jueves, 8 de febrero de 2018





EN PRUEBA DE AMOR


Más que un contacto fugaz, un roce inesperado o una presión sostenida un beso es una caricia que amalgama labios,  cuerpo,  mente y espíritu.
En un beso priva el próposito. Los amigos se besan al encontrarse o despedirse. Los besos de amistad son muestras de afecto que no conllevan ninguna otra intención. Los hay también como señal de galantería. Un caballero besara la mano de una dama mostrándole así su respeto, admiración o como un simple gesto de cortesía. Este tipo de besos también se estilaba -ya no- evidenciando sumisión ante una autoridad. Se besaba la mano de los Reyes y de los dignatarios eclesiásticos.
Nadie sabe exactamente cuando, como y donde se institucionalizo el beso, pero lo cierto es que de todas sus manifestaciones el beso de amor es el más universal y sentido. El beso de amor, sin entrar en sus distintas modalidades, que van desde el dulce, tierno hasta el apasionado, mordelón, se usa para expresar toda una gama de sentimientos, de emociones, de sensaciones
Hay besos fingidos, que hieren como una daga. Esos besos son engañadores, falsos y sirven para enmascarar sentimientos. Los hay comprados. Por ellos se paga, con dinero, o con favores. Hay besos  lastima, generalmente se entregan por conmiseración, son como una especie de penitencia. Existen los de despecho que sirven para "borrar de los labios la huella de otros besos que no tendremos  nunca más". El beso de una madre es la más tierna de las caricias que puede recibir un ser humano. Es una muestra del amor verdadero, puro, desinteresado. Los besos se dan voluntariamente, sin que medie presión alguna para obtenerlos, pero también se pueden robar. Los besos robados son sabrosos, pese a no ser correspondidos. Los besos traicioneros son preludio de una deslealtad. (Judas dix.) Hay quienes se besan tras un acuerdo, para sellar un pacto.El beso de paz dirime los conflictos, pone fin a las hostilidades. 
Los besos de amor, aplicados diestramente, en ciertas partes del cuerpo de la persona amada despiertan en ella toda una gama de sensualidades. Los hindúes nos dejaron un texto descriptivo de las distintas técnicas amatorias, El Kamasutra, que dedica un capitulo entero al beso, clasificándolo así: Beso de lado, Beso inclinado, Beso directo, Beso de presión, Beso superior, Beso broche, Beso palpitante, Beso contacto, Beso para encender la llama, Beso para distraer, Beso nominal, Beso en las pestañas, Beso en un dedo, Beso para despertar, y Beso para demostrar.
Pero más allá de la metodología y de cualquier clasificación el beso como manifestación de amor, es un acto mediante el cual transmitimos lo mejor que guardamos dentro de nosotros. Es una ofrenda que damos y recibimos, para y de el ser amado, como muestra del sentimiento que compartimos. Esa comunión, que se consuma en la apasionada unión de los labios, solo se da cuando entre dos personas existe un vinculo que los ata con lazos invisibles, que los cohesiona, que los unifica.
El primer beso es un despertar. El ultimo un sueño. Ambos son un regalo de los Dioses. El primero lo da Cupido, el último Perséfone. EFO.


lunes, 5 de febrero de 2018




 LOS ADIOSES


Decir adios no siempre es decir hasta luego. Hay adioses totales, rotundos, que marcan distancias abismales, imposibles de superar. Esos adioses se quedan con nosotros, no se van con quien se despide. Esos adioses son nuestros, completa y absolutamente nuestros. Esos adioses vienen precedidos de lagrimas, de tristeza, de rabia, de desencanto. Cuando los escuchamos sabemos que son los últimos, que después de ellos no habrá nada mas. Esos adioses desgarran el alma, rompen el corazón, desequilibran la mente.
Decir adios no siempre es decir nunca más. Hay adioses transitorios, pasajeros, que se pronuncian con la certeza de saber que no serán definitivos, que habrá un nuevo encuentro, que nos volveremos a ver. Esos adioses vienen precedidos de risas, de frases cariñosas, de gestos amables. Esos, nos contentan, nos reconfortan, nos ayudan a mantenernos vivos.
Hay adioses que queremos, que deseamos, que esperamos con ansias. Esos los marca el hastío, el cansancio, las ganas de no seguir, el deseo de no volver.
Hay adioses que tememos, que no queremos escuchar, que tratamos de evitar. Esos adioses son odiados, nunca deseados, siempre postergados. Esos adioses vienen precedidos de resentimientos, de dudas, de angustia, de medias verdades, de verdades absolutas. Esos adioses significan siempre no. A esos adioses le tememos, pues sabemos que nos causaran pesar, que nos abrirán una herida, que nos romperán el corazón.
Hay adioses que nos colman de esperanza, pues dejan abierta la puerta para un regreso, para un rencuentro. Esos adioses nos llenan de dulces sentimientos, pero también de razonables dudas. Nos dejan pensando si la promesa que encierran se hará realidad. Esos adioses nos confunden pues nos inquietan, a la par que nos alientan. Esos adioses se convierten, por algún tiempo, o para siempre, en una gran interrogante.
Decir adios  no siempre es  decir una palabra. Detrás de cada adios hay una intención, una afirmación, una promesa, un deseo. La palabra adios  es querida, es deseada, es esperada. La palabra adios, hiere, asusta, angustia, mata. La palabra adios marca un antes y un después. Un hoy y un mañana. Un pasado y un porvenir, pero la palabra adios no siempre es sinónimo de partida, como hola no lo es de llegada. Hola es un adios, esperando turno para despedirse.  EFO.

domingo, 4 de febrero de 2018



EL NEGOCIO DE LA LUNA


Anoche comencé a guardar rayos de luna. Era algo que quería hacer desde hace tiempo. Los del sol nunca me han interesado. En principio los metí en una caja negra, así evito que transparenten o reflejen y nadie se de cuenta que los guardo. Más adelante los cambiaré a otro sitio más seguro. La idea es conservarlos, pues creo firmemente que con el tiempo llegaran a tener un gran valor. La luna, y todo lo que tiene que ver con ella, siempre ha despertado la codicia de los hombres. Los rayos de luna están hechos de plata, razón por la cual muchos los atesoran. La luna es una Diosa tránshumante. Diariamente viaja por el cielo, en un argentado carro, tirado por dos caballos blancos, pero antes se baña en el mar y es allí, en el mar, donde  se puede recoger la mayor cantidad de rayos lunares. Recolectarlos es fácil pues son fríos, no queman como los de el Sol, lo cual facilita su captura y posterior traslado. La luna, Selene, en la mitología griega, es sempiterna amante. Se enamoró del pastor Endimon, a quien vio dormido en una cueva. No pudo resistir la tentación y lo despertó con un beso. El hombre fue incapaz de sustraerse a su embrujo y le juró amor eterno. La Diosa solicitó a Zeús que le concediera al pastor la facultad de decidir su propio destino, a lo cual accedió el Crónida. Endimon pidió  conservarse joven eternamente y para lograrlo no debía despertar de su sueño, el cual haría con los ojos abiertos y así poder ver a su amada. Endimón y Selene procrearon 50 hijos.
Para algunos es una diosa bondadosa, para otros encarna al mal, al que oculta bajo su hermosa apariencia.
Selene viaja a lugares ignotos. Descubre amores ocultos, enciende pasiones, devela misterios,  tiñe de plata la sangre derramada. A su voluntad  suben las mareas y por su maleficio algunos hombres  se convierten en fieras terribles, en lobos feroces. Selene visita al cautivo en su celda, exacerba al loco, incita al pecado, calma al idiota. Son muchos los que se han enamorado de la luna y no pocos quienes han perdido la razón por ella. Selene es mutante. Durante su periplo anual cambia de forma varias veces. Primero es Luna Nueva, luego Cuarto Creciente, después  Luna Llena, más tarde se transforma en Cuarto Menguante para finalmente retomar su forma de Luna Nueva. La Diosa Luna es inmortal. Ha existido desde el principio de todos los tiempos.  Ella ejerce una atracción que cautiva, fascina, hechiza y es muy difícil, por no decir imposible, escapar al sortilegio que emana de su presencia.
En mi caso particular debo confesar que nunca me he sentido atraído por Selene. Mi interés en ella es meramente comercial, crematístico,  como ya he dejado sentado, pero no por ello desestimo su belleza. 
Dicen que la mayoría de sus amantes comenzaron recolectando rayos lunares, pues pensaban que eso era un buen negocio.   EFO.

jueves, 25 de enero de 2018



EL NEGRO SUDARIO



Sin querer despedirse el día avanza. Se transfigura en ocaso. Apaga su farol. Se  pinta de colores. Se prepara para dar paso a su diario relevo. Se aproxima la hora de las verdades rotundas. En las almas de los penitentes se corre el velo. Se apagan las luces. Aparecen las sombras.
Poco a poco cae la noche. La he visto venir, acercarse con sus pies alados, la he escuchado caminar, con sus pasos oscuros. He sentido la presencia de su cuerpo ingrávido, que todo lo toca,  que todo lo ve. Hace rato que desplegó su ejercito de sombras. De formas que se transmutan, que cambian que se mimetizan. De compañeras inseparables de los cuerpos, de carceleras impenitentes de las almas. Sigilosas, una tras otra se alinean, forman filas, se preparan para luego quedarse quietas, inmóviles, expectantes.
Las sombras son negros sudarios que todo lo cubren, que todo lo tapan, que todo lo velan. Las sombras de la noche se repliegan a la luz del sol. Las sombras del alma no se van nunca. Esas nacen de las pasiones, se alimentan de malos recuerdos, de dudas, de deseos, de envidia. Viven en lo más profundo de los pensamientos. Anidan en los corazones, ennegreciendo los sentimientos.
Hay sombras de odio, de dolor, de despecho, de resentimiento, de angustia, de celos. Cada una de ellas corresponde a un hecho determinado, a una situación dada, a un evento perturbador. Van creciendo arropadas con el tiempo, alimentadas por la pasión que les dio origen, anidadas en el alma, estacionadas en la mente. Esas sombras habitan en nosotros, viven en lo más recóndito de nuestro ser, coexistiendo con lo peor que tenemos, con lo peor que somos. Son entes bajos, subordinados, abyectos. Las sombras no tienen edad, no conocen de tiempo. Hay sombras del pasado que viven en el presente y las hay de este que se proyectan al futuro.
La noche, gran celestina, inefable encubridora, es partera de sombras. Cubierto con ellas el asesino mata, los cuerpos se juntan, el cobarde traiciona, el enamorado besa. Bajo su velo se han gestado grandes hazañas, se han tendido arteras emboscadas, se ha jurado amor eterno.  
Yo al igual que la noche diariamente despliego mi ejercito de sombras. Selecciono a cada una de ellas. Las escojo entre las que más daño me hicieron, entre aquellas con las que más daño hice. Las desnudo, las expongo. Dejo que revelen su lado oscuro, ese lado al que temo, el que siempre escondo, el que nunca muestro. Descubiertas, al descampado, sin mortaja que las cubra, mis sombras, las de odio, las de desamor, las de envidia, las de vanidad se ven obligadas a mostrarse tal cual son. Las miro. Las cuestiono, y finalmente las perdono y con ello me redimo y empiezo a vivir de nuevo.
Con la luz del día las sombras de la noche se desvanecen. Con la luz del perdón las sombras del alma se difuminan.  EFO.


miércoles, 24 de enero de 2018




EL VIAJE


Comencé a andar. Sin despedirme, sin decirle adios a nadie, sin equipaje, sin más compañía que yo mismo empecé a marcar los pasos. Y uno tras otro, sumando huellas, pisoteando caminos me fui alejando. Ayer partí. No se a donde voy. En realidad no tengo un plan predeterminado, ni tampoco un destino cierto. Simplemente camino. Tampoco se por qué me fui. No soy un proscrito. No he sido desterrando, ni expulsado de ninguna parte. Dejar todo atrás, irse, abandonar lo que hasta ayer era cotidiano, es una decisión que se toma cuando colocado en una encrucijada te ves obligado a escoger. Y eso fue lo que hice: decidí, escogí. Me fui por propia voluntad. Abandoné casa, tierra, cielo, sin que nadie me lo pidiera, sin que nadie influyera en mi . No soy un peregrino, pues no aspiro llegar a ninguna parte, ni pago promesa alguna. No soy un viajero, porque no tengo destino. Simplemente soy un caminante, alguien que consume tiempo, que agota rutas, que holla senderos. Soy un caminante que no  tiene tiempo ni hora. Marcho sin brújula, sin reloj, sin mapa. Me detengo cuando, cansado de caminar, deba descansar, hacer un alto para reponer fuerzas. A lo largo del camino veo caras extrañas, escucho voces desconocidas. A veces no se donde estoy, pese a que algunos paisajes me son familiares, pero eso no me perturba, no me inquieta. Mi única ambición es caminar, marcar distancia, otear el horizonte, avanzar.
Cuando me pregunto que me impulsa, porque hago esto, a donde quiero llegar, me respondo: desde siempre quise hacerlo, de niño envidiaba el vuelo de las aves, al garete, atravesando nubes, cubriendo distancias, espiaba el viaje de las hormigas, incansables, tenaces, me extasiaba con las cambiantes figuras que en el agua dibujan los cardumenes de peces, veloces, plateados. Siempre quise sentirme dueño de mi destino, libre, sin ataduras, capaz de decidir.
Quizás me detenga algún día. Y ese día puede ser hoy, o mañana o no llegar nunca. Quizás lo haga cuando encuentre lo que busco, pero para ello debo primero saber que estoy buscando, que quiero, que necesito, que espero conseguir. Mi viaje también es hacia dentro, hacia el interior de mi mismo.
Cuando se viaja hacia adentro el camino se torna áspero, duro, espinoso. Es hacer introspección, echar marcha atrás, recordar lo que queremos olvidar. Es pararse en el presente, y ver que somos, que estamos haciendo. Es proyectarse e imaginar lo deseado, lo que aspiramos lograr, lo que necesitamos tener. Ese viaje, el interno, es el más difícil de realizar porque para hacerlo necesitamos primero romper con todo lo que nos ata, soltar las amarras, partir, caminar. Y en eso estoy. Camino afuera para llegar adentro...  EFO

lunes, 4 de diciembre de 2017



  EPISTOLA IN CARENTIS AFFECTUS
    ( Carta modelo para parejas disfuncionales)


Después de viente años, reuní el valor suficiente, y leí tu carta. Lo hice despacio, sin prisa, dándome tiempo para  analizarla. La repasé una y otra vez y al final concluí que todo sería igual, que nada habría cambiado si la hubiera leído antes. Tu carta no me dijo nada nuevo. Nada que yo no supiera. Nada que no presintiera. En tu carta ratificabas lo que ya intuía: que no tenías el valor suficiente para enfrentar la realidad que nos avasallaba. Y ahora entiendo el por qué de muchas cosas. Ahora puedo descifrar tus interminables silencios. Tus inexplicables ausencias. Tu permanente falta de atención. Tu poco cuidado en el manejo de las situaciones que nos eran propias. Ahora se, a ciencia cierta, que fue un error irreparable haber intentando aunar voluntades en busca de lo que creíamos sería un bien común. Al fin me di cuenta que nunca nada nos unió, muy por el contrario, todo siempre nos separó. Y ahora colocado a distancia puedo ver con claridad que ni tu ni yo tuvimos culpa de lo que ocurrió, pues eso fue la consecuencia lógica de una cadena de desaciertos que indefectiblemente nos condujeron a ese final. De tu carta solo una cosa debo reprocharte: la notable falta de mesura. No es un análisis meditado. No sopesas adecuadamente los hechos. Luces apresurada, ansiosa, impaciente por terminar, por pasar la página, por cerrar el capitulo. Ni siquiera fuiste capaz de dar una explicación convincente. No hay detalles. Tu carta es una lamentable ausencia de todo. Quizás te hubiera resultado más fácil no escribirla. Dejar la hoja en blanco y solo poner un punto. Un punto final. Con eso hubiera bastado y yo lo entendería. Con solamente ese punto me hubieras ahorrado la incertidumbre, de imaginar lo que dirías. Me hubieras ahorrado veinte años de dudas.
Al leerla pensé hacer publica mi respuesta, pero al instante deseché la idea. De hacerlo estaría obligado a decir lo que realmente sucedió, lo que nunca quisiste escuchar: La verdad; pero ya es tarde para eso. Ahora nada tiene sentido. Entre tu realidad y la mía, entre tu vida y la mía media un tiempo de ausencia, de silencio, de resentimiento.  Ni siquiera voy a tomarme la molestia de explicar lo que dices en tu carta, ni volver  a contar  nuestra historia  fallida, me contentaré con saber que ya todo terminó, que después de casi un cuarto de siglo, puedo estar tranquilo, tranquilo de conciencia, pues al final entendí que se acabó, que ya no quedan ni recuerdos de ese pasado inconcluso que, quieras o no, nos marcó la vida. Ahí dejo tu carta. La guardo en el cofrecito azul donde todos saben que guardo las cosas importantes. Quizás cuando muera, uno de nuestros hijos la encuentre por casualidad y la lea. Ruega a Dios que eso no pase pues de ocurrir al fin se sabrá lo que con tanto esmero te empeñaste en ocultar: Nada.  EFO.

PD. Nunca lograste corregir tus errores ortográficos. Jamás aprendiste a escribir.

domingo, 19 de noviembre de 2017





LA DIARIA AUSENCIA


Aquellos días en que era rehén de tu mirada, esclavo de tus besos, gavilán de tus manos. Aquellos días en que despertar era querer volver a dormir para seguir soñando contigo. Aquellos días en que solo el eco de tu voz marcaba distancia entre nosotros. Aquellos días en que tu risa trotaba por mi cuerpo, asustándolo. Aquellos días en que en vez de dos eramos uno, en que verte era el único deseo, la única ilusión. Aquellos días en que enmudecía mi voz al conjuro de la tuya. Aquellos días en que adivinaba tus pasos, intuyendo tu presencia. Aquellos días, esos días, ya no volverán. Se fueron sin despedirse. Sin dejar que presintiéramos su partida. Se fueron sin proponérselo, sin desearlo. Sencillamente se fueron. 


Aquellos días en que el mundo era todo azul como la paz,  todo verde, como la esperanza, todo rojo como la pasión. Aquellos días en que el hambre era un esqueleto de papel, la guerra un fantasma lejano y la muerte una vieja desconocida. Aquellos días en que amanecer era comenzar un día cualquiera, sin desear que pasará, en que anochecer era ver pintar estrellas en el cielo y no la negra tortura de tener que seguir viviendo. Aquellos días en que el mar, a fuerza de ser azul, se convertía en cielo en lontanaza. Aquellos días en que ilusos pensábamos que nada cambiaría, que todo seguiría igual.  Aquellos días, esos días, ya no volverán. Se fueron sin despedirse. Sin dejar que presintiéramos su partida. Se fueron sin proponérselo, sin desearlo. Sencillamente se fueron.


Aquellos días en que orbitabámos el pecado, jugando los juegos prohibidos a la sombra del ocaso. Aquellos días en que perseguíamos al viento montados en una nube. Aquellos días en que ser niño era jugar a ser hombre, haciéndole carantoñas a la vida. Aquellos días en que la escuela era una cárcel y la maestra una bella carcelera, pero carcelera al fin. Aquellos días en que un Dios nos anatemizaba y un Diablo nos seducía. Aquellos días en que no contaba el mañana, el pasado no existía y el presente era una hermosa realidad. Aquellos días, esos días, ya no volverán. Se fueron sin despedirse. Sin dejar que presintiéramos su partida. Se fueron sin proponerselo, sin desearlo. Sencillamente se fueron.
Aquellos días... esos días son ahora la diaria ausencia.  EFO.