jueves, 4 de agosto de 2016


LA LUPE... a su manera.


"...Lupe Victoria, una mulatica flaquita que cantaba y bailaba por las esquinas del Barrio San Pedrito, en la Provincia de Santiago de Cuba, donde nació, desde muy chiquita amó la música..." Su padre, Tirso Yoli Michel era un hombre de mal carácter que trabajaba en la fábrica de Rón Bacardi y a quien no le gustaba que su hija se dedicara a cantar y por eso la obligó a estudiar para maestra, matriculándola en la Escuela Normal. Su madre, Paula Raymond Solera, era una mujer autoritaria, que sabía  como imponerse, tratando de corregir los excesos de su hija, pero ella no le hacía caso a ninguno de los dos. Seguía en lo suyo. Desde pequeña fue espontanea e irreverente. Su primera aparición pública la hizo como aficionada en un programa que se transmitía por la emisora CMKW. El timbre de su voz y lo sensual de sus movimientos cautivaron al presentador, quien la contrató para que bailara y cantara en el Cabaret Copa Club de Santiago.
Entre boleros, guarachas y guaguancos llega a La Habana con una maleta de gritos y gemidos como equipaje. Poco a poco se abre camino y ya para 1960 graba, con el sello Discuba, su primer LP, que lleva por título Con el diablo en el cuerpo.
Su forma de interpretar era original, llena de trucos, hiriente y desgarradora. Tanto quería a la música que un día dijo que cantar para ella era como hacer el amor, ente más pasión le ponía, mayor era el deseo, y por eso se entregaba totalmente, revelando sus arranques de locura tirándose al suelo, rompiéndose el vestido, quitándose los zapatos, convulsionado, llorando, gimiendo. En el paroxismo se arañaba la cara, se mordía manos y brazos y cada vez que podía aporreaba al pianista. Se transformaba. Así era su puesta en escena.
Su manera de ser le ocasionó, de siempre, muchos problemas. En la época de Batista escandalizaba a la ortodoxia musical y a la alta sociedad habanera. En los tiempos de Fidel no le aceptaron lo que llamaron sus actitudes irreverentes y marginales.
Fidel nacionalizó las clubes nocturnos, incluyendo La Red, donde cantaba La Lupe. De Cuba salió, según contó ella misma, con dos falditas y una blusa que tuvo que pedirle a la costurera, que se las arreglaba, pues tenía que irse ese mismo día.
Se radica en Mexico y de allí viaja a Miami y luego a Nueva York. En la Gran Manzana canta en la calle, canta en  las plazas, canta en los bares, por 30 dolares la noche. Y en los bares, en la calle, en las plazas, la vió por vez primera Jhonny Pacheco, quien quedó fascinado por su talento y temperamento. Muy pronto se corrió la voz en el centro de Mahattan, que había una mulata que ponía a bailar a los muertos. Su voz, sus movimientos y su escultural cuerpo causaban sensación. La Lupe, era una mujer exhuberante, alta, de grandes senos, piernas largas, cintura estrecha y boca golosa. Su amistad con el maestro Pacheco se consolido rápidamente al punto que era común verlos compartir tarima, cantando y bailando a duo. 
El éxito le vino de la mano de Mongo Santamaria. Era imposible que la fortuna no le sonriera.  Y no pasa mucho tiempo en aparecer Mongo Introduces La Lupe. Ese disco vendió más de dos millones de copias y acaparó numerosos premios. Comienzan a actuar juntos en los lugares de moda: El Apolo, El Triton, El Palladium, donde es presentada como la estrella del momento. Abandona a Mongo para unirse a la agrupación de Tito Puente. Con el Rey del Timbal graba varios LP, pero su éxito más rutilante ente el publico hispano lo consigue con La excitante Lupe canta con el Maestro Tito Puente. Canciones como Que te pedi, Adios, La Tirana, Yo soy como soy, la catapultaron al panteón de los cantantes.
La Lupe ya es una figura consagrada que viaja a numerosos países y se presenta en los mejores escenarios. Fue la primera vocalista latina que actuó en el Madisón Square Garden.
La unión con Puente continuó hasta la grabación de los discos Homenaje a Rafael Hernandez y The King and I. En 1968, en medio de una grabación Tito, cansado de sus extravagancias y locuras, la despide. Eso quedo grabado en el tema Oriente donde La Lupe canta: " Ay, ay, ay, Tito Puente me botó". Su salida de la banda la sume  en una profunda depresión que trata de evadir con drogas y alcohol. Para esa época su esposo Willie Garcia  desarrolla un cuadro esquizofrénico que la obliga a gastar grandes sumas de dinero en tratamientos médicos, todo ello aunado a sus costosos hábitos  hacían, que por ejemplo, gastase 20 mil dolares, que ganaba en un concierto, en un abrigo de piel o en un nuevo juego de muebles. Su estrella comienza a palidecer. Ya casi nadie se atreve a contratarla debido a los rumores que circulaban sobre sus actitudes violentas y su tendencia al consumo de drogas, irritabilidad y arranques de locura. Sus boleros y guarachas estaban pasados de moda. La Salsa, era el nuevo ritmo que se imponía. Nunca se integró. No pudo subirse a ese autobús. Su sol declinó y el ocaso dio paso a la oscuridad. Poco a poco se vio obligada a vender todo lo que tenía: sus carros, joyas, abrigos de vison y hasta la mansión de Nueva Jersey valorada en 185 mil dolares y que había pertenecido a Rodolfo Valentino. Se mudó a Puerto Rico, pero al poco tiempo regresó a Nueva York.
En 1984 un accidente domestico la dejó invalida. Al colgar una cortina en su apartamento cayó estrepitosamente, lesionándose la columna vertebral, hecho que la amarró a una silla de ruedas por algún tiempo. Ese mismo año su casa fue consumida totalmente por un voraz incendio sumiéndola en la miseria total, sobreviviendo gracias a la ayuda de la beneficencia y a los pocos amigos que le quedaban.
Pasó a vivir en un sótano en malas condiciones y terminó en un albergue para vagabundos en la misma ciudad que una vez la amó. En 1986 el Estado de Nueva York le otorga un apartamento en el Bronx y asume el costo de la operación que la hace volver a caminar.  Se matricula en la universidad, según confesó más tarde, para utilizar el dinero de la beca para comer.  Pasada de peso, coja y mal vestida nadie la reconocía. Uno de sus compañeros de aula le preguntó: "Usted, que tiene una voz muy linda, ¿canta? A lo que ella respondió: si, me gusta cantar".
La Lupe siempre fue santera, hasta que conoció al Señor y entonces "me convertí al evangelio;  mi Dios me salvó" Un día al asistir al culto las manos del Pastor se asentaron en su espalda. Se desmayó y cayó al piso. Cuando despertó se levanto sin dolor y comenzó a correr y saltar por toda la iglesia. Dedicó el resto de sus días a la Iglesia Pentecostal El Fin Se Acerca, componiendo y cantando canciones de corte religioso.
La Lupe, se casó tres veces, tuvo dos hijos,un varón y una hembra, Rene y Rainbow García, quienes llevan tiempo tratando de recuperar los derechos de autor y las regalías de su madre.
Lupe Victoria murió el 28 de Febrero de 1992, mientras dormía a los 53 años de edad en su pequeño apartamento del Bronx.
De ella quedan 25 álbumes, gratos recuerdos, un vasto anecdotario y una calle en Nueva York llamada La Lupe Way, en la 140 Este, entre las Avenidas St. Anns y Cypres.
Sus restos reposan en el Saint Raymond Cementery en Nueva York, bajo una lápida, cubierta de flores y cartas, que dice:  Lupe Yoli (La Lupe) Recuerdo de tus hijos y admiradores. Mi Dios me lo ha dado todo. 23- 12-1939 ---- 28- 02- 1992.
La Lupe fue una cantante completa, capaz de interpretar con soltura varios géneros musicales. Atacaba con gracia la guaracha y el guagunaco, pero donde mejor se apreciaban sus dotes era en los boleros.  Con su voz cálida, melodiosa, rica en matices llenaba los espacios donde actuaba, despertando sentimientos encontrados en quienes la escuchaban. Su manera tan peculiar de interpretar los boleros llegaba al alma. Sus boleros eran una mezcla de dolor y amor, de reclamo y suplica. Su canto era meloso, pegajoso pero a la vez acariciante. Fraseaba con habilidad e imponía con su extraordinaria expresión corporal. 
Muchos dicen que La Lupe murió por falta de amor, otros que su corazón no aguantó tanto dolor, nosotros preferimos creer que murió como siempre vivió: a su manera. EFO.

viernes, 22 de julio de 2016



LOS AMORES


Los amores son  pedazos del corazón. Trozos del alma. Los amores son sentimientos que nacen al calor de deseos compartidos, de sueños comunes, de mutuos intereses. Los amores crecen dentro de nosotros, casi sin darnos cuenta, a veces sin que lo queramos. Los amores copan nuestros espacios, llenándonos de emociones, cubriéndonos de sensaciones. Los amores se tienen y se desean. Los primeros se viven entre dos. Los compartimos. Los segundos nos pertenecen a nosotros solos. Son como cartas nunca leídas por su destinatario. Con los amores, con esos dos amores, los Tenidos y los Deseados, llenamos nuestras vidas. EFO


LOS TENIDOS 


Los amores que hemos tenido, que hemos vivido, que hemos compartido son jirones de vida que  creemos haber dejado abandonados a la vera del camino. Los amores que vivimos, esos que nos hicieron temblar de emoción al solo aliento de un nombre. Esos que nos embotaron los sentidos, que nos marcaron como única ruta la senda del ser amado, esos amores no nos abandonan nunca. Siempre viven en nosotros. Están en nuestros recuerdos. Moran en nuestra mente. Son como pasajeros con los cuales compartimos un viaje, un destino. Siempre están presentes, aunque no los estemos viviendo. Están allí escondidos, camuflados. Basta el olor de un perfume, el color de unos ojos, el cascabel de una risa para que se avive su recuerdo. Para que se hagan presente, para que renazcan de nuevo. Esos amores, los tenidos, son inolvidables. No los podemos desterrar. No los queremos olvidar. Son imposibles de extrañar. Esos amores nos asaltan cuando menos lo pensamos, cuando menos lo esperamos. Llegan envueltos en el aire, cubiertos con la noche. Al abrigo de las sombras. De cara al sol. Confundidos con la lluvia. Y cuando lo hacen se quedan por un tiempo, largo o corto, no importa, se quedan. Ocupan su propio espacio invitándonos a evocar situaciones vividas. Haciéndonos recordar lugares y épocas, donde compartimos algo más que un beso, que una caricia, que un te quiero. Vuelven para hacernos soñar de nuevo. Para acariciarnos con la olvidada tersura de una piel, con el roce de unos labios, con el mordisco del deseo, con el desenfreno de la pasión. Esos amores, los tenidos, siempre están allí. Acompañándonos. Vigilando nuestros pasos, adosados a nuestros cuerpos como una sombra. Son indivisibles de nosotros. Su existencia no se negocia. Viven por derecho propio. Porque alguna vez, por siempre cercana, fueron lo más importante. Coparon todo el ámbito de nuestra existencia. Eran nuestro único objeto y razón de ser. Nos inundaron de pasión. Nos embelesaron el alma. Nos subyugaron con su encanto. Esos amores, los tenidos, todos ellos, siempre serán nuestros amores, los que tenemos, los que queremos, los que sentimos, los que no olvidaremos. Porque esos amores somos nosotros... nosotros mismos. EFO.


LOS DESEADOS 


Son los que queremos tener. Esos que nos hacen soñar. Que nos despiertan de noche, que se adueñan de nuestras fantasías, que nos amarran a una visión. Son amores que queremos y no tenemos. Son los que deseamos inspirar. Los que queremos que nos correspondan. Los que forman parte de nuestras apetencias más intimas. Esos amores nos envenenan el alma, nos acosan. Esos amores son imposibles de poseer. Esos amores se nutren de los sueños,  viven en las fotografías,  en los compases de una melodía, en el cerrar de la noche, en el despertar de los días, en los colores de un arcoiris. Esos amores acarician como la brisa. Mojan como la lluvia. Rasguñan como el frío. Cortan como una navaja. Matan como un flechazo. Esos amores están dentro de nosotros. Algunas veces escondidos, otras manifiestos. Esos amores son siempre perseguidos y nunca alcanzados. Son huidizos. Esos amores nos atenazan el corazón. Nos cortan la respiración. Encabritan nuestros sentidos. Esos amores se hacen obsesivos. Se vuelven posesivos. Esos amores nacen de una mirada. Del taconeo de unos zapatos al cruzar una esquina. De un visaje del rostro. De un parpadeo de ojos. De un cimbrear de cintura. De la visión de un cuerpo palpitante. De una ráfaga de pelo hiriendo el aire. Esos amores se quedan en nuestros recuerdos. Esos amores pueden ser muchos, pero también puede ser uno solo. Esos amores viven ocultos de la persona amada. Son desconocidos por ella. No forman parte de sus pensamientos. No están en la esfera de su conocimiento. Esos amores, a veces, son distantes. Existen en tiempos y espacios remotos.  Esos amores forman parte de nuestras vidas y  mueren con nosotros. Esos amores, los deseados, son amores sentidos, largamente acariciados, siempre apetecidos, pero nunca consumados. EFO.

EL ESPEJO

Desde hace algunos días cada vez que me asomo al espejo siento como si alguien me mirara. Es una sensación extraña. Me parece que estoy siendo  observado, escudriñado, espiado. Se que hay otra realidad allende el vidrio. Detrás del espejo hay algo que me mira. Me detalla. Me devuelve una imagen distinta de mi. Me dice lo que soy en realidad. Esa imagen, que veo o que creo ver, refleja mi peor lado. Ese que mantengo oculto. El que no le enseño a nadie. El que disimulo, el que escondo. Esa imagen es una copia exacta de mi. Hay veces que aparece oscura, casi negra. En esos momentos me revela la maldad que anida en mi alma. Mis mezquindades, mis egoísmos, mis deseos malsanos. Cada vez que una nueva mácula aparece siento que es copia fiel de un pecado cometido. Cada vez que muestra una nueva arruga se que es la marca de una acción vil. Hay momentos en que se cubre de una patina roja, dejando traslucir mis pasiones, mis deseos, mis apetencias, mi insaciable sed de lujuria, de placer. En otras ocasiones es borrosa, difuminada, desvaída, mostrándome mis indecisiones, mis temores, mis angustias, mis miedos. Esa visión me asusta. Me atemoriza. Cuando aparece instintivamente me retiro del espejo. Vuelvo la cara. Le doy la espalda. Todavía no he reunido el suficiente valor para enfrentar lo que me muestra, lo que me dice. Hay días, mañanas más bien, en que al asomarme al espejo este se tiñe de azul, enseñándome lo bueno que hay en mi. La felicidad que he dado a otros. La bondad de mi accionar. Lo beatifico de mi conducta. Pero ese color pronto desparece para dar espacio a un gris borroso, ceniciento, que me muestra lo que puede haber hecho y no hice. Lo que empecé y no concluí. Mi abulia, mi falta de voluntad. Mi ausencia de carácter. 
Hay noches que no quiero verme en el espejo. Temo que me recuerde lo malo que hice ayer. Que denuncie mi pecado más reciente. Que me eche en cara mi conducta. Cuando eso sucede me arrepiento, hago contrición y prometo no volver a pecar.  Pero pronto olvido lo prometido y vuelvo a caer. Hay momentos en que me siento optimista, y me acerco sin temores, resuelto a enfrentar mi realidad. El espejo se viste de colores y me pasea por mi existencia, la presente y la pasada. Es como un libro abierto, como un registro. Poco a poco el espejo se ha convertido en un vicio, en una obsesión recurrente. En algo aditivo que me obliga a mirarlo. A veces he pensado en destruirlo, en romperlo en mil pedazos. Pero no me atrevo. Tengo miedo de hacerlo, pues temo quedarme sin mi falsa conciencia, sin que nada me paute. Siento que se ha transformado en una especie de oráculo, de mensajero del futuro. Predice lo que seré si persevero en determinada conducta. De algún modo me señala el camino a seguir. Al contraponer mis acciones, me indica cual será el resultado, cual será el Saldo, entre el Debe y el Haber de mi vida.
No se como termine esto. Me niego a ser gobernado por un ente distinto a mi mismo, pero siento que he cedido a mi adicción, que soy su esclavo. No se si al final me decida a destruirlo, y lo haga, o más bien sea  el que me destruya a mi, pero si de una cosa estoy seguro es que alguien debe enseñar a los espejos a mentir. EFO.

sábado, 16 de julio de 2016




LOS FANTASMAS

Anoche, al cerrar la puerta, sentí que algo la traspuso. Al atardecer, al abrir el armario, me golpeó el hálito de un vaho. Hace días que siento una presencia extraña, difusa, intangible. Es como si alguien me hiciera compañía. Estuviera cerca de mi, amarrado a mi sombra. Es una sensación rara, incomoda. Es sentirse acosado, involuntariamente acompañado, sospechosamente  vigilado. Es una presencia de algo, o de alguien, que aún no he logrado definir. Es un fantasma que se aparece cuando menos lo espero y desparece cuando más no quiero.
Los fantasmas son problemas no resueltos. Enigmas nunca descifrados. Acertijos en busca de solución. Los fantasmas viven dentro de los escaparates, debajo de las camas, detrás de las puertas, dentro de las gavetas, a la orilla de los caminos, a los pies de los árboles, en las aguas de los ríos, en las cuerdas de los ahorcados, en los cuchillos de los asesinos, en los calderos de las brujas, en el aleteo de los murciélagos, en los ayes de dolor, en las lagrimas no vertidas, en los ojos muertos de los muertos, en los labios secos de las monjas, en las noches sin luna, en las lápidas de los cementerios. Los fantasmas viven dentro de nosotros. Pegados a nuestros recuerdos, claveteados a nuestros deseos. Los fantasmas se nutren de nuestro pasado. Comparten nuestro presente y conspiran en contra de nuestro futuro. Cada uno de nosotros tiene sus propios fantasmas. Los fabricamos con miedo y  alimentamos con dolor.  
Hay fantasmas que hemos concebido pero que  aún no conocemos. Los que nunca hemos sentido. Nacen de la huella de un beso que olvidamos en la boca de alguien. De las miradas de otros que encerramos con nuestros ojos. De la angustia de un te quiero no correspondido. Son fantasmas que creamos con nuestras acciones, con nuestras omisiones, con nuestros deseos. Esos fantasmas, que estamos por conocer, crecen dentro de nosotros, alimentándose de nuestras pasiones. Hay fantasmas que nacieron en otra gente. Esos fantasmas invaden nuestras propia esencia, nos permean, nos hacen coparticipes de situaciones, de hechos, de circunstancias que no nos pertenecen, pero que nos afectan. Esos fantasmas se convierten en propios. Hay fantasmas del pasado. Hay fantasmas del presente. Los primero viajan en el carro de los recuerdos. Los segundos viven nuestro día a día.  Hay fantasmas antiguos, muy antiguos, que pasan de generación en generación. Son entes que fueron creados hace mucho tiempo y que han subsistido hasta hoy. Esos permanecen sin cambios. Sin mutar. Ellos regresan de épocas remotas para atormentarnos. Para hacernos pagar por pecados que no cometimos. Esos fantasmas son una herencia indeseable, que nos fue impuesta, que no queremos pero que tenemos que aceptar. Nosotros, todos, también somos fantasmas o algún día lo seremos de otros. EFO.

viernes, 15 de julio de 2016


EL TREN DE LA VIDA.

Me asomé a la ventanilla y no pude ver nada. Hay días en que me asomo y distingo muchas cosas: veo rostros conocidos, del pasado y del presente, lugares familiares, que visito o que visité en otro tiempo.  Soy viajero en este tren de la vida, que comparto con muchas otras personas. Unas ya se bajaron. Se quedaron en las estaciones o en un recodo del camino. Algunas para siempre, otras esperando volver a subir en una próxima parada. El tren siempre se desliza por su vía, recorriendo su camino. Se desplaza a una velocidad variable: unas veces lo hace lentamente otras muy rápido. Su velocidad viene dada por la dificultad del camino que recorre. En trochas empinadas, cuando todo es difícil, su andar es lento, fatigoso, se le dificulta avanzar. Cuesta abajo se desliza raudo, rápido. Yo compré mi pasaje hace un poco más de medio siglo y desde entonces  viajo en ruta a un final que cada día se hace más próximo. Yo compré, al igual que el resto de los pasajeros, un viaje de ida. Mi boleto no tiene regreso. Cuando compré no sabía cuanto iba a durar el viaje. Ni como sería. Hoy, con casi el setenta por ciento de la ruta cubierta  pienso que he viajado poco, cuando en realidad ha sido mucho. No se como termine mi travesía, ni cuando lo haga, me conforto pensado que no será todavía y espero que el final se retrase. Pero eso no lo decido yo, pese a ser el conductor. Yo no trazé la ruta, ni fijé la fecha, ni puse condiciones de termino. El viaje acaba cuando el tren se pare y puede hacerlo en cualquier momento, a cualquier hora, en cualquier lugar. Algunas veces he acariciado la idea de bajarme del tren lanzándome por una de las ventanillas, pero siempre la desecho. En mis ratos de ocio, que ahora son muchos, sueño con que puedo echar marcha atrás, y volver a empezar, pero eso es una utopía, no pasa de ser un deseo. La realidad es que soy prisionero en este tren y no me es dado ni bajarme, ni devolverme. A ratos, cuando el tren se detiene en cualquier estación, veo rostros familiares, de gente conocida que me miran expectantes y veo rostros desconocidos, de gente extraña, que me asaetean con su curiosidad.  Unos y otros pareciera que quisieran preguntarme por mi viaje, pero no se atreven. Yo también quisiera preguntarles en donde me encuentro, si falta mucho para que se detenga el tren o si esa parada es la ultima, pero no me atrevo. Me da miedo que me respondan, que me digan lo que no quiero saber. Alimento la caldera y reanudo la marcha. El tren tiene varios vagones. En algunos he pasado mucho tiempo, en otros poco. En algunos he pasado buenos ratos, en otros malos. No puedo detener el tren, pero si puedo cambiar de vía, tomar otro rumbo, pero siempre hacia el mismo destino final. Hay trenes cuyos conductores cambiaron de vía para mal, otros lo hicieron para bien, pero al final todos llegaron al mismo sitio. A veces es necesario cambiar, explorar nuevas rutas, abandonar el camino trazado. Podemos cambiar de vía, pero no podemos cambiar de tren. El tren de la vida es un expreso en ruta hacia la nada, pues al final nada somos y en nada nos convertiremos.  EFO.