sábado, 16 de julio de 2016




LOS FANTASMAS

Anoche, al cerrar la puerta, sentí que algo la traspuso. Al atardecer, al abrir el armario, me golpeó el hálito de un vaho. Hace días que siento una presencia extraña, difusa, intangible. Es como si alguien me hiciera compañía. Estuviera cerca de mi, amarrado a mi sombra. Es una sensación rara, incomoda. Es sentirse acosado, involuntariamente acompañado, sospechosamente  vigilado. Es una presencia de algo, o de alguien, que aún no he logrado definir. Es un fantasma que se aparece cuando menos lo espero y desparece cuando más no quiero.
Los fantasmas son problemas no resueltos. Enigmas nunca descifrados. Acertijos en busca de solución. Los fantasmas viven dentro de los escaparates, debajo de las camas, detrás de las puertas, dentro de las gavetas, a la orilla de los caminos, a los pies de los árboles, en las aguas de los ríos, en las cuerdas de los ahorcados, en los cuchillos de los asesinos, en los calderos de las brujas, en el aleteo de los murciélagos, en los ayes de dolor, en las lagrimas no vertidas, en los ojos muertos de los muertos, en los labios secos de las monjas, en las noches sin luna, en las lápidas de los cementerios. Los fantasmas viven dentro de nosotros. Pegados a nuestros recuerdos, claveteados a nuestros deseos. Los fantasmas se nutren de nuestro pasado. Comparten nuestro presente y conspiran en contra de nuestro futuro. Cada uno de nosotros tiene sus propios fantasmas. Los fabricamos con miedo y  alimentamos con dolor.  
Hay fantasmas que hemos concebido pero que  aún no conocemos. Los que nunca hemos sentido. Nacen de la huella de un beso que olvidamos en la boca de alguien. De las miradas de otros que encerramos con nuestros ojos. De la angustia de un te quiero no correspondido. Son fantasmas que creamos con nuestras acciones, con nuestras omisiones, con nuestros deseos. Esos fantasmas, que estamos por conocer, crecen dentro de nosotros, alimentándose de nuestras pasiones. Hay fantasmas que nacieron en otra gente. Esos fantasmas invaden nuestras propia esencia, nos permean, nos hacen coparticipes de situaciones, de hechos, de circunstancias que no nos pertenecen, pero que nos afectan. Esos fantasmas se convierten en propios. Hay fantasmas del pasado. Hay fantasmas del presente. Los primero viajan en el carro de los recuerdos. Los segundos viven nuestro día a día.  Hay fantasmas antiguos, muy antiguos, que pasan de generación en generación. Son entes que fueron creados hace mucho tiempo y que han subsistido hasta hoy. Esos permanecen sin cambios. Sin mutar. Ellos regresan de épocas remotas para atormentarnos. Para hacernos pagar por pecados que no cometimos. Esos fantasmas son una herencia indeseable, que nos fue impuesta, que no queremos pero que tenemos que aceptar. Nosotros, todos, también somos fantasmas o algún día lo seremos de otros. EFO.

viernes, 15 de julio de 2016


EL TREN DE LA VIDA.

Me asomé a la ventanilla y no pude ver nada. Hay días en que me asomo y distingo muchas cosas: veo rostros conocidos, del pasado y del presente, lugares familiares, que visito o que visité en otro tiempo.  Soy viajero en este tren de la vida, que comparto con muchas otras personas. Unas ya se bajaron. Se quedaron en las estaciones o en un recodo del camino. Algunas para siempre, otras esperando volver a subir en una próxima parada. El tren siempre se desliza por su vía, recorriendo su camino. Se desplaza a una velocidad variable: unas veces lo hace lentamente otras muy rápido. Su velocidad viene dada por la dificultad del camino que recorre. En trochas empinadas, cuando todo es difícil, su andar es lento, fatigoso, se le dificulta avanzar. Cuesta abajo se desliza raudo, rápido. Yo compré mi pasaje hace un poco más de medio siglo y desde entonces  viajo en ruta a un final que cada día se hace más próximo. Yo compré, al igual que el resto de los pasajeros, un viaje de ida. Mi boleto no tiene regreso. Cuando compré no sabía cuanto iba a durar el viaje. Ni como sería. Hoy, con casi el setenta por ciento de la ruta cubierta  pienso que he viajado poco, cuando en realidad ha sido mucho. No se como termine mi travesía, ni cuando lo haga, me conforto pensado que no será todavía y espero que el final se retrase. Pero eso no lo decido yo, pese a ser el conductor. Yo no trazé la ruta, ni fijé la fecha, ni puse condiciones de termino. El viaje acaba cuando el tren se pare y puede hacerlo en cualquier momento, a cualquier hora, en cualquier lugar. Algunas veces he acariciado la idea de bajarme del tren lanzándome por una de las ventanillas, pero siempre la desecho. En mis ratos de ocio, que ahora son muchos, sueño con que puedo echar marcha atrás, y volver a empezar, pero eso es una utopía, no pasa de ser un deseo. La realidad es que soy prisionero en este tren y no me es dado ni bajarme, ni devolverme. A ratos, cuando el tren se detiene en cualquier estación, veo rostros familiares, de gente conocida que me miran expectantes y veo rostros desconocidos, de gente extraña, que me asaetean con su curiosidad.  Unos y otros pareciera que quisieran preguntarme por mi viaje, pero no se atreven. Yo también quisiera preguntarles en donde me encuentro, si falta mucho para que se detenga el tren o si esa parada es la ultima, pero no me atrevo. Me da miedo que me respondan, que me digan lo que no quiero saber. Alimento la caldera y reanudo la marcha. El tren tiene varios vagones. En algunos he pasado mucho tiempo, en otros poco. En algunos he pasado buenos ratos, en otros malos. No puedo detener el tren, pero si puedo cambiar de vía, tomar otro rumbo, pero siempre hacia el mismo destino final. Hay trenes cuyos conductores cambiaron de vía para mal, otros lo hicieron para bien, pero al final todos llegaron al mismo sitio. A veces es necesario cambiar, explorar nuevas rutas, abandonar el camino trazado. Podemos cambiar de vía, pero no podemos cambiar de tren. El tren de la vida es un expreso en ruta hacia la nada, pues al final nada somos y en nada nos convertiremos.  EFO.

jueves, 23 de junio de 2016



LA PARTIDA


Se fue. Se fue y no supe como ni adonde. Hoy, cuando me desperté ya no estaba. Desapareció sin explicación, sin siquiera decir adiós, sin avisar donde iba. Sencillamente se fue. La busqué por calles y caminos. La busqué dentro y fuera de mi, pero se había ido. Y cuando creí resignarme encontré su huella en el espejo. Allí estaba, escondida, difuminada, opaca. Ahí estaba, parapetada tras una maraña de arrugas, cubierta con una manto de flacidez, desvaída, sin brillo en los ojos, mustia, casi muerta. Mi hoy vieja juventud trató de esbozar una sonrisa, pero apenas pudo construir una mueca, un remedo de aquella risa cantarina, bulliciosa, alegre, contagiosa que los dientes no podían retener. Mi hoy vieja juventud me devolvió la mirada, una mirada cansina, adormilada, fatigada. Una mirada que se escapó forzada de sus ojos marchitos, semi cerrados, viejos. Entonces supe a donde se había ido. La descubrí cubierta con los pliegues del pasado. Cabalgando a lomos de un tiempo ido, perdido entre el tic tac de relojes mohosos, ahitos de minutos pasados, de segundos muertos.Su partida no fue para mi una sorpresa. Hacía tiempo que la esperaba, que la intuía. Notaba como día a día se iba apagando, difuminando. Como, al igual que una pavesa, se extinguía inexorablemente. Su partida se anunciaba en el temblor de mis manos, en la opacidad de mi vista, en la afonía de mi voz, en la lejanía de los sonidos. Sentía como mis piernas flácidas se negaban a impulsar mi cuerpo, como me abandonaban los reflejos, como se apagaba la pasión, las ansias, los deseos. Era el preludio de una despedida que se prolongaba. Como quien se resiste a dejarse ir, pero que sabe que tiene que irse, que tiene que dejar, que debe abandonar. Y así fue. Se fue. Su partida marcó un adios definitivo, uno de esos adioses que son para siempre, que no vuelven más. La dejé ir, sin despedirla, como quien ve alejarse  un barco, como quien siente morir un sueño. Y aquí estoy, sentado en el medio de esta angustia que me abruma, de este vacío que me plena, de esta ausencia que me aterra. Aquí estoy sin saber adonde ir, sin poder ir a ninguna parte, sin querer ir a otro sitio. Aquí estoy esperando no se que. Aquí estoy, solo, perdido, asustado, añorando a mi hoy perdida juventud, a mi compañera de muchos placeres, de muchos olores, de innumerables sudores, de infinitos goces. Extraño su desenfado, su ausencia de miedo, su desparpajo al mirar, su atrevimiento al hablar. En mi desespero trato de vivir lo que hoy tengo por presente y espió lo que presiento como futuro. Y eso es lo que me asusta. Ese olvido, esa falta de ser necesitado, querido, deseado, buscado. Esos años por venir, duros, malos, desesperadamente solos. Esa futura fingida compasión, ese futuro permanente estorbar, molestar, fastidiar. EFO.

jueves, 21 de abril de 2016

LOS RECUERDOS


Los recuerdos son sombras que nos oscurecen de repente. Son pedazos de vida que vuelven sin avisar. Son jirones del pasado, trozos de algo que existió, y que hace tiempo se fue. Los recuerdos son como fragmentos de viejas películas que están dentro de nosotros, ocultos en los cajones de la memoria.  Los recuerdos nos acechan a toda hora, y en cualquier lugar. Viven a las orillas de las playas, en la bruma de la tarde, en la oscuridad de la noche. Vegetan en los compases de una melodía, en la cadencia de una frase, en un color de cabello, en una tonalidad de ojos, en un olor cualquiera. Hay recuerdos buenos y malos. Los primeros nos reconfortan, nos hacen revivir momentos gratos. Los malos nos hieren con saña. Nos hacen llorar. Nos ponen tristes. Hay recuerdos viejos y nuevos. Los viejos no se han ido nunca. Siempre han estado  con nosotros. Son como compañeros permanentes en el viaje de la vida. Los nuevos están por definirse, por ubicarse. Hay recuerdos solos y compartidos. Los solos son nuestros, nos pertenecen en su totalidad. Somos sus únicos dueños. Los compartidos nacen de hechos que vivimos en compañía de otros. A esos los podemos evocar en solitario o en grupo, pero siempre nuestra visión de ellos será muy personal, distinta a la que tengan cada uno de los otros con los cuales los compartimos.
Los recuerdos nos permiten volver a vivir lo vivido. Nos ayudan a renacer los sueños, a avivar nuestros dolores, a pedir perdón por lo pecado. Hay recuerdos que no recordamos. Que hemos olvidado. A unos los hemos querido olvidar, nos lastiman tanto que preferimos borrarlos, hacerlos desaparecer. Sabemos cuales son, pero nos negamos a retrotraerlos,  a otros no podemos pensarlos por más que nos lo propongamos. Esos son huidizos, se presentan incompletos, en trozos, y no podemos reconstruirlos en su totalidad. Son como pinturas difuminadas. Nuestra vida es en realidad una serie de recuerdos, un poco de pedazos de lo que hemos sido, de lo que hemos hecho, de lo que hemos vivido. Los recuerdos nos permiten existir en paralelo. Son como un puente entre el pasado y el presente.
Los recuerdos son centinelas de nuestras acciones. Nos alertan sobre el peligro de asumir determinadas conductas, que en el pasado produjeron ciertas consecuencias. Son como un diario de vida, como un registro contable. Están allí custodiando nuestro día a día. Se acuestan en nuestra cama, se sientan a nuestra mesa, viven en nuestra casa. No sabemos cuando nos asaltara un recuerdo, cuando se hará presente. Aparecen de repente, cuando algo los motiva. Algunos se quedan un tiempo poblando nuestra mente, y por más que lo intentamos no podemos deshacernos de ellos, a otros los desechamos con un giro de cabeza, con un parpadeo, de un manotazo.
A veces quisiera recordar que no recuerdo nada. EFO

sábado, 9 de enero de 2016





LAS ALMOHADA CHINAS.

Para quien desconfía de la seguridad que ofrecen los bancos y prefiere guardar su dinero bajo el colchón, las antiguas almohadas chinas hubiesen constituido su más preciado objeto.
Cuando se habla de almohada, la primera asociación mental que se tiene es la de un cojín suave y blando sobre el cual poner la cabeza al momento de dormir. Antiguamente, en China, no privaban esas características, ya que se buscaba adecuar el clima del lugar y la estación del año, al material que se iba a utilizar y si paralelo a ello la almohada era bella... mucho mejor. Los artesanos chinos de épocas pretéritas concibieron verdaderas maravillas utilizando los más disimiles elementos como madera, bambú, cerámica, junco, cuero, oro, jade, piedra, cristal, ámbar, vidrio, algodón y seda.
Los estilos de almohadas estaban sujetos a la moda y variaban de dinastía en dinastía. Los más refinados eran de uso exclusivo de los miembros de la corte imperial, los pocos ejemplares que de ellos subsisten son considerados tesoro nacional.

La almohada, un producto secular.

Gracias a evidencias etimológicas, se han podido formula hipótesis, mediante las cuales se pretende demostrar que las primeras almohadas chinas estaban hechas de madera; ello se sustentaría en que la palabra china chen, con la cual se designa a la almohada, contiene el carácter componente  mu, que significa madera.
Para algunos expertos, las almohadas, lo mismo que las camas, se fabricaban con materiales disponibles, durables y baratos, tales como madera y bambú, Las condiciones climáticas determinaban la elección de los materiales que se utilizaban. La seda y el algodón que aíslan y retienen el calor se consideraban adecuados para las estaciones más frías. Algunas almohadas de cerámica podían llenarse con agua caliente y servir para doble propósito. En verano se  prefería el junco de la India, el bambú, el cuero, el jade, la cerámica, el cristal y el ágata. Generalmente este tipo de almohada era cubierta con tela.
Los cojines que se hacían de tela y cuero, usualmente, eran rellenados con paja, algodón, pedazo de tela, hojas de té o salvado de arroz. Algunas almohadas estaban rellenas con hierbas medicinales, tales como crisantemos en flor, para aliviar los dolores de cabeza y los mareos. El bambú por ser fresco al tacto, es ideal para el clima cálido y húmedo del sur de China. Algunas almohadas fabricadas con este material estaban hechas de sólo un trozo de tallo en el cual se grababan verdaderas obras de arte. Este tipo de almohada fue el más popular en Taiwan durante la dinastía Ching (1644-1911).

Para todo uso.

Cuando un médico tradicional chino realizaba un complicado examen del pulso, pedía a sus pacientes que pusieran su brazo en un pequeño cojín llamado almohada de pulso.
Ciertas almohadas estaban diseñadas para utilizarse como apoyo para la espalda y algunas para acomodar los hombros, la cintura, los brazos o las piernas. Otras poseían funciones múltiples. Las almohadas de "caja" servían para guardar documentos importantes, joyas, dinero y otros objetos de valor. La mayoría podía cerrarse con candando y, cuando el dueño dormía, era una caja fuerte a prueba de todo tipo de robos. Algunos coleccionistas creen que servían para llevar las pertenencias valiosas al ir de viaje, cumpliendo así una triple función.
Entre las almohadas más antiguas que aún existen, se encuentran unas funerarias de jade, que fueron desenterradas de tumbas que datan de la dinastía Han Occidental 8206 a C. y 7 dC.). Otras rarezas son almohadas modeladas en cerámica vidriada de color blanco de las dinastías Sybg (960-1279) y Yuan (1277-1368).
Las artes decorativas estuvieron muy bien representadas en la fabricación de almohadas. Los artesanos que trabajaban con cerámica, cuero, laca y tela no se limitaban en modo alguno. Las piezas de cerámica contenían diversos diseños grabados e impresos y en ellas se exponían una gran cantidad  de vidriados  que iban desde los clásicos patrones florales en azul y blanco hasta diseños abstractos, parecidos a los de hoy.
Las almohadas de cuero eran decoradas con versos de fina caligrafía y pinturas de paisajes. Las almohadas de tela, casi siempre, eran embellecidas con atractivos bordados.
La ornamentación de las almohadas antiguas refleja costumbres y creencias folclóricas. Muchas de las almohadas de cerámica tenían forma de tigres, panteras y osos. Se decía que tales animales eran eficaces para protegerse de los malos espíritus. Las almohadas con esa forma se utilizaban para las mujeres que deseaban tener hijos varones. Esto fue popular durante la dinastía Tang (618-907). Las almohadas de cerámica hechas durante las dinastías Sun y Yuan, a menudo, estaban decoradas con figuras humanas, flores, pájaros, paisajes, bambú y escenas de óperas populares.
Símbolo de serenidad, felicidad y amor, las almohadas se mencionan en el Libro de los cantos, la antología poética más antigua de China. (Siglo III ó IV a C.).
Quizás si Horacio Quiroga hubiese conocido las almohadas chinas otra sería la historia del Almohadón de Plumas, pero entre el escritor y los artesanos chinos mediaron varios siglos de sueño.
  



EL TRANVÍA, SUEÑO DE AYER.

Como dejando pasar el tiempo se desliza el tranvía sobre las aceradas vías. Apremiante, con urgencia de segundos se enciende la luz. Y a la "orden", que así se llamaba la señal, acuden presurosos los últimos pasajeros que no querían perder el viaje.
Los tranvías de Caracas, todo un espectáculo hoy, una novedad ayer, se perdieron entre los pliegues de la pasada centuria cuando sus rieles fueron sepultados por una capa de cemento y asfalto.

Una historia sobre rieles.

El tranvía, versión antigua del Metro, apareció en Caracas durante los primeros lustros de 1900. En principio era de "caballito". Se trataba de un pequeño vagón que utilizaba la tracción animal como "combustible". El tranvía de caballito era aristocrático  y popular al mismo tiempo, pues diferenciaba a las clases sociales al establecer dos tipos de pasajeros: los de primera y los de segunda. La diferencia entre unos y otros, además del precio, consistía en que cada vez que el animal se rendía de cansancio ante la empinada cuesta, el conductor incitaba a los pasajeros de segunda clase a que empujasen el vehículo, cosa ésta que no era obligada para los pasajeros de primera.
En Caracas hubo realmente tres empresas de tranvías, antes de que El Encantado, planta pionera de la Electricidad de Caracas, le imprimiera la pasmosa velocidad de 10 kilómetros por hora al caraqueño de antaño, gracias a la maravillosa fuerza eléctrica.
En 1892 se estableció Tranvías de Caracas, compañía formada por el Sr. Felix Ribas. La empresa tenía varias líneas que partían de la Plaza Bolívar a los extremos de la ciudad. Tranvías de Caracas fue la primera empresa de tranvías de caballitos con que contó la capital. Posteriormente comenzó a funcionar Tranvías Bolívar, que usufructuaba una concesión que le permitía ir a la Plaza Bolívar y a las estaciones del Ferrocarril de La Guaira y del Ferrocarril Central. El progreso introdujo una variante: Ferrocarril del Sur, empresa ésta que operaba con un tranvía de vapor que partía del Portachuelo en El Valle con un ramal al Cementerio.
Finalmente apareció Tranvías Eléctricos de Caracas. Su nacimiento fue consecuencia del contrato firmado con la Corporación del Puerto, empresa ésta que tenía varios convenios suscritos con la Gobernación del Distrito Federal, aprobados por el Presidente de la República y ratificados por el Concejo Municipal de Caracas. El contrato estableció la fusión en una sola concesión de las tres existentes. La nueva compañía se comprometió a convertir en dos años a tracción eléctrica las líneas que figuraban en el plano levantado al efecto y así se acometió la tarea de reabrir las rutas hacia El Valle y El Cementerio. Las vías o rieles que existían para El Valle eran muy angostos para ser utilizados por los nuevos tranvías, así pues que los tranvías de caballito siguieron funcionando paralelo a la colocación del tercer riel.

Llegó la electricidad.

Para atender el suministro de energía se estableció en el Portachuelo una subestación que contaba con un generador de 110 KV. movido por un motor eléctrico de 150 HP. La Electricidad de Caracas suministraba la energía a través de dos líneas de transmisión que se unían en Caracas a un local que tenía la empresa en las inmediaciones de la Estación del Ferrocarril Central, donde se hallaban los transformadores. De este sitio salían tres líneas de distribución que servía a la oficina generadora de Tranvías Eléctricos y a la Cervecería Nacional, así como también a las partes sur y norte de la ciudad.
La línea aérea de donde se alimentaba el tranvía estaba sostenida por postes de 30 pies de largo. En principio se pensó en utilizar postes de madera, pero las dificultades para conseguirlos obligó a la empresa a adoptar los de hierro. Las líneas eran de aluminio aisladas por tres capas de tejidos y pintura a prueba de agua. Se conectaba con la línea del trolley por medio de dos interruptores de 250 amperes. La "percha"  que no era más que una larga vara metálica que salía del tranvía iba rozando la línea y así recibía al energía que ponía al tranvía en movimiento.
La puesta en funcionamiento de Tranvías Eléctricos le comunicó a Caracas un ánimo del cual carecía. La capital adoptó rápidamente el nuevo medio de locomoción el cual se convirtió además en sitio de reunión para las parejas de enamorados. Jóvenes de pajilla, bastón, pelo engominado y flor en el ojal, lanzaban ardientes miradas a jovencitas de falda larga y primorosos peinados.
El tranvía constituyó toda una revolución y como toda novedad fue el centro de atracción de los caraqueños de 1900.
Pero no todo fue alegría, el tranvía también se convirtió en dolor de cabeza para los chóferes de la época quienes al chocar contra el armatoste se veían obligados a pagar costosas reparaciones ya que sus vehículos no resistían el impacto de la mole de hierro.
El tranvía ya no existe, ni siquiera queda una muestra de lo que fue. Sus rieles duermen sepultados en el subsuelo de la capital. Otro artefacto se desliza raudo y con sus vistosos vagones, cual cometa de aluminio,  cumple la secular función de transportar pasajeros. EFO.

viernes, 8 de enero de 2016




LOS PALILLOS CHINOS

Los platos chinos, desde el más simple al más complejo, tienen un acompañante único: los palillos.Versátiles, como ningún otro instrumento, sirven para levantar, empujar y pinchar todo tipo de alimentos, desde trozos de carne o verduras hasta arroz.

Un hábito milenario.

En el siglo XVI se inventó el tenedor y no sería sino hasta esa época cuando europeos y americanos abandonaron el hábito de comer utilizando los dedos. En el siglo XVI las clases altas comenzaron a comer con tenedor, cuchillo y cuchara.
La fecha de invención de los palillos chinos es un misterio, se sabe que ya eran usados durante la Dinastía Shang (1766-1122 aC.). Recientemente se descubrieron en China continental cucharas y palillos de bronce que datan de ese período y de la Dinastía Chou (1050- 249 aC.); evidentemente desde hace casi tres mil años hay rasgos de refinamiento en la mesa de la civilización china. Pero eso no quiere decir que los palillos hayan sido amos y señores desde un comienzo. Los antiguos chinos comían principalmente con cucharas. Según el libro de los Ritos (Li-chi), durante el peroído Chou los palillos se usaban sólo para sacar la comida sólida de la sopa. Su uso se extendió a partir de la Dinastía Ming (1368-1644 dC.).

Entre gustos y usos.

Antes del período de Chou, los palillos eran hechos de bambú y madera. Luego aparecieron los de marfil y jade, para después popularizarse  los de bronce y hierro durante los períodos de Primavera y Otoño (772-481 aC.) y de los Estados Guerreros (403-221 aC.). En las épocas de Han, Wei y las dinastías del Sur y del Norte, del siglo III y VI d.C. se usaron palillos laqueados, de oro y plata. Cada material tiene ventajas y desventajas. Los palillos de Jade son fríos y resistentes al calor, pero sumamente frágiles. Los de marfil son frescos y ayudan a enfriar la comida; éstos son muy populares en Cantón, donde la gente acostumbra tallar su nombre en un par de palillos para su uso personal. La plata es considerada como la mejor protección contra el veneno, ya que se pone negra si hay alguna pócima en la comida. Por siglos, emperadores y altos funcionarios la usaron como seguro de vida. Cuando la casa imperial Ching, remplazó sus palillos de plata por unos de marfil, se siguió probando la comida introduciendo trozos de plata en cada recipiente.
Los palillos de bronce sirvieron en más de una oportunidad para dirimir puntos de vista haciendo las veces de puñales. Los palillos modernos son hechos de bambú, madera, vidrio y plástico. Pero siguen siendo famosos los laqueados de Fukien y los de marfil de Pekín. En Taiwan los más populares son los desechables. En los últimos años se ha impuesto la costumbre de disponer de palillos especiales parea servir la comida, aparte de los que cada comensal utiliza para su uso personal.
Durante el reinado el emperador Chien-lung se debía poner dos juegos de palillos y dos de cucharas por cada plato servido. El monarca sabía que generalmente sobraba comida de su mesa que era compartida entre sus concubinas y eunucos.
El uso de los palillos para comer se extendió a Corea y Japón. Los coreanos usan palillos de acero inoxidable, pues este metal ayuda a calentar las manos. Los palillos japoneses son una o dos pulgadas más cortos que los usados en China; esto tiene su explicación en el hecho de que la comida japonesa se sirve en porciones individuales y no en platos comunes como en China.

La técnica y otras cosas

Aunque pueda parecer difícil para los no iniciados, la técnica para manejar los palillos es simple y tan sólo requiere un poco de práctica. Se trata de mantener uno de ellos firmemente apoyado en la coyuntura entre el pulgar y el indice, mientras que con el resto de los dedos doblados se manipula el otro para formar una pinza. Los chinos consideran que además de ser la forma más fácil de comer, los palillos permiten a los comensales mantener una postura erguida, ya que con la otra mano se debe levantar el tazón de arroz.
Antiguos textos señalan que la persona que maneja los palillos usando tres dedos tiene buen carácter; la que utiliza cuatro dedos un buen porvenir y aquella que utiliza todos los dedos de la mano está destinada a la grandeza.
En Taiwan existe la creencia de que mientras más arriba sostenga una joven sus palillos, más lejos se marchará al casarse.
Se afirma que tomar esos instrumentos de la mitad para abajo es más fácil, por lo tanto quienes así lo hacen son personas conservadoras que evitan gastar demasiada energía. Sostenerlos desde el extremo superior requiere mayor esfuerzo, pero es una ventaja a la hora de alcanzar los platos distantes. A esta persona le gusta paladear toda la comida que hay en la mesa, no sólo el plato situado frente a ella (no olvidemos que los chinos comen todos de todos los platos), por eso tiende a ser más activa y preparada para asumir riesgos como irse a vivir lejos.
Como vemos comer no es sólo alimentar el cuerpo y darle gusto a otros sentidos; comer puede ser también una aventura. EFO.