lunes, 14 de mayo de 2012



LA VEJEZ

Sin darme cuenta me hice viejo. Tan viejo que no me reconozco en mi propia vetustez. Tengo los ojos viejos. La boca vieja. Las manos viejas. El pelo viejo, tan viejo que es blanco. Camino como viejo. Hablo como viejo. Lloro como viejo. Grito como viejo. Veo como viejo. Oigo como viejo. Hoy me asomé a la plata del espejo y me devolvió un reflejo difuso, desvaído. Tan amorfo que no pude reconocerme. Poco a poco, sin percibirlo, la vejez me fue invadiendo. Comenzó por una hebra blanca de pelo que una mañana se pintó con desgano. Después hizo metástasis en manos, piernas y pies. Se aposentó en el pecho, angostándome la respiraciòn. Subió a los ojos y cuando ya no pude ver, dejé de sentir. La vejez cohabitó con mi mente, borrándola, llevándose los recuerdos, blanqueándola. La vejez maridó con mi piel, arrugándola, secándola, marchitándola. La vejez me robó la risa, la verdadera risa, la carcajada, dejándome un remedo de ella, un sonido gutural, cascado, átono, feo, que los dientes no pueden retener, avergonzándome. La vejez se llevó la lujuria. Esa que perseguía muchachas con golosa imaginación. Esa que disparaba la pistola del deseo tras unos torneados muslos que febriles imaginábamos donde terminaban. La vejez me dejó lleno de buenas intenciones. Ayuno de pecado. Vacío de malas intenciones. La vejez cargó con el placer. Con el placer de mirar con desparpajo. De desconcertar con una frase.Con el placer de sentir los sentidos, Con el placer de oler, de tocar, de comer, de beber, de bailar, de fumar. Con el placer de saberse preferido, querido, consentido, deseado, imaginado. La vejez embaló mi equipaje de sueños, de ilusiones, de angustias, de dolores, de pesares, en una maleta rota de la que escapó todo lo guardado. La vejez amortajó mi futuro, destiñó mi pasado, esterilizó mi presente. La vejez me vació. Me secó. La vejez me llevó a no se donde. Me instaló en una realidad que todavía no me pertenece. La vejez no deja que me reconozca, que sepa que soy yo el que se esconde bajo esa piel cetrina, esos ojos apagados, esa mirada vacía. La vejez me vela. Impide que me asome, que desvanezca la sombra que me cubre. La vejez me hizo viejo, sin presentirlo, sin quererlo, sin desearlo. La vejez quiere matarme, acabar conmigo, para sepultarme, desaparecerme, dejar de verme. EFO


domingo, 13 de mayo de 2012





EL OJO


Al igual que el Oído, los Ojos pues son dos, actúan como uno sólo en el proceso de formación de palabras. El Ojo Emite señales visibles que reciben el nombre de miradas. Estas miradas pueden ser de varios tipos y su objetivo básico es  provocar reacciones en otros cuerpos, que eventualmente pueden estimular la formación de palabras. Las miradas  pueden ser Inquisitivas cuando funcionan como preguntas o Explicativas dando respuestas a miradas  o palabras inquisitivas. Las miradas también sirven como medio de expresión de emociones. Las Admirativas, denotan admiración ante una palabra o un gesto emitido por un cuerpo. Para hacerlo el Ojo se abre desmesuradamente. Hay miradas de temor, ambiguas, de amor, de invitación, de deseo, de desconcierto, de pasión, de perdón, de castigo, de recriminación, también las hay severas y mudas. Existen miradas que recorren otros cuerpos de arriba abajo, esas son desafiantes, retadoras y provocan casi siempre una mirada contraria instantánea, de igual o superior fuerza.
El ojo puede quedarse estático, para ello utiliza el mecanismo de mirada que se pierde en el vacío y también mirar sin ver, es decir emite una mirada simple que no pretende indagar sobre el cuerpo u objeto sobre el cual se posa.
Al actuar como receptor capta los diversos tipos de mirada, convirtiéndolas  en impulsos eléctricos que trasmite al cerebro para su decodificación y posterior respuesta, la cual puede ser con una palabra o con una mirada.
Las miradas son estímulos para la formación de palabras, pues invitan a generar una reacción en el cuerpo al cual van dirigidas. El ojo, al igual que el oído es también selectivo puede, dependiendo de su criterio, ignorar una mirada que emite otro cuerpo, utilizando el mecanismo de mirada evasiva.
Al igual que la boca o el oído suele padecer de enfermedades que dañan su delicado mecanismo, impidiéndole cumplir a cabalidad con las funciones que normalmente desarrolla. Entre las más comunes están la  ceguera,  perdida total o parcial de su facultad de emitir y captar miradas, el estrabismo, rara condición gracias a la cual uno de los ojos, o los dos, si el problema es grave, no se alinean correctamente convergiendo hacia el tabique nasal, la miopía, dificultad para captar miradas emitidas por cuerpos lejanos  y la hipermetropía, dificultad para captar miradas emitidas por cuerpos cercanos.
El Ojo, al envejecer el cuerpo en el cual está situado, sufre un proceso de deterioro conocido como mirada apagada, que se caracteriza por la disminución en la intensidad emisora  de las miradas.
El Ojo dada su capacidad para generar respuestas, forma parte importante del proceso de fabricación de llaves, único instrumento capaz de desentrabar los cuerpos. EFO



ADIOS

Puedo morir hoy, ahora mismo, en este instante. Puedo morir casi sin darme cuenta. Morir despacio, sin angustia, casi como dormir. Esa sería una muerte dulce. La muerte, dicen, es un sueño, sólo que no sueñas. Puedo morir violentamente. Esa sería una muerte rápida. Puedo morir día a día. Sintiendo como pasan las horas, llevando sobre mi cuerpo el fardo del tiempo que pareciera no terminar nunca. Esa sería una muerte odiosa. Puedo morir viejo. De causas naturales. Esa sería una muerte buena. Si muero joven, moriría de mala manera, moriría sin haber vivido. Puedo morir por otra mano, sentenciado a muerte. Esa sería una muerte oprobiosa. Puedo morir por propia mano. Esa sería una muerte buscada. Puedo morir sin pensar que voy a hacerlo. Pero puedo hacerlo pensando en mi muerte, imaginándola, dándole forma a ese momento desconocido. Esa sería una forma extraña de morir. Sería morir pero no morir. Sería morir, pero seguir viviendo. Uno puede morir viviendo. Sintiendo día a día como te roe una pena el alma. Como te consume un dolor. La muerte no es solo física. Puedo morir para otros, sepultado en el olvido de una o de mucha gente. Puedo morir por partes, primero mi alma y después mi cuerpo o todo de una vez. Puedo morir hoy, ahora mismo, en este instante y otro ser ocupará mi espacio, se hará dueño de mi lugar. Marcará sobre mis huellas sus propias huellas. Desandará mis caminos. Llenará los ámbitos de mi vida. Yo puedo morir de cualquier forma. Y cuando eso pase casi nadie se dará cuenta. La muerte, mi muerte, es algo personal, íntimo, muy mío. Es mi propia manera de despedirme de todo, de alejarme, de irme. Cuando muera será como cuando pasa la brisa, alumbra el sol, entiniebla la noche. Alguien lo notará, por un breve espacio, pero casi al instante será olvidado. La muerte es un hecho cotidiano, forma parte de la rutina de la vida. La muerte es sólo un paso. Para algunos ese paso marca su trascendencia, para otros, para casi todos, es sencillamente un dejar de existir, un no ser. Morir es como mirarse al espejo para descubrir lo que tratamos de ocultar. Ver la flacidez de las carnes, los surcos de la piel, conocer la magnitud del daño. Morir es enfrentarse a uno mismo. Hacer balance, rendir cuentas, cerrar por inventario. Mientras otro autopsia las carnes en busca de secretos, uno abre el alma para confrontar los hechos, evocar lo vivido, recordar lo soñado, llorar por lo no logrado. Morir, es vivir, dormir, dejarse ir, no más EFO.


  



SOY, VENGO, VOY


SOY


Yo soy la vida que se va. La brisa que toca. El sol que besa. La luz que ciega. Soy el hijo de mi barrio. El polvo de sus calles. El olor de su gente. El ruido de su alma. El sabor en sus bocas. La cadencia de su andar. El eco de sus voces. Soy la vida que llega. El que vino y se quedó. El día que despunta. La tarde que muere. La noche que nace. Soy el tiempo que camina. El reloj que se detiene. El carrusel que gira. Soy la esencia. Lo profundo. Soy lo blanco, la ausencia de color. Lo que duele. Soy el llanto de un niño. La soledad de un viejo. La ilusión de un joven. Soy fondo y forma. Oquedad y vacío. Cóncavo y convexo. Yunque y fragua. El veneno que paraliza. Soy sepultura solitaria en un campo polvoso. Soy ansiedad y angustia. Deseo y saciedad. Soy jinete de mis sueños. Señor de mis tempestades. Díos de mi ira. Azote de mis debilidades. Faraón en mi pirámide. Galeote en mi galera. Soy el último hálito del guerrero en combate. El trueno que asusta. Soy lo negro, la suma de todos los tonos. Soy el licor espeso que adormece. El deseo que consume. La flor que abrió. La víbora que mordió. El relámpago que alumbró. Soy la lluvia que moja. La sed nunca saciada. La nieve que hiela. El miedo que estremece. Soy el vuelo de un ave. El aleteo de una mariposa. Un pez en su cardumen. Soy luz en la noche oscura. Un beso de amor. Soldado de mi propia guerra. Un abrazo de despedida. Soy el polvo que ciega. El color que ilumina. La fe del peregrino. Un recuerdo borroso. Un morboso placer. El águila tras su presa. La saeta que hiere al viento. El fuego que devora. El discurso del loco. Las dudas de un sacerdote. Soy el aullido del lobo. La cobra que hipnotiza. La huella de una pisada. La roca que azota el mar. Una espina en un rosal. Gladiador vencido. La luz de un candil. El alma del asesino. El grito del viento. La fiebre que abrasa. La pared que separa. Las cuerdas de una marioneta. Las notas del pentagrama. La flama de un incendio. El aspa de un molino. El fiel de la balanza. El timón de un barco. Soy hondo, profundo, liviano, ingrávido, incandescente. Minotauro en su laberinto. La guadaña que siega la vida. Pretérito de un suceso banal. Fruto en sazón. Soy la cruz de una tumba olvidada. El as de mi baraja. La flauta que encanta. Una pintura vieja. El Arco iris que florece. El hielo que se funde. Soy la sordina de mis pasiones. Soy todo aquello que alguna vez quise ser y que ya no seré. 

VENGO 



Vengo de tiempos remotos. De desiertos caliginosos. De campos ignotos. Desde dentro de mí. Desde el fondo de mi alma. Desde el principio de las cosas. Del microcosmos, donde lo grande es pequeño. Del crepitar del fuego. De la entraña que palpitó dentro de mi madre. Del olor a tierra que la lluvia moja. De la caja de música que el pájaro encierra. Del sorbo de agua que escupe el pez. De los mil y uno ruidos de la media noche. De las manos ensangrentadas del verdugo. De la fuerza telúrica del rayo. De los muertos ojos de los muertos. De la furia desatada de las fieras. De la rabia contenida de los inocentes. Del cementerio de odio de los culpables. De las miradas equivocas de las meretrices. De los rezos hipnóticos de los fanáticos. De las caras tristes de los niños tristes. De los dolores amargos. De los ojos brujos. De los labios asesinos. De las noches estrelladas. De los días soleados. De la semilla que germinó. De los caminos andados. De los campos arrasados. De los ojos llorosos. De las bocas cerradas. De las heridas abiertas. De la inocencia perdida. De los fondos de los mares. De la oscuridad de los eclipses. De los picos de las montañas. De los mantos de nubes. Del terciopelo de la noche. De la engañosa piel de las culebras. Del rojo de los corales. De la palidez de los enfermos. De la tristeza de los huérfanos. De la dureza de las piedras. Del azul de los cielos. Del fuego de los atardeceres. Del curso de los ríos. De las aguas quietas. De los surcos que el viento talla. Del murmullo de las olas. Del paso equivoco de los cangrejos. De una muerte infamante De un apretar de garras. De un grito de dolor. De un respirar fatigoso. De una pesadilla continua. De un cansino caminar. De los abismos insondables. De las cumbres inalcanzables. De una invitación a pecar. De un sincero arrepentimiento. De un yugo que ata. De un necesario descansar. De un sueño inconcluso. De un agotador cavilar. De un paciente esperar. De una angustia en el alma. De un dolor en el cuerpo. De un pensamiento que hiere. De una idea que alumbra. De la hora en que el gallo despierta. Del minuto en que descansa la hormiga. De la llaga que supura. De las serpientes que Medusa exhibe. Vengo de donde alguna vez quise venir y ya no vendré. 


VOY

Voy cabalgando sobre murmullos de olas. Sobre aleteos de aves. Sobre lomos de hipogrifos. Sobre ancas de hipocampos. Sobre gemidos de hembras. Sobre espacios abiertos. Sobre cambiantes dunas. Sobre universos infinitos. Voy, a paso de mula vieja, desbrozando caminos, torciendo veredas, cerrando rutas, abriendo brechas, penetrando honduras. Voy, con el alma limpia y el pecho desnudo, por un mundo sucio. Voy hacia donde todo termina y todo empieza. Voy al macrocosmos, donde lo pequeño es grande. Voy, trémulo, ansioso, a ver el ballet de las hojas en el viento. El paso mortecino de las nubes en el cielo. El brillo del relámpago que hiere el lienzo de sombras. Voy en busca del dolor en los hospitales, en los campos de guerra, en las celdas carcelarias. Voy en busca del dolor secular. Del que no pasa nunca. Voy en busca del amor que todo transmuta. Del amor que mata. Del que revive. De las pasiones oscuras. Del cofre de los secretos. Del libro de las revelaciones. De los espectros que habitan mi mente, esos que me acosan, vestidos de negro. Voy en busca del halago fácil. De la caricia con precio. De la lisonja falsa. Del eco de los ecos. Del grito desgarrado. Voy tras el hambre insaciable. En busca de las utopías. En pos de los cuentos nunca contados. Voy descubriendo el sabor del mar. El verdadero color del agua. El autentico brillo del sol. La propia palidez de la luna. El manto de joyas que la noche despliega. Voy abriendo puertas. Olvidando amores. Remozando odios. Reviviendo sueños. Calmando dolores. Despertando iras. Acariciando fieras. Voy guardando angustias. Descifrando enigmas. Bebiendo la esperanza en el alma verde de las esmeraldas. Vertiendo la sangre en el corazón rojo de los rubíes. Voy al fondo de los pozos oscuros. A lo tupido de los bosques umbríos. Voy apresando voces. Guardando colores. Sumando nubes. Restando aguaceros. Buscando cementerios de elefantes. Escamas de dragones. Voy con el pecho abierto para llenarlo de ilusiones. Voy en busca de todas las miserias. De todos los pesares. De todas las infamias. De los demonios de la noche. De mis propios demonios. Voy buscando el pecado en los confesionarios de las iglesias. A los pies de los Budas. A la sombra de Alá. Voy en busca de un fanal de luz. De un cuenco de agua bendita. De una hostia consagrada. Voy hacia donde alguna vez quise llegar y nunca llegaré. EFO

















CUANDO ME VAYA




Cuando intente despertarme una mañana, una noche, o una tarde cualquiera y no pueda. Cuando tenga un peso sobre mis ojos, una rigidez en mi mano y un tapón en mis oídos. Cuando no vea, no huela, no sienta. Cuando no pueda pararme, ponerme derecho, erguido. Cuando ya no piense. Cuando sepa que estoy y no estoy, que soy y no soy. Que será de mis cosas. Si, de mis cosas que son muchas.Que será de mi mujer, de mis hijos, de mi perro, de mi ángel de la guarda, de mis tragos de ron, del humo de mis tabacos, de mis papeles. De mi luna, de mis estrellas, de mis tardes. Que será de mis amores, los que tengo y los que tuve. De mis males, los que me minan el cuerpo y me martirizan el alma. De mis sueños. De mis audacias, mis ideas, mis ambiciones, mis angustias, mis temores, mis rabias, mis celos, mis ansias de tener, mis esperanzas, mis desilusiones, mis triunfos, mis fracasos, mis recuerdos: los buenos y los malos. De mi presente. De los santos que me acompañan cuando salgo solo. De mi patrón, ese que me mangonea. Que será de mis calles, las que camino y las que no caminaré, de mis deseos, de mis pasiones, de mis dudas, de mis preguntas, de mis respuestas, de mis amigos y sobre todo de mis enemigos, de mis secretos, de mis verdades, de mi trabajo, de mis odios, de mis fobias, de mis miedos, de mis rabias, de mis alegrías, de mis pesares, de mis escritos, los ya escritos y los por escribirse, de mis monstruos, esos que viven bajo mi cama. De mis nostalgias. De mi pasado. De mi Díos, ese al que me encomiendo. De mis noches, de mis días. De las cosas en que creo. De los perdones que nunca pedí. De las cosas en que pienso. De las cosas que quiero. De las cosas que olvidé. De mis fantasmas. De mis muertos. De mis ansias de seguir viviendo. Del diablo, ese a quien temo. De las mujeres que no tendré, de las que tuve y dejé; de las que tuve y me dejaron, de las que veo y quisiera tener. Que será de los reyes de mi ajedrez. De mis ídolos de barro, de los de piedra. De las voces de mis lamentos. De los gritos de mis pesadillas. De los gemidos de mi cuerpo. De mis sudores, de mis dolores. De mis deudas, de mis ilusiones. De las canciones que canto. De los olores que respiro. De las lágrimas que enjugo. De los cajones que nunca abro. De las promesas que no cumplí. De las bocas que no besé, pero que siempre deseé. De todo aquello que una vez fue mío. De todo aquello que no tendré nunca, jamás. Que será de mí EFO.

jueves, 8 de marzo de 2012




LA PUTA


Parada en la esquina, bamboleándose sobre las agujas de sus tacones, con la mirada puesta en la calzada, la mujer deja traslucir su inquietud. Ya es media noche, piensa, y apenas tengo para medio comer mañana, dice. Se despega del suelo y comienza a patrullar la acera, sin dejar de mirar la avenida que a esta hora luce desolada. Ni un cliente. Hace rato que no pasa carro alguno. El último que se detuvo, la desvistió con la mirada y a juzgar por lo violento de la arrancada, no le gustó lo que vio. Hace frío. El viento le muerde las piernas que  inútilmente la faldita trata de cubrir; desde que recuerde nunca han estado cubiertas. Siempre al aire, mostrando lo que  hay que ver y anunciando lo que se puede imaginar. Ni modo. Esto se acabó. Mañana será otro día. Bamboleándose sobre las agujas de sus tacones comienza a desandar el corto trecho que media entre el cuartico donde vive y la esquina donde trabaja. Lejanos están los días en que abandonó su casa tras los pasos de un hombre que le llenó la cabeza de promesas  y le encendió la piel a punta de besos. De eso apenas si queda un recuerdo vago. Un olor a colonia barata,el hastío de un tiempo igual y los  fantasmas del hambre y la necesidad circunválandola, acechándola. De su familia no sabe si aún existe. Padre nunca tuvo y a su madre sólo le agradece una caricia a desgano, de vez en cuando y un siempre escaso plato de comida. Para ella nunca hubo nada. Nada tuvo. Nada le dieron. La vida, me trajo hasta aquí, suele decir, para justificar lo que hace y sobre todo para justificar lo que deja de hacer. Es prisionera del cansancio de los días, de su falta de voluntad, de su pereza mental, de su abulia, de su carencia absoluta de aspiraciones de un mundo mejor, de una vida mejor. Hay noches en que piensa que pudo haber sido otra persona. Una igual a muchas de las que tropieza a diario. Se imagina con dos hijos, o mejor con tres, una hembra y dos varones. Un apartamento pequeño, pero confortable, un trabajo decente y un hombre bueno con quien armar un destino común. Pero eso son solo sueños. Y los sueños, sueños son. La realidad son noches de frío, días de hambre, de vez en cuando una sonrisa, un gesto amable, un guiño.Y siempre un peso distinto sobre sus caderas, moliéndole el cuerpo, llenándola de fastidio, saturándola de malos ratos, contagiándola de asco. Ella vive tras el muro que fabricó con los pocos pedazos que le fueron quedando de los ratos de felicidad que logró reunir. Su muro tiene doble pared, una es de rabia, de desencanto, de angustia, de soledad, de sueño y la otra es de trozos de asfalto, de chirridos de frenos, de carreras huyendo de la policía, de hoteles baratos, de sábanas sucias, de billetes arrugados. Ella es una amurada que se parapeta tras esas vallas esperando llegar, más temprano que tarde, a la Arcadia de sus sueños. EFO.

viernes, 2 de marzo de 2012





EL BORRACHO


Su andrajoso andar, su pringosa cara y sus sucias manos, de uñas negras, largas y duras, se reflejan en los espejos que el aguacero formó en la calle. Todavía llueve. El agua ha calado enteramente su cuerpo, permeado su ropa y dibujado caminos de mugre en la piel que asoma bajo el chaquetón que lo cubre. Con paso vacilante, torpe, se dirige a la pared, que lo espera indiferente. Hace años que pared y borracho forman parte indivisible del paisaje urbano. Así de unidos están. Este muro, es a falta de uno verdadero, su único hogar. Recostado contra el deja pasar el tiempo con pecaminosa indiferencia.  No tiene más nada que hacer. El no hace nada. Su día comienza temprano, apenas despunta el sol. Con pereza sus ojos se abren a la luz que se asoma y casi instantáneamente su vicio le atenaza la garganta. Cuando hay, corre generoso por su gaznate el chorro de fuego. Cuando nada quedó de la botella anterior, la puñalada de dolor atraviesa sus entrañas. Algo habrá que hacer, piensa, mientras su cabeza se recuesta del muro, que indolente lo deja estar. Su mano mendigante en consabido ademán  se estira temblorosa ante cualquier cuerpo que se aproxime, mientras gesticula la gastada frase: dame algo pal desayuno. Una a una las monedas le dan forma a la botellita de caña, que entre trago y trago ayudará a pasar el día que hoy la lluvia pintó de blanco.
Otra vez sale el sol y lentamente, con flojera, abre las persianas de sus ojos. La luz entra a raudales. El día amaneció radiante y él alegre. Sin prisa se empina la botella y agradece el primer trago. Sonríe. Estira el cepillo de su mano y pronto la generosidad se transforma en un nuevo litro de caña. Vamos bien, piensa para sus adentros. Anoche durmió completo. Es la primera vez que pudo hacerlo en lo que va de semana. Quizás el cuchillo de sílice del temporal le trepanó el cráneo, dejando escapar los demonios que pueblan de noche su cabeza. No se apareció el fantasmagórico corro que casi siempre lo visita, aterrándolo con sus aullidos, espantándolo con sus muecas. Esa gente corre a lo largo de la calle con pasos de polichinela, lanzando alaridos y profiriendo maldiciones. Y lo hace por el solo placer de asustarlo, de verlo gritar, de sentirlo sudoroso, cargado de miedo. El sabe que siempre están allí acechándolo, lo que no sabe es donde viven, cuando van a aparecer y por qué se meten en su cabeza. Una vez le contó sobre sus fantasmas al señor de la imprenta, con quien habla de vez en cuando, y este le dijo que eso no existía, que eran alucinaciones suyas, delirios, delirium tremens, así fue como los llamó. Pero él sabe que son reales, que tienen forma. El los ve, Y lo que es peor: ellos lo ven a él.
Carlos, Carlos, es como se llama. Ese es su nombre. La mujer que se identifica como su hermana y que lo visita de vez en vez, así lo vocea. Su familia lo llama de esa manera cuando logra que se bañe, afeite y coma algo. Pero Carlos ya perdió conexión con su casa. En realidad perdió conexión con casi todo. Hundido en su mente recuerda a un hombre joven, de hablar culto, de apariencia elegante, pero no puede precisar sus rasgos. A ratos juega con una imaginaria pelota y se luce lanzando curvas y rectas hacia un home de fantasía, mientras murmura palabras en inglés, francés y alemán. Hay momentos en que se siente caminando por las calles de Viena, visitando los teatros, con una mujer colgada de su brazo. Era otra época. De eso ya no queda nada. Ni familia, ni trabajo, ni amores, todo se lo llevó el trago. Todo menos esos espasmos que le retuercen las tripas, ese frío que trota sobre su espinazo, esa falta de aire que lo ahoga, ese temblor de manos que no controla, esos calorones que lo abrasan, esos bichos que lo visitan. Carlos se sepultó en vida. Enterró sueños y realidades. El mora entre dos mundos, cabalgando a horcajadas entre ayer y hoy. Lo viejo son recuerdos vagos. Lo nuevo solo es el muro.
Su muro no es una gran estructura de piedra o una sólida pared de ladrillos. Su muro es apenas una tapia de escaso metros de alto que forma parte de la fachada de una carnicería, enclavada en una calle cualquiera de un pueblo cualquiera. Esta salpicada de cemento y ahora pintada de verde. El año pasado era azul. Recostado a ese muro pasa las horas y los días. Ahí come lo poco que le dan. Ahí duerme. Ahí defeca,  obligando a la mujer del carnicero, entre insultos y maldiciones a lavar sus excrementos. Cuando lo rasguña con sus asperezas su pared le resulta ingrata, pero casi siempre es amable, hospitalaria. En el muro se refugia cuando sus fantasmas lo visitan. Al muro acude cuando la angustia toca su cuerpo y alma. Contra el muro se aplasta cuando la falta de alcohol le tironea la barriga. En el muro vive. Con el muro vive. El muro es lo único que tiene. Su refugio y su apoyo. Una valla vertical que lo sostiene cuando el licor hace estragos en su equilibrio. El no quiere ni necesita otra cosa que el muro. El pertenece al muro y el muro le pertenece. Carlos y muro son una misma cosa. Uno solo. Carlos es un amurado y Carlos morirá amurado. Pero el muro no morirá con Carlos. El muro verá morir a Carlos.  EFO.  
      
(Carlos, mi amigo, murió en Tinaquillo, Venezuela, un día cualquiera, de cualquier tiempo, adosado a su muro).