño, tan pequeño que no cabe casi nada. Es blanco, tan blanco que casi me ciega. Mi cuarto no tiene ventana, apenas una puerta que a veces da al pasillo donde hay otros cuartos, pero no conozco a nadie que viva en ellos. Una mañana escuché gritos aterradores que venían de uno de esos cuartos. Era un hombre quien gritaba. Gregorio, Gregorio era su nombre, lo supe porque una mujer que acudió a sus gritos así lo llamó. Después alguien dijo que mi vecino despertó convertido en un horrible insecto. Le dió la Metamorfosis. Desde ese día abro muy poco la puerta de mi cuarto. Esa puerta impide que nada entre o salga. Tres muebles tiene mi cuarto: una desvencijada cama, una otoñal chifonier y una vestusta mesa de noche. La cama siempre cruje. Lo hace de noche. Lo hace de día. Lo hace cuando duermo. Lo hace cuando vigilo. Ella cruje sola, por el solo placer de crujir, por el vicio de hacerlo. ¿O será por miedo? Debajo de mi cama viven monstruos. No se exactamente cuantos.  Nunca los he visto. Creo que son varios por los ruidos que hacen, aunque algunas veces pienso que es uno solo, pero que cambia constantemente de forma, que muta. La chifonier tiene apenas cuatro gavetas, de las cuales solo una está vacía. Las otras tres están atestadas de recuerdos,  de sombras difusas de algo que fue y ya no es. De algo que estaba y ya no está y de pedazos de papel que aprisionan imágenes borrosas, difíciles de reconocer. Cuerpos sin caras. La mesa de noche solo sirve de soporte a  una solitaria lampara, sin bombillo, que a veces se prende sola ¿sin bombillo? Si, sin bombillo.  Mi cuarto es elástico. Hay días en que amanece alargado, estirado. El techo se aleja del suelo, proyectándose hacia arriba, empinándose, en vano intento por escapar de sus cimientos. En esos días es casi imposible entrar al cuarto pues la manilla de la puerta está muy alta, tan alta que no se puede alcanzar. Si estoy adentro no puedo salir. Hay noches en que el cuarto adquiere otras dimensiones. Las paredes se separan, como si huyeran unas de otras. En esas noches es casi imposible salir del cuarto porque nunca se encuentra la puerta, no se sabe adonde fue. Tampoco se puede entrar por la misma razón. Pero no siempre pasan esas cosas. La mayoría de las veces (días y noches) mi cuarto está quieto, como si navegará en el mar de La Nada. Nada se oye. Nada se ve. Nada se siente. Hay noches, días también, en que los recuerdos saltan de la gavetas de la chifonier. Uno a uno se van deslizando hasta tocar el suelo. Y en fantasmágorica procesión se pegan contra la pared. A veces se forman atendiendo al tamaño, otras al tiempo en que existieron y la mayoría de las veces al dolor o a la alegría que causaron. Las fotografías también saltan de la chifonier, pero no se pegan a la pared. Se quedan en el centro, formando un circulo. Cada rostro busca su cuerpo. Hay fotos que se juntan formando grupos. Hay otras que permanecen solitarias, separadas de las demás. Yo los contemplo ( a fotos y recuerdos) sentado en el borde de mi cama. Me deleito trayendo los recuerdos a la memoria. Evocándolos. A veces los equivoco y cuando eso sucede me advierten de mi error, obligándome a recapacitar, a rectificar fechas, lugares, personas. Las fotos son más fáciles de identificar y casi nunca dan problemas.
Sentado en la cama dejó pasar el tiempo. Hasta que recuerdos y fotos se cansan y comienzan a subir por las paredes de la chifonier buscando su gaveta donde esconderse. Me acuesto.Me horizontalizo y  también empiezo a buscar donde esconderme.
Casi nunca salgo de mi cuarto. Las pocas veces que lo hago camino por el pasillo, pero siempre tropiezo con La Nada. No la puedo ver, pero se que es ella, que está ahí. Me detengo. Me devuelvo y entro a mi cuarto. No me gusta La Nada. Es nubosa. Gaseosa. No se puede agarrar. No se puede tocar, ni oler, ni ver, solo sentir. Es como un manto de algo que no existe  pero que te envuelve, que te cubre. La Nada no tiene sabor, ni color. Tampoco tiene forma, pero ocupa todos los espacios vacíos. Está en todas partes. Yo conocí a alguien que vió y oyó a La Nada. Le pregunté como era y esto fue lo que me contó: "...un amigo me había advertido que La Nada vivía en los aparatos de televisión. Que salía en la noche, después que terminaba la programación. Una noche vencí el miedo, me levanté en la madrugada, encendí el televisor y allí estaba. Era blanca, llena de bichitos grises y negros y hacía un ruidito continuo, ensordecedor: shuuuu, shuuuu, shuuuu..." 
Yo no la he visto. Una de estas noches voy a salir del cuarto, voy a encender el televisor y voy a conocer a La Nada. EFO.

jueves, 19 de marzo de 2020





LOS ROSTROS EN TU MENTE


Niña , ¿si te asomas al espejo podrás ver tu rostro? ¿tu verdadero rostro? Seguro estoy que no. El rostro que verás no se corresponde con lo que en realidad eres. La plata del espejo no te mostrará aquello que ocultas con celo del común de la gente. Allí no estarán las huellas que dejaron en ti los amores que olvidaste, los amores que te olvidaron. Los pliegues de tu cara no reflejarán los dolores que te abatieron el alma, los pesares que preñaron de angustia tu corazón. Tampoco se asomaran a tus ojos, los destellos de ternura que una vez sentiste, ni verás tu boca, ofrecer tus labios esperando un beso.Y por mas que enarques las cejas, frunzas el ceño o acentúes los hoyuelos de tus mejillas no te encontraras en ese reflejo. Tu no estás allí. Vives en otra parte. Existes en los recuerdos que sembraste en la mente de otra gente. En los pensamientos, buenos y malos, que provocaste en otros seres, en esos que te amaron, en esos que te desearon, en esos que te odiaron. Habitas en el morbo que desataste con tus miradas incitantes, con tu voz melosa, con tus pestañas rizadas. Tu eres prisionera de tus noches en vela, de tus días de vigilia, de tus horas dulces, de tus momentos amargos. Esa que refleja el espejo, no eres tu. Tu eres lo que yo pienso de ti. Lo que yo quise que fueras. Tu eres un ente intangible, que el tiempo archivó en los rincones de mi memoria. Tu eres un soplo de cabello negro, un coqueto mohín de cara, unos dientes blancos, tan blancos que encandilan, al chocar con tu risa.Tu eres la promesa de un beso que nunca llegó. Un apretón fugaz de manos, un roce malintencionado, un te quiero nunca dicho y siempre escuchado. Tu eres una visión de un amor prometido, pero nunca consumado. Tu eres una caricia no sentida. Una pasión sometida, refrenada, cautiva de mis ansias. Tu eres la llama que todavía enciende el pebetero de mis deseos. Tu eres  una  ilusión, un sueño del cual no he logrado despertar.
¿Y que soy yo? Un fantasma que se pasea por los laberintos de tu mente. Una sombra que difumina la luz. Un eco dormido de una voz ya callada. Yo soy  solo un soplo, un suspiro, un celaje, un ser sin rostro, que el espejo no refleja. Ni tu ni yo tenemos rostro. Tu porqué falsamente crees tener uno verdadero y yo porque escondo el propio. Somos, niña, dos seres sin rostro que vivimos en un mundo de caretas.  EFO.

martes, 3 de diciembre de 2019





EL MUNDO DE PAU II



Ya Pau va a la escuela. Bueno, a la escuela, escuela, no, en realidad va a un maternal donde juega, aprende pautas de comportamiento, rellena figuras de manzana pegándole trocitos de papel rojo, abraza peluches y comparte lágrimas, sustos y la nostalgia de su casa con un grupo de niños maternales que lloran, moquean y se aferran a la puerta cuando sus padres los dejan perdidos en la inmensidad del salón de clases. Al principio asistía, entre sorprendida y extrañada, a ese diario espectáculo que se desarrollaba en vivo frente a sus incrédulos ojos. En su momento se sumó al coro de suplicantes, pero muy pronto dejó de prestarles atención y se dedicó a lo suyo: socializar, jugar y pasarla bien. Se ve muy coqueta con su uniforme, morralito, lunchera y  unos zapatitos blancos de gimnasia que se trenzan en un lacito alrededor de su talón.
Poco a poco ha ido descubriendo cosas nuevas. Hilvana frases cortas y asocia ideas. Sabe como se llama  y aunque cueste creerlo conoce los colores por su nombre en inglés y los números del uno al diez. Cuando algo no le gusta y sus mayores insisten en imponérselo frunce el entrecejo, gesto que acompaña de un rotundo: no, no, no. Tiene una casi perfecta coordinación de sus movimientos, camina de puntillas y utiliza la risa y el llanto para expresar alegría, tristeza y rebeldía. Si una situación la apena esconde la carita tras la cortina de su pollina, que le baja copiosa por la frente. Aprendió a comer con cucharilla y tenedor y los usa con cierta destreza. Sube y baja escaleras. Le gustan los secretos y se queda quietecita, escuchando con atención, cuando alguien le susurra algo al oído. Ya asumió el control total sobre su gato, a quien regaña, llama, persigue y hala los bigotes. El no le hace caso. La mira con esa mirada displicente con que los gatos muestran su apatía por cosas y personas, pero de vez en cuando, para hacerle creer que lo manda, se le acerca remolón y deja que lo acaricie. 
Pese a las protestas de mamá, cuya prohibición burla en las rodillas de su abuelo, se declaró  fanática de las comiquitas por televisión e internet extasiándose en la contemplación de Peppa, Pinocho, La Mariposita, Chumba la Cahumba, El Caballo Verde, La Muñeca vestida de azul y su favorita, la Vaca Lola.
Pau tiene un columpio en el que emprende raudo vuelo, en un ir y venir de fantasía, entornando los ojitos, prisionera de su sillín, es dueña de un cuarto atiborrado de juguetes, de dos tías que enloquecen cada vez que la tienen cerca, de cuatro abuelitos (dos en Anaco y dos en Caracas) a los cuales tiene chochos  y de un tío que la carga y la carga, la abraza y la abraza y no deja de cargarla, ni de abrazarla. Le gustan los cumpleaños, los propios y los ajenos, porque come torta y quesillo (quesito dice ella) alcahueteada por su abuela y puede apagar, una y otra vez, las velitas, impidiendo que el agasajado cumpla con su obligación de hacerlo. Este año, pasmada de asombro, maravillada ante el mundo de luces, muñecos y figuritas de distinto tamaño y forma que tenía ante si, Paú conoció la Navidad. Quería tocarlo todo. Fascinada miraba una y otra vez los arbolitos, el tren, el nacimiento y asomaba su cabecita por las ventanas de las casitas donde San Nicolás preparaba  pizza y una señora le cortaba el cabello a otra. No se movía, solo contemplaba aquel universo multicolor que se abría frente a ella, al fin optó por refugiarse en los brazos de un sinfin de muñecos que la esperaban impacientes al final de la sala.  Paú tumbó segunda piñata, lo que quiere decir que ya es una niña grande, no tan grande, pero si un poquito más, sólo un poquito.
Pau tiene su mundo y yo tengo mi mundo en Pau... EFO.



jueves, 28 de marzo de 2019





EL MUNDO DE PAU


Ahí estaba, chiquita, menuda, pequeñita. Sin atreverse a abrir los ojos, sorprendida de verse sorprendida. Indefensa ante las miradas que atravesaban el cristal que nos separaba. Apenas un bostezo, un pequeñito bostezo reclamaba nuestra atención para advertirnos que había llegado. Que estaba ahí. Que había nacido.
Pau es una revelación, un poema, una cosita hecha niña que tiene como única misión alegrarnos la vida, llenarnos de felicidad, contagiarnos de ilusión. De cabello negro, ojos vivaces y sonrisa fácil desanda los caminos de la casa persiguiendo a su gato, empujando un carrito, tropezando, cayéndose, levantándose, amarrando nuestra atención a sus trémulos pasos. Cuando algo la sorprende abre los ojos desmesuradamente  y pinta en su boquita una redonda y grande O. A veces le da por juntar todos sus muñecos a los cuales obliga a viajar con ella, unos sobre otros, apretujados, sometidos, incapaces de rebelarse.
Pau abraza fuertemente, melosamente, insistentemente. Llora poco. Hace pucheros y de vez en cuando se vuelve intransitable, veleidosa, voluntariosa, malcriada.
Pau se baja sola de la cama, ocupa un lugar en la mesa y aunque parezca raro nunca ha tomado tetero. Todavía no habla bien pero conoce muchas palabras y muestra unas insaciables ganas de aprender.
Pau tiene un gato, en realidad es un gato compartido y se podría decir que es herencia de su mamá, dueña originaria del animalito, pero sea como sea, Pau tiene un gato.  Desde la primera vez que escuchó su débil llanto el felino prestó atención a quien sería su otra dueña, perseguidora implacable y consecuente amiga. Apenas gateaba Pau lo perseguía, intentando apresar su cola, él la esperaba y cuando la sentía cerca emprendía veloz carrera, frustrando así sus intentos. Ahora el juego cambió, todavía  no se deja agarrar la cola, ningún gato se deja, pero si permite que lo toque y en retribución la busca cuando está dormida y con pequeños zarpazos intenta despertarla. Pau tiene un gato y el gato tiene una niña.
Pau está llamada a convertirse en una bailadora impenitente. Incansable marca, una y otra vez, los pasos aprendidos y gira sobre si misma, moviendo su cabecita, intentando seguir el ritmo. A Pau la hechiza la luna. No se cansa de mirarla, y como todo el mundo, trata de tocarla. Muestra interés por dos de los reinos de la naturaleza, le gustan  las flores y las hormigas. Es una niña coqueta y muy sociable. Modela la ropa que le ponen, ensaya muecas y cuando va de paseo, arrellanada en el asiento de su cochecito, saluda a todo aquel que tiene la dicha de cruzarse en su camino. 
En el universo de las comunicaciones, tanto digitales, como físicas, da sus primeros pasos. Le apasionan los teléfonos celulares y se deja seducir por la televisión, aficiones poco consentidas y muy restringidas,  por aquello de la alienación.
Pau está creciendo, ya picó torta y tumbó piñata por primera vez; yo la miro con asombro, pues todavía no termino de creer que sea verdad, es decir que exista.  Pau tiene su mundo y yo tengo mi mundo en Pau.  EFO.

viernes, 9 de noviembre de 2018


YO, EL SOLITARIO
 

La soledad es un amigo que ya no está, un amor que acabó, un tren que partió, un barco que se aleja, una luz que se apagó, unos ojos que se cerraron, una voz que calló, un fuego que se extinguió, una puerta que no abrió, una carta que no llegó. Un adios. La soledad es frío en el alma y desazón en el corazón. Es un velo tenue, sutil que nos va cubriendo poco a poco. La soledad llega sin darnos cuenta. Notamos su presencia cuando echamos de menos aquellas cosas, aquella gente, que siempre estuvo cerca de nosotros y que ahora ya no más. El solitario es como una pavesa que, al consumirse, consume el cirio que la contiene. Contagia  a los que tiene cerca,  a quienes gravitan sobre el. La soledad es contagiosa.
La Soledad marida con la angustia, amalgama con la depresión, se junta con la desesperación. El solitario es un errante, un ser que vaga sin rumbo cierto, que olvidó la brújula y ahora no sabe a donde dirigir sus pasos. El solitario está obligado, por la naturaleza misma del mal que lo ocupa, a rehuir toda compañía, a rechazar cualquier ayuda, a renunciar a toda esperanza. La Soledad es como una nube que nos cubre poco a poco, que se cierne sobre nosotros impidiéndonos ver la luz, otear el horizonte,  encontrar la salida de ese laberinto en que nos ha metido. Hay solitarios que viajan solos, y  hay quienes viajan en grupos, que forman manadas, donde cada uno vive su propio dolor y no se comunica con el otro, pese a sentirlo próximo. Es común verlos transitar por todos los caminos, navegar en todos los mares, volar en todos los cielos. Esos grupos de solitarios recorren el mundo, viviendo su propio mundo, contagiando con su mal a todo el mundo. Yo soy un solitario. Nací así. Soy solitario de nacimiento. Desde siempre he vivido solo y no me gusta vivir de otra forma. Soy solitario por naturaleza, pero también por convicción. Amo mi soledad. Me gusta estacionarme en los espacios vacíos que pueblan mi corazón. Me complace ocupar la totalidad de mis sentimientos, sin compartirlos con nadie. Me regodeo en mis pensamientos, en esos que nadie conoce, esos que a nadie digo. Yo hablo para mi mismo, conmigo mismo.  Me veo y me escucho. No tengo, ni quiero interlocutor. No lo necesito. No me hace falta. Mi soledad me plena totalmente. No requiero de  otra compañía, Con ella me basta. Rehuyo el contacto con otra gente. No me gusta compartir, porque compartir es dividir. Y se comparte, se divide lo que se tiene y yo no tengo nada, excepto mi soledad. Cuando muera ella será mi única compañía  nadie más compartirá  mi tumba. Con nadie más dividiré ese pequeño espacio, mi espacio final, mi ultimo espacio. EFO.

domingo, 29 de julio de 2018




EL REGRESO


Marcando los pasos, contándolos empecé a regresar. Lo hago después de medio siglo. Si saber como, ni porqué me vi parado frente a la casa donde viví por mucho tiempo y al contemplar su fachada  decidí que este viaje que hoy comienzo debo hacerlo en paralelo: en cuerpo y mente. Visito los lugares que desde siempre me fueron familiares pero que ya no son los mismos. Han cambiado a tal punto que me es imposible reconocerlos, por eso los evoco como eran. Camino por el barrio de mi infancia y juventud. Recorro sus calles, me detengo frente a  sus casas, voy a  los sitios en los que solía pasar un tiempo importante. Dejo que los recuerdos vengan solos, no fuerzo  ninguno y siento el choque brutal entre lo que fue y lo que es. Todo cambió, nada es igual. Su gente no es su gente. Sus calles no son sus calles, su aire no es su aire, sus voces no son sus voces. Yo ya no soy yo.
El paisaje urbano, mi paisaje urbano se desdibujó. Ya nada de lo que existía está en pie, ni en la tierra, ni en mi mente. Quizás noto el cambio profundo porque la ausencia fue muy larga. No me di tiempo para una transición ordenada. No puede ver la evolución. No hubo gradualidad entre mi ayer y este presente que me avasalla. No me pude adaptar a la transformación  porque no me permití intermedio solo pasado y presente, sin paso previo. El contraste es  devastador. Todo mutó al punto que no hay una cosa, o persona que me sea familiar. 
Asustado, dejo mi barrio. Mis pasos se vuelven ingrávidos, leves, sutiles. Ahora camino dentro de mi. Me visito. Me comparo. Y el resultado es el mismo: no me reconozco, no me encuentro, no se quien soy. ¿A donde fue el que antes me habitaba?  No lo se. Siento que ya no está, que hace mucho tiempo se marchó con todo aquello que me pertenecía. Se llevó mi trencito gris, mi gato negro, mi bicicleta, Rin 24, (esa que tenía un letrero que hasta hace poco tiempo puede descifrar: The true temple steel bicycle), también a mi novia de mirada triste y gestos provocadores,  a la dulce voz de mi madre, a las noches bordadas de luces que apresaba con un gesto de mi mano. Ya nada tengo. Todo lo perdí. Se lo tragó un agujero en el tiempo. Ese mismo agujero, que amenazante, se abre frente al presente que insiste en mantenerme aquí. 
Ahora detengo mi andar. Ya no camino. Reposo. Poco a poco una laxitud se apodera de mi. Mis manos se entumecen, siento mis pies fríos. Mis ojos se cierran. Las palabras se niegan a salir. Ya no puedo oir.
Me dejo ir despacio, sin apuros, ayuno de urgencias, poco a poco, lentamente. Comienzo a regresar... a volver.  EFO

domingo, 1 de abril de 2018



PERDIDO

Tengo algo dentro de mi que me domina. Que me obliga a hacer cosas que no quiero. Ese algo, que no se que es, rige casi todos mis cotidianos actos. Me impulsa a seguir viviendo y me tienta a dejar de hacerlo. Hay noches en que me acuesto pensando que no despertaré al día siguiente, que esa  noche será la ultima. Hay días en que vivo sintiendo que el tiempo se escapa, se escurre, se esfuma y que se acerca un no deseado final; pero eso nunca pasa  todo sigue igual.
Se que vivo un tiempo que no me pertenece. No me siento ubicado en este espacio. Pareciera que mis días se agotaron, terminaron. Creo  que ya es poco lo que me queda, que es casi nada, lo que tengo por vivir.
Me esfuerzo inventariando mi vida, repasando aquellos episodios que considero fueron importantes, en vano intento por conseguir una justificación a lo que ahora siento, pero no consigo conciliar mis cuentas. No puedo cerrar el balance. Siempre hay una diferencia que no ubico, una partida que no registré, un hecho que dejé de contar, un evento que olvidé anotar. Por más que lo intento no identifico una señal, una pista que me indique cuando y como me perdí. Donde me extravié.
Y en ese estar me diluyo, me disuelvo, me voy disgregando sin que pueda hacer nada para evitarlo. El algo que vive dentro de mi, no destruye mi cuerpo, ataca mi psiquis, mantiene bajo asedio mi conciencia, obnubila mi mente. Ese algo, que no puedo definir, altera mis emociones y trastoca mis sentimientos. Ahora todo se confunde. Hay momentos en que no puedo discernir entre bien y mal, entre amor y odio pues sus nociones se entremezclan. Estoy desorientado. Extravié la senda y por mas que intento no puedo retomarla, volver a ella. No se donde estoy. Todo aquello que me servía de referencia ya no existe. Se ha borrado. Camino a ciegas, ando a tientas, sin báculo para apoyarme, sin bastón para auscultar la ruta. La mayoría de la gente que creció conmigo ya no existe. Se ha muerto. La ciudad donde nací está sometida a un proceso de demolición continua. El barrio donde me crié fue transformado, es otro, distinto, ajeno a mi.|Las costumbres de hoy no son las de ayer. Ningún rostro me es familiar. Vivo entre extraños. Deambulo en territorio desconocido, sin brújula que me guíe , sin mapa que me oriente. De lo que tenía ya no me queda nada. Todo se ha ido. Mi trabajo, mis amores, mi familia, mis amigos, ya no están. Ahora tengo una existencia vacía. Carente de emociones, llena de malos augurios,  de constantes sobresaltos, triste, pesarosa, por eso  no espero nada, pues siento que nada soy. Todo cambia a una velocidad que me impide adaptarme. Me voy quedando rezagado, espaciado, desubicado. Y no puedo hacer nada para evitarlo. Los acontecimiento me desbordan y estoy imposibilitado de controlarlos, de comandarlos, de poner orden en este caos en que se ha convertido mi vida. Estoy a la deriva. Me siento arrastrado por una corriente desconocida, que me transporta a un destino incierto, que soy incapaz de vislumbrar. Diariamente estoy sometido a un bombardeo intensivo de información que no me es dable descifrar, que soy incapaz de asimilar, que me rebasa. Que no puedo, ni quiero entender. Prisionero de esta época, rehén de este tiempo, cautivo de estos días estoy perdido, iremisiblemente perdido... EFO.



miércoles, 24 de enero de 2018




EL VIAJE


Comencé a andar. Sin despedirme, sin decirle adios a nadie, sin equipaje, sin más compañía que yo mismo empecé a marcar los pasos. Y uno tras otro, sumando huellas, pisoteando caminos me fui alejando. Ayer partí. No se a donde voy. En realidad no tengo un plan predeterminado, ni tampoco un destino cierto. Simplemente camino. Tampoco se por qué me fui. No soy un proscrito. No he sido desterrando, ni expulsado de ninguna parte. Dejar todo atrás, irse, abandonar lo que hasta ayer era cotidiano, es una decisión que se toma cuando colocado en una encrucijada te ves obligado a escoger. Y eso fue lo que hice: decidí, escogí. Me fui por propia voluntad. Abandoné casa, tierra, cielo, sin que nadie me lo pidiera, sin que nadie influyera en mi . No soy un peregrino, pues no aspiro llegar a ninguna parte, ni pago promesa alguna. No soy un viajero, porque no tengo destino. Simplemente soy un caminante, alguien que consume tiempo, que agota rutas, que holla senderos. Soy un caminante que no  tiene tiempo ni hora. Marcho sin brújula, sin reloj, sin mapa. Me detengo cuando, cansado de caminar, deba descansar, hacer un alto para reponer fuerzas. A lo largo del camino veo caras extrañas, escucho voces desconocidas. A veces no se donde estoy, pese a que algunos paisajes me son familiares, pero eso no me perturba, no me inquieta. Mi única ambición es caminar, marcar distancia, otear el horizonte, avanzar.
Cuando me pregunto que me impulsa, porque hago esto, a donde quiero llegar, me respondo: desde siempre quise hacerlo, de niño envidiaba el vuelo de las aves, al garete, atravesando nubes, cubriendo distancias, espiaba el viaje de las hormigas, incansables, tenaces, me extasiaba con las cambiantes figuras que en el agua dibujan los cardumenes de peces, veloces, plateados. Siempre quise sentirme dueño de mi destino, libre, sin ataduras, capaz de decidir.
Quizás me detenga algún día. Y ese día puede ser hoy, o mañana o no llegar nunca. Quizás lo haga cuando encuentre lo que busco, pero para ello debo primero saber que estoy buscando, que quiero, que necesito, que espero conseguir. Mi viaje también es hacia dentro, hacia el interior de mi mismo.
Cuando se viaja hacia adentro el camino se torna áspero, duro, espinoso. Es hacer introspección, echar marcha atrás, recordar lo que queremos olvidar. Es pararse en el presente, y ver que somos, que estamos haciendo. Es proyectarse e imaginar lo deseado, lo que aspiramos lograr, lo que necesitamos tener. Ese viaje, el interno, es el más difícil de realizar porque para hacerlo necesitamos primero romper con todo lo que nos ata, soltar las amarras, partir, caminar. Y en eso estoy. Camino afuera para llegar adentro...  EFO

domingo, 25 de junio de 2017







LA HUIDA.


Sin pensarlo, sin quererlo, ni siquiera sin imaginarlo,  comencé a huir. Orienté mis pasos hacia un camino ignorado y eché a andar. No se por cuanto tiempo lo he hecho. Tampoco se a donde voy, o a donde quiero ir. Nada ni nadie decide ni mi ruta, ni mi destino final. Simplemente camino... huyo. Tampoco se de quien o de que lo hago. Simplemente camino... huyo. Escapo a tientas. No se por donde voy. Alrededor todo es oscuro, A veces creo ver, a lo lejos, luces temblorosas como las de las velas que custodian los ataúdes, pero al acercarme no las distingo más. Pareciera que se esfumaran, que se apagaran. Ya no están. La oscuridad que me rodea me impide ver el sendero que piso. No se donde estoy. Hay momentos en que quisiera detenerme. Hacer un alto. Parar por un instante para centrarme, averiguarme, preguntarme que quiero. Para evaluar lo hecho y decidir en consecuencia, pero algo me impulsa a seguir. A no detenerme, a avanzar. Y sigo en ruta hacia la nada. Si tan solo pudiera entender que hago  podría decidir que hacer, pero no logro descifrarme y en consecuencia estoy obligado a seguir.
De una cosa estoy seguro y es que no estoy huyendo de mi pasado, pues ese ya no existe. A ese lo destrocé a dentelladas, con esos dientes que amaestré para despedazar, para rumiar historias y sueños.  Quizás huya de mi presente al que siempre he considerado vacuo, sin sentido, carente de orientación. Y si huyo de mi presente lo estoy haciendo también de mi futuro, pues este se construye hoy y hoy es presente y no hay futuro sin presente, como no hay presente sin pasado, sin ayer. Razonando así tendré que concluir, forzosamente, que estoy huyendo de mi mismo, pues soy la suma de mi pasado y mi presente, que equivale a decir mi futuro. Soy un prófugo de mi existencia. Soy un evadido existencial. En eso me convertí cuando cambié mi libertad por los postulados del Código Civil y de la Santa Madre Iglesia. Cuando comencé a acatar normas, a aceptar dogmas, a entronizar ideas y conceptos ajenos que lastimaban mi propia esencia, que contradecían lo que siempre fui: yo mismo. Cuando inicié el descenso hacia ningún sitio bajando por una escalera que no termina nunca, que no conduce a ninguna parte. Y ahora estoy aquí, varado por ratos, caminante a medio tiempo. Preguntándome quien soy, que quiero, y para donde voy. Detenido en este espacio-tiempo, estacionado entre sístole y diastole. Camino...huyo. Y en esa huida arraso con todo. Con lo que antes consideraba bueno y con lo que siempre supe que era malo. Estoy haciendo de mi vida tabula rasa. No pretendo dejar nada, pero no estoy seguro si volveré a construir o por el contrario me conformaré con vivir ayuno, vacío, yermo, estéril. Eso aún no lo he decidido y quizás cuando lo decida sea tarde, porque en ese decidir se me vaya la vida. Mientras tanto camino...huyo.   EFO.

domingo, 20 de septiembre de 2015





EL VIAJERO
Para Sandra.

Llegò una mañana. Como una sombra se deslizò por la puerta y de pronto allì estaba. Parado en medio de la Redacciòn, sin saber como empezar a decir algo, con su maleta de cartòn custodiandole las piernas y aquella expresiòn de asombro pintada en su cara. No hablaba, sòlo miraba, escuchaba, hasta que una voz lo moviò del pasillo.  " Atiendan a ese hombre, que tiene rato ahì."
- ¿ Tu quieres algo, hermano?
- Si, quiero hablar con el Jefe de Prensa.
Soy yo, venga, voceò Carlos Santiago desde su escritorio. Y hasta allà fue, cargando su maleta llena de trapos y tapuzada de ilusiones.
Mucho gusto, Asdrùbal Josè Lunar, soy periodista, vendo de Margarita y estoy buscando trabajo. Lo dijo todo de un tiròn. Rapìdito. Y asì, rapìdito, tambièn se quedò. Desde el principio nos asombrò con su manera sencilla de escribir las cosas complicadas, con su vozarròn de locutor cuando le abrìan un microfono, con su inocencia pueblerina, con su grandeza de espiritu, con su timidez que asomaba por sus ojos de niño en cuerpo de hombre y sobre todo con su franqueza y capacidad para querer a la gente. El Pèrico, asì lo llamamos. El Perico Lunar, asì se presentaba. El Pèrico Lunar se hizo parte indivisible de la vieja Redacciòn de Radio Reloj Continente en el ya vetusto edificio de la Avenida Mèxico y tambièn se hizo mi amigo inseparable
Al Pèrico aprendì a quererlo por haberle quitado el "pañal" al Cristo del Buen Viaje, para ver si tenìa pipe. Por haber llorado cuando recibiò el carnet del Colegio Nacional de Periodistas, como miembro fundador, su mayor orgulo. Por haber peregrinado por las clìnicas de Caracas para despedirse de la vieja Braulia, colocada en trance de muerte, esa madre severa y amorosa que lo sentò desnudo en una silla del porche de su casa en Pampatar, para que las muchachas se rieran de èl, en castigo por haberle quitado el "pañal" al Cristo del Buen Viaje, para ver si tenìa pipe. Por no haber venido de Margarita a tierra firme a pelar bola. Al Pèrico aprendì a respetarlo por su increible capacidad de trabajo, por su amor por esta profesiòn que compartimos, por su respeto por la noticia. "...la noticia, compaì, es como una mujer bonita, uno se enamora facilito de ella..." Al Pèrico aprendì a admirarlo por su dedicaciòn a su casa, por la preocupaciòn constante por sus hijos y por ese amor inagotable por su Sandra, su compañera de vida, quien lo defendiò, acompañò y quiso hasta la muerte. Al Pèrico aprendì a conocerlo por las cosas que decìa y mejor aùn, por las que no decìa, que se callaba, las que se guardaba.
Hoy, Asdrùbal no està. Se fue. Dice Sandra que se quedò dormido, como un pàjarito, como un perico, y cuando ella fue a despertarlo ya era tarde, la muerte lo habìa envuelto en un manto de sombra, cerràndole sus ojos a la vida y partièndole su noble corazòn.
Se fue el Pèrico y no pude decirle adios. Supe de su muerte por Facebook, me lo dijo su hijo Asdrùbal Jesùs. Se fue mi compadre, le bauticè a Jose Gregorio, se fue como vino, sin hacer ruido, sin armar escandalo, tranquilo, quieto, en paz. Se fue Asdrùbal y todavìa no me acostumbro a esa muerte. Me hace falta su hablar cantaìto, su mirada limpia, su sonrisa franca. Me hacen falta los tragos compartidos, las confidencias a media voz, sus angustias, sus alegrìas, sus ilusiones, sus asombros ante un nuevo conocimiento. Me hace falta saber que està en Barcelona, a un pasito de carretera, a un brinquito de aviòn. Me queda la satisfaciòn que entre nosotros nunca hubo diferencias. No nos alejamos, Dejamos de vernos, pero nos sabìamos cerca. Nunca estàbamos tan lejos que no pudieramos llamarnos. Siempre nos estuvimos presentes. Siempre nos quisimos. Se fuè Asdrùbal, el hermano, el colega, el compadre, el entrañable amigo. Se fue como vino, en silencio, con su maleta de cartòn llena de sueños, algunos inconclusos. Se fue el Pèrico y tan solo me queda enjugar esta làgrima rebelde que se empeña en no irse y pensar que estarà tranquilo, comiendo "carrachanas asadas" en alguna playa del cielo donde "un ejercito de mesoneros", lo espera para antenderlo. Descansa, hermano. Buen viaje.  EFO.

PD
Al año de su muerte Sandra tambièn se fue.

domingo, 19 de julio de 2015



MIS MANOS VACÍAS


Hoy cuando lavaba mis manos, noté que estaban vacías. No sujetaban nada. No tenían nada. Entonces supe que no tengo nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero si igual. Estoy ayuno de amores, falto de dolores. Mi vacío no es la oquedad de una roca, la rotunda negrura de un insondable pozo, la total ausencia de todo. Mi vacío es algo más que todo eso. Es una carencia infinita de emociones. Es la no existencia de sensaciones, de razones, de deseos, de quereres. Me siento como un animal recién puesto en libertad: extraño, raro, asustado, confundido. Todo lo que tenía me ha abandonado, se ha escapado. ¿ A donde han ido, las risas, los besos, los sudores, las angustias?. ¿Donde están las miradas, las caricias, los pesares, los deseos? Ya no los tengo. Es como si repente, sin presentirlo se destapó el cofre de mis utopías, se abrió la maleta de mis sueños y todo voló al viento, dejándome solo, ingrimo.  A veces siento que dentro de mi mora un animal, una fiera terrible que me devora y devora. Entonces, cuando eso pasa, rompo el hilo de mis pensamientos, en vano intento por hinchar el tiempo, por moler el tiempo, por trasegar el tiempo, por masticar el tiempo. Pero no lo consigo. Entonces me concentro en la realidad. Me vuelvo cotidiano. Me mimetizo. Me escondo. Calzo mis zapatos al revés para que crean que voy, cuando en realidad hace tiempo que viene. Que estoy aquí.  Me entretengo en el día a día. En el hacer algo, para dejar de no hacer nada, pero la fiera que me acecha se hace presente y continúa fracturandome, demoliéndome, devorandome. Intento escapar de nuevo, me aferró a los versos de un viejo poema, pero estos se enredan en las rimas, como los pasos se pierden en el camino, tropezando con los zapatos. Oigo, entonces, los gritos del silencio, de ese silencio mudo, y se que enmudeció hace tiempo. Que calló cuando callaron mis propias voces, las que tenía por dentro. Aquellas que me alertaban, que me mantenían en vigilia, que sembraban de inquietud mi atención. Que me decían cosas que quería, y que no quería escuchar. ¿El silencio de mis voces es el reflejo de mi vacío?. ¿ O será la causa ? ¿ Y porque no la consecuencia?. Me miró al espejo y veo que tengo dos huecos por ojos, un hueco por boca y dos tenazas por manos. Y se que estoy solo. Pero la soledad es también compañía. Es una niebla pegostosa que te tupe, que te tapa. Es como una segunda piel. Algo que tienes pegado a tu pecho, adosado a tu espalda y que no puedes quitarte. La soledad es un bicho conchudo, bicefalo, de muchas patas que arrastra su abdomen sobre el tuyo. Que te mira a la cara, revelándote la fealdad de la suya. La soledad es un enemigo que te acecha y sale a tu paso cuando menos la esperas, cuando no la quieres. La soledad es mala compañía. Pero  por ahora, y quizás por mucho tiempo,  es la única que tengo... Buenos días Soledad. EFO.

miércoles, 16 de mayo de 2012



EL NECESARIO TENER


Y es que todo hombre ha de tener su noche y su día. Su risa y su llanto. Su presente y su pasado. Todo hombre ha de tener su vida y su muerte. Su alborada y su ocaso. Sus ilusiones y sus desengaños. Sus amores y sus olvidos. Sus duelos y sus contentos. Sus luces y sus sombras. Sus éxitos y sus fracasos. Sus angustias y sus sosiegos. Sus farragosos dormires y sus placidos despertares. Sus sueños y sus vigilias. Su opulencia y su pobreza. Su dolor y su alegría. Todo hombre ha de tener una hora para llorar. Un espacio en su vida para vivir. Para sentir que todo se escapa. Que nada queda. Que en la fugacidad de las cosas está la esencia misma de la ansiada perdurabilidad. Ha de tener un pedazo de realidad a la cual aferrarse como ultima instancia y un trozo de fantasía donde refugiarse cuando la cotidianidad lo golpee con saña. Una isla donde naufragar. Un Díos a quien increpar. Un demonio a quien exorcizar. Un ángel en quien confiar. Un fantasma que lo asuste. Una utopía con la que soñar. Una fórmula para convertir. Un amigo con quien andar. Un crisol en el que fundir. Un conjuro que lo proteja. Una palabra mágica que lo salve. Un huerto donde sembrar. Una noche que lo arrope. Un día que lo desgaste. Un cántaro para beber. Una piel que besar. Una caja de recuerdos para guardar. Un candado para cerrar y una llave para abrir. Un monstruo para vencer. Un sueño que siempre lo visite. Una fosa profunda donde sepultar. Una nube para cabalgar. Todo hombre debe poseer una flor para oler. Una oración para musitar. Un Pegaso para volar. Un libro para leer. Unas cuentas que sacar. Unas deudas que cobrar. Un crédito que pagar. Un mapa que desplegar .Un odio que alimentar. Una ruta que seguir. Un espacio para ocupar. Un oráculo a quien consultar. Un relámpago de ira para domar. Un lecho para dormir. Un árbol para descansar. Un campo donde batallar. Un cuerpo doliente. Un alma sufriente. Un amor imposible. Un acorde que lo paralice. Un verso que lo transporte. Un recuerdo imborrable. Una esperanza latente. Un deseo insatisfecho. Un dolor profundo. Un cielo que ver. Un desierto que atravesar. Un mar que navegar. Un día para morir. Un tesoro que descubrir. Una luciérnaga que lo alumbre. Un niño que le sonría. Un báculo para apoyarse. Un espejo que lo refleje. Un juego que jugar. Una noche para llorar. Papel y lápiz para escribir. Y en el medio de todo eso un inmenso transitar que ocupe los espacios tediosos del día a día, del diario acontecer, del oprobioso vivir, del anunciado morir. EFO.


lunes, 14 de mayo de 2012



MI BARRIO.

Mi barrio es empinada calle en la gaveta de las añoranzas. Es entrechocar de cocos ahítos de furia, ansiosos de verter la sangre de sus aguas. Mi barrio son montañas de recuerdos, cientos de rostros, cúmulos de olores, pilas de sonidos. Son tardes de dominó regadas de medias jarras. Mis primeros pasos al compás de una guaracha de Billos. El humo de un cigarrillo marca Capri. La escalada al cerro. La visión atormentada de los locos en el Manicomio. La furia de los patines macerando el macadam. El vuelo de un papagayo, a la isla, esclavo en los brazos del viento. Mi barrio son los primeros galanteos. Cabellos negros que acarician mis manos. Cinturas que ciñen mis brazos. Ojos que mirar. La dulzura del primer beso enamorado, ilusionado, asustado. El primer desengaño. Serenatas a capella en noches de alcohol. La lata de maíz en la molienda. Una mochila de temores, de miedos, de angustias que amorataba mi espalda. Noches sin fin prisionero de las estrellas, rehén de la oscuridad. La verticalidad de un poste, sostén del cuerpo, vigilante de horas de ocio. El miedo a la recluta. Las peleas callejeras. Los estrenos de Diciembre. Las fiestas de los sábados. Mi barrio es como una colcha que me arropa. Como una sombra que me acompaña. Como un hierro que me marcó. En el nací. En el crecí. En el viví. Mis mejores días, mis más queridos recuerdos permanecen sepultados bajo el polvo de sus calles, a la sombra de la fachada de sus casas, en los recodos de sus esquinas. Mi barrio es como una concha que me protege. Un compañero permanente. Un amigo perdurable. Una siempre grata vuelta al pasado. Un sitio acogedor al cual se puede y desea volver. Recorrer sus veredas, doblar sus esquinas, dejar que los recuerdos troten por sus aceras es un ejercicio que me comunica una dosis de incalculable placer. Mi barrio es la visión fugaz de algo que existió llamado carritos por puesto, botiquines con rokolas, velorios en las casas, partidas de chapitas, derrotas de chinas. En mi barrio se armaban bicicletas recolectando sus partes en las quebradas que lo surcaban. Se comían helados Cruz Blanca, la mayoría de las veces salados en la punta. Se compraban bizcochos recién horneados. Se cambiaban libretas de estampillas por docenas de dulces. Se pintaban casas por 100 bolívares y se fumaba escondido en los rincones oscuros. Mi barrio me vio partir un día. Me dejó ir sin pena, como quien despide a un amigo. Nos dijimos adiós. Nos separamos, pero nunca nos olvidamos. EFO.




MI NIÑEZ



Mi niñez es un recuerdo vago. Un sueño ya soñado. Una fecha en el tiempo. Un pasado remoto. Un paso dado. Una jornada agotada. Una ilusión asomada. Mi niñez son unos zapatos Rex. Un autobús amarillo y rojo. Un gato negro, siempre mordelón. Una visión inusitada del abuelo. Una escuela aborrecida. Una pelea no ganada Una novia vedada a los placeres. Un perezoso despertar. Una ingenuidad perdida. Un asombro diario. Una confianza grosera. Un boleto de ida. Una realidad falsa. Un trencito gris cargado de vagones. Mi niñez es un mundo de sotanas y cruces que no quería. Un padre a ratos. Una madre omnipresente. La seguridad de saber que nada era seguro. Un tío rico, bueno, generoso. Un tío borracho, tarambana, loco. Dos abuelas tan distintas. Un diablo que me perseguía. Un Díos que me protegía. Una hermana con quien crecer. Unos amigos para jugar. Pocos en quien confiar. La magia blanquinegra de una televisión prestada. Un mundo atosigante de números odiosos que no entendía. Un siempre gratificante universo de cuentos que disfrutaba. Un olor penetrante de Jean Marie Farina. Un blanco inmaculado de Crema C de Ponds. Las esperadas navidades. Las odiadas Semanas Santas. El claustro del internado. La libertad del cerro. La melodiosa voz de la maestra. La vengadora palmeta de la inquisición escolar. Las radionovelas de mamá en su radiecito rojo, marca Zenit. La asquerosa sopa de espinacas. Las obligadas misas del domingo. Un chocar de metras prisioneras en los bolsillos. Un artilugio de hierro llamado bicicleta. Una avasallante ausencia de casi todo lo material. Una exuberante abundancia de sueños. Un papagayo abrochado al viento. El furioso zumbido de un trompo azul. La seguridad de un arma llamada china. Mi niñez fueron tardes espiando el caminar de las nubes, el aleteo lejano de los zamuros. Silencios profundos. Preguntas sin respuestas. Juegos compartidos. Juegos solitarios. El barrio donde crecí. El despertar a los sentidos. Mis primeros rencores, Mis primeros amores. El susto de un viaje hacia adentro que tendría que hacer obligadamente solo. La visión de un mañana que siempre lucía incierto. Mi niñez fue un cúmulo de sentimientos encontrados. De muchos no y pocos si. Fue un espacio que rellené a cuatro manos, las dos mías y las otras dos de alguien que siempre estaba allí, así no fuera siempre el mismo. Pasé por ella cabalgando en el caballo de madera de mi propia realidad, y así, cabalgando, la abandoné. EFO




LA VEJEZ

Sin darme cuenta me hice viejo. Tan viejo que no me reconozco en mi propia vetustez. Tengo los ojos viejos. La boca vieja. Las manos viejas. El pelo viejo, tan viejo que es blanco. Camino como viejo. Hablo como viejo. Lloro como viejo. Grito como viejo. Veo como viejo. Oigo como viejo. Hoy me asomé a la plata del espejo y me devolvió un reflejo difuso, desvaído. Tan amorfo que no pude reconocerme. Poco a poco, sin percibirlo, la vejez me fue invadiendo. Comenzó por una hebra blanca de pelo que una mañana se pintó con desgano. Después hizo metástasis en manos, piernas y pies. Se aposentó en el pecho, angostándome la respiraciòn. Subió a los ojos y cuando ya no pude ver, dejé de sentir. La vejez cohabitó con mi mente, borrándola, llevándose los recuerdos, blanqueándola. La vejez maridó con mi piel, arrugándola, secándola, marchitándola. La vejez me robó la risa, la verdadera risa, la carcajada, dejándome un remedo de ella, un sonido gutural, cascado, átono, feo, que los dientes no pueden retener, avergonzándome. La vejez se llevó la lujuria. Esa que perseguía muchachas con golosa imaginación. Esa que disparaba la pistola del deseo tras unos torneados muslos que febriles imaginábamos donde terminaban. La vejez me dejó lleno de buenas intenciones. Ayuno de pecado. Vacío de malas intenciones. La vejez cargó con el placer. Con el placer de mirar con desparpajo. De desconcertar con una frase.Con el placer de sentir los sentidos, Con el placer de oler, de tocar, de comer, de beber, de bailar, de fumar. Con el placer de saberse preferido, querido, consentido, deseado, imaginado. La vejez embaló mi equipaje de sueños, de ilusiones, de angustias, de dolores, de pesares, en una maleta rota de la que escapó todo lo guardado. La vejez amortajó mi futuro, destiñó mi pasado, esterilizó mi presente. La vejez me vació. Me secó. La vejez me llevó a no se donde. Me instaló en una realidad que todavía no me pertenece. La vejez no deja que me reconozca, que sepa que soy yo el que se esconde bajo esa piel cetrina, esos ojos apagados, esa mirada vacía. La vejez me vela. Impide que me asome, que desvanezca la sombra que me cubre. La vejez me hizo viejo, sin presentirlo, sin quererlo, sin desearlo. La vejez quiere matarme, acabar conmigo, para sepultarme, desaparecerme, dejar de verme. EFO


domingo, 13 de mayo de 2012

  



SOY, VENGO, VOY


SOY


Yo soy la vida que se va. La brisa que toca. El sol que besa. La luz que ciega. Soy el hijo de mi barrio. El polvo de sus calles. El olor de su gente. El ruido de su alma. El sabor en sus bocas. La cadencia de su andar. El eco de sus voces. Soy la vida que llega. El que vino y se quedó. El día que despunta. La tarde que muere. La noche que nace. Soy el tiempo que camina. El reloj que se detiene. El carrusel que gira. Soy la esencia. Lo profundo. Soy lo blanco, la ausencia de color. Lo que duele. Soy el llanto de un niño. La soledad de un viejo. La ilusión de un joven. Soy fondo y forma. Oquedad y vacío. Cóncavo y convexo. Yunque y fragua. El veneno que paraliza. Soy sepultura solitaria en un campo polvoso. Soy ansiedad y angustia. Deseo y saciedad. Soy jinete de mis sueños. Señor de mis tempestades. Díos de mi ira. Azote de mis debilidades. Faraón en mi pirámide. Galeote en mi galera. Soy el último hálito del guerrero en combate. El trueno que asusta. Soy lo negro, la suma de todos los tonos. Soy el licor espeso que adormece. El deseo que consume. La flor que abrió. La víbora que mordió. El relámpago que alumbró. Soy la lluvia que moja. La sed nunca saciada. La nieve que hiela. El miedo que estremece. Soy el vuelo de un ave. El aleteo de una mariposa. Un pez en su cardumen. Soy luz en la noche oscura. Un beso de amor. Soldado de mi propia guerra. Un abrazo de despedida. Soy el polvo que ciega. El color que ilumina. La fe del peregrino. Un recuerdo borroso. Un morboso placer. El águila tras su presa. La saeta que hiere al viento. El fuego que devora. El discurso del loco. Las dudas de un sacerdote. Soy el aullido del lobo. La cobra que hipnotiza. La huella de una pisada. La roca que azota el mar. Una espina en un rosal. Gladiador vencido. La luz de un candil. El alma del asesino. El grito del viento. La fiebre que abrasa. La pared que separa. Las cuerdas de una marioneta. Las notas del pentagrama. La flama de un incendio. El aspa de un molino. El fiel de la balanza. El timón de un barco. Soy hondo, profundo, liviano, ingrávido, incandescente. Minotauro en su laberinto. La guadaña que siega la vida. Pretérito de un suceso banal. Fruto en sazón. Soy la cruz de una tumba olvidada. El as de mi baraja. La flauta que encanta. Una pintura vieja. El Arco iris que florece. El hielo que se funde. Soy la sordina de mis pasiones. Soy todo aquello que alguna vez quise ser y que ya no seré. 

VENGO 



Vengo de tiempos remotos. De desiertos caliginosos. De campos ignotos. Desde dentro de mí. Desde el fondo de mi alma. Desde el principio de las cosas. Del microcosmos, donde lo grande es pequeño. Del crepitar del fuego. De la entraña que palpitó dentro de mi madre. Del olor a tierra que la lluvia moja. De la caja de música que el pájaro encierra. Del sorbo de agua que escupe el pez. De los mil y uno ruidos de la media noche. De las manos ensangrentadas del verdugo. De la fuerza telúrica del rayo. De los muertos ojos de los muertos. De la furia desatada de las fieras. De la rabia contenida de los inocentes. Del cementerio de odio de los culpables. De las miradas equivocas de las meretrices. De los rezos hipnóticos de los fanáticos. De las caras tristes de los niños tristes. De los dolores amargos. De los ojos brujos. De los labios asesinos. De las noches estrelladas. De los días soleados. De la semilla que germinó. De los caminos andados. De los campos arrasados. De los ojos llorosos. De las bocas cerradas. De las heridas abiertas. De la inocencia perdida. De los fondos de los mares. De la oscuridad de los eclipses. De los picos de las montañas. De los mantos de nubes. Del terciopelo de la noche. De la engañosa piel de las culebras. Del rojo de los corales. De la palidez de los enfermos. De la tristeza de los huérfanos. De la dureza de las piedras. Del azul de los cielos. Del fuego de los atardeceres. Del curso de los ríos. De las aguas quietas. De los surcos que el viento talla. Del murmullo de las olas. Del paso equivoco de los cangrejos. De una muerte infamante De un apretar de garras. De un grito de dolor. De un respirar fatigoso. De una pesadilla continua. De un cansino caminar. De los abismos insondables. De las cumbres inalcanzables. De una invitación a pecar. De un sincero arrepentimiento. De un yugo que ata. De un necesario descansar. De un sueño inconcluso. De un agotador cavilar. De un paciente esperar. De una angustia en el alma. De un dolor en el cuerpo. De un pensamiento que hiere. De una idea que alumbra. De la hora en que el gallo despierta. Del minuto en que descansa la hormiga. De la llaga que supura. De las serpientes que Medusa exhibe. Vengo de donde alguna vez quise venir y ya no vendré. 


VOY

Voy cabalgando sobre murmullos de olas. Sobre aleteos de aves. Sobre lomos de hipogrifos. Sobre ancas de hipocampos. Sobre gemidos de hembras. Sobre espacios abiertos. Sobre cambiantes dunas. Sobre universos infinitos. Voy, a paso de mula vieja, desbrozando caminos, torciendo veredas, cerrando rutas, abriendo brechas, penetrando honduras. Voy, con el alma limpia y el pecho desnudo, por un mundo sucio. Voy hacia donde todo termina y todo empieza. Voy al macrocosmos, donde lo pequeño es grande. Voy, trémulo, ansioso, a ver el ballet de las hojas en el viento. El paso mortecino de las nubes en el cielo. El brillo del relámpago que hiere el lienzo de sombras. Voy en busca del dolor en los hospitales, en los campos de guerra, en las celdas carcelarias. Voy en busca del dolor secular. Del que no pasa nunca. Voy en busca del amor que todo transmuta. Del amor que mata. Del que revive. De las pasiones oscuras. Del cofre de los secretos. Del libro de las revelaciones. De los espectros que habitan mi mente, esos que me acosan, vestidos de negro. Voy en busca del halago fácil. De la caricia con precio. De la lisonja falsa. Del eco de los ecos. Del grito desgarrado. Voy tras el hambre insaciable. En busca de las utopías. En pos de los cuentos nunca contados. Voy descubriendo el sabor del mar. El verdadero color del agua. El autentico brillo del sol. La propia palidez de la luna. El manto de joyas que la noche despliega. Voy abriendo puertas. Olvidando amores. Remozando odios. Reviviendo sueños. Calmando dolores. Despertando iras. Acariciando fieras. Voy guardando angustias. Descifrando enigmas. Bebiendo la esperanza en el alma verde de las esmeraldas. Vertiendo la sangre en el corazón rojo de los rubíes. Voy al fondo de los pozos oscuros. A lo tupido de los bosques umbríos. Voy apresando voces. Guardando colores. Sumando nubes. Restando aguaceros. Buscando cementerios de elefantes. Escamas de dragones. Voy con el pecho abierto para llenarlo de ilusiones. Voy en busca de todas las miserias. De todos los pesares. De todas las infamias. De los demonios de la noche. De mis propios demonios. Voy buscando el pecado en los confesionarios de las iglesias. A los pies de los Budas. A la sombra de Alá. Voy en busca de un fanal de luz. De un cuenco de agua bendita. De una hostia consagrada. Voy hacia donde alguna vez quise llegar y nunca llegaré. EFO