miércoles, 16 de mayo de 2012



EL NECESARIO TENER


Y es que todo hombre ha de tener su noche y su día. Su risa y su llanto. Su presente y su pasado. Todo hombre ha de tener su vida y su muerte. Su alborada y su ocaso. Sus ilusiones y sus desengaños. Sus amores y sus olvidos. Sus duelos y sus contentos. Sus luces y sus sombras. Sus éxitos y sus fracasos. Sus angustias y sus sosiegos. Sus farragosos dormires y sus placidos despertares. Sus sueños y sus vigilias. Su opulencia y su pobreza. Su dolor y su alegría. Todo hombre ha de tener una hora para llorar. Un espacio en su vida para vivir. Para sentir que todo se escapa. Que nada queda. Que en la fugacidad de las cosas está la esencia misma de la ansiada perdurabilidad. Ha de tener un pedazo de realidad a la cual aferrarse como ultima instancia y un trozo de fantasía donde refugiarse cuando la cotidianidad lo golpee con saña. Una isla donde naufragar. Un Díos a quien increpar. Un demonio a quien exorcizar. Un ángel en quien confiar. Un fantasma que lo asuste. Una utopía con la que soñar. Una fórmula para convertir. Un amigo con quien andar. Un crisol en el que fundir. Un conjuro que lo proteja. Una palabra mágica que lo salve. Un huerto donde sembrar. Una noche que lo arrope. Un día que lo desgaste. Un cántaro para beber. Una piel que besar. Una caja de recuerdos para guardar. Un candado para cerrar y una llave para abrir. Un monstruo para vencer. Un sueño que siempre lo visite. Una fosa profunda donde sepultar. Una nube para cabalgar. Todo hombre debe poseer una flor para oler. Una oración para musitar. Un Pegaso para volar. Un libro para leer. Unas cuentas que sacar. Unas deudas que cobrar. Un crédito que pagar. Un mapa que desplegar .Un odio que alimentar. Una ruta que seguir. Un espacio para ocupar. Un oráculo a quien consultar. Un relámpago de ira para domar. Un lecho para dormir. Un árbol para descansar. Un campo donde batallar. Un cuerpo doliente. Un alma sufriente. Un amor imposible. Un acorde que lo paralice. Un verso que lo transporte. Un recuerdo imborrable. Una esperanza latente. Un deseo insatisfecho. Un dolor profundo. Un cielo que ver. Un desierto que atravesar. Un mar que navegar. Un día para morir. Un tesoro que descubrir. Una luciérnaga que lo alumbre. Un niño que le sonría. Un báculo para apoyarse. Un espejo que lo refleje. Un juego que jugar. Una noche para llorar. Papel y lápiz para escribir. Y en el medio de todo eso un inmenso transitar que ocupe los espacios tediosos del día a día, del diario acontecer, del oprobioso vivir, del anunciado morir. EFO.






LOS AMURADOS   I


Los Amurados son prisioneros de sus circunstancias. El Drogadicto y El Borracho, levantaron con sus vicios sus propios muros. Otros llegaron a ellos por azar, como El Secuestrado. El Condenado hizo el suyo con esfuerzo propio, con los materiales que le proporcionó la falta que cometió, y La Monja lo fabricó por necesidad, para volver a encontrarse consigo misma.
El Viejo, El Loco, El Solitario, El Ciego y El Enfermo son víctimas de fuerzas poderosas que escapan a su control, que los colocaron frente a esas vallas; pero todos ellos están unidos por un hilo conductor, que los mantiene en ristra, ese hilo es el muro que los contiene.
Todos convivimos con un muro. Algunos lo tienen dentro, otros fuera. Unos lo edifican para mantener a otros afuera, mientras que otros lo hacen para mantenerse ellos adentro. Pero todos, óigase bien, todos somos Amurados; y esa condición, la de Amurado, no la conferimos nosotros, nos la da el muro que nos limita. EFO.

       



EL DROGADICTO

     
                                                                       
Apenas han pasado unas horas y ya siente en el estomago el picotazo de la angustia. Es lo más parecido a un mordisco, pero este, piensa, debe darlo una boca monstruosa que cubre toda su barriga. Es como si tuviese instalado cerca del ombligo un alicate gigantesco, que aprieta, aprieta y no deja de apretar. Sus manos buscan presurosas el timbre que cuelga cerca de su cama. Tras una breve escaramuza con las sábanas sus dedos lo aprisionan, lo pulsan con ansias. Como repuesta a su llamado una sombra blanca se recorta en el ovalo de la ventanilla que orada la puerta. El siente como lo mira, pareciera que lo espiará. Luego, al igual que llegó, se aleja, indiferente a sus gritos, sorda ante sus suplicas. Incansables, las manecillas trotan por la esfera, devorando segundos, persiguiendo minutos. Al fin se detienen en las tres. De nuevo la sombra ocupa el ovalo y en un parpadeo la siente próxima. El pinchazo de la aguja araña su brazo y poco a poco la laxitud se apodera de sus sentidos. La realidad se evapora, se volatiliza, fundiendo en una sola pieza tiempo y espacio. Estrenando sol se arrima al muro. Este es distinto a cualquier otro, a cualquier otra valla que separe ilusiones de realidades. Este es un muro que no circunda terrenos, ni marca distancia entre iguales. Es una pared cuya cara interior completa una habitación y su exterior es parte de la fachada. Esta formado por bloques de vidrio, de distintos colores, dispuestos simétricamente, uno sobre el otro, uno al lado del otro, constituyendo una unidad cromática que a veces sorprende por la simpleza de su belleza. Descubrió ese muro en su diario peregrinar por las distintas estancias que integran el pequeño hospital. Al traspasar un umbral fue fulminado por una colorida ráfaga de luz que le azotó el rostro. Asombrado, se detuvo a contemplar aquel universo de matices e inevitablemente atraído por su multiplicidad quedó atrapado en el. Y desde entonces lo visita cada vez que sus angustias se lo imponen. Herido de insomnio abandona la celda de su cuarto, y al abrir la mañana, el sol tropieza con su cuerpo fusionándolo a la pared, pigmentándolo, de rojo, verde, azul, amarillo y blanco, pintando con él un cuadro de gran formato en el que juguetean los colores, con su pelo, piernas, torso y brazos. Este muro es totalmente ascético, No tiene matas que lo adornen, animales que lo caminen, ni hongos que lo parasiten. No tiene ranuras, ni rugosidades.No es húmedo. Es seco. No transmite ningún sonido, pero atrae, embruja, fascina, posee, hechiza, domina. Es aditivo. Se hace recurrente. Crea necesidad, dependencia. Y por eso está él allí. Lo llevaron una tarde cuando ya no pudo resistirse al sortilegio de su adicción. Lo llevó su familia, o mejor dicho la que alguna vez fue su familia, pues la droga acabó con ella al minar las bases de la relación que los unía. Y desde ese día, hace ya un mes, está lidiando con la obligada abstinencia que le produce vómitos, diarreas, fiebres, nauseas, insomnio, ansiedad, fatiga, irritabilidad, agitación y ese maldito sudor frío que corretea por su cuerpo, asustándolo, pues parece que le sorbiera la vida. Frente al muro derrocha su tiempo, dejando que la luz que filtra lo empape de su arco iris. Este baño de color tiene mucho que ver con la hora del día. Al despuntar la mañana, el sol al chocar contra la pared, arranca jirones de luz a los bloques azules, confiriéndole tranquilidad, reposo. Al mediodía prevale el amarillo convirtiéndolo en un ser activo, dinámico. A mediados de la tarde cuando los rayos solares tocan los bloques verdes se muestra a la defensiva, alerta y cuando alcanzan los rojos se dispone al ataque, a la agresión. El muro se ha convertido en una obsesión. A el llega cuando se siente alterado, en busca de sosiego. A el se abraza en vano intento de robarle la energía cuando la fatiga entumece brazos y piernas. Al pie del muro yace como un animal en acecho y al muro ataca con furia, con rabia cuando la necesidad de droga lo posee como un espíritu satánico. En el muro exorciza a sus demonios. En el muro se encuentra con su Dios. Es el muro su consuelo y desesperanza. Su día transcurre entre la obligada rutina del Sanatorio que ata sus deseos y la necesidad apremiante de postrarse ante la mole. Cualquiera pensaría que esta nueva adicción ha remplazado a la anterior, pero no es así. En realidad conviven ambas en el cajón de su mente, prisioneras en un cuerpo que se niega a dejarlas ir. En las noches, cuando los diablos secuestran su psiquis y lo asalta un deseo incontenible de satisfacer su vicio, es cuando más intensamente siente el mordisco en su estomago, cuando está más irritable, más inquieto. Entonces grita, aúlla, liberando la pesada carga que lo agobia, drenando los humores de su desesperación. Es la hora del sobresalto, del vacío, del encuentro consigo mismo, del choque con esa realidad que no puede evadir, que lo avasalla, que se le hace presente. Y es también la hora en que acude presuroso al muro, que lo espera silente, frío, ausente. Ante él se postra en muda reverencia, rindiendo vasallaje a su Señor de vidrio. En él se estampa, intentando traspasar su estructura, mimetizarse con ella, adentrarse en ese universo de colores, de tonos, de formas. Es en esa hora cuando siente que él y el muro son uno, pues entre ambos se tejió un lazo invisible que los mantiene unidos. Es entonces cuando toma conciencia que hoy, mañana y quizás por lo que le reste de vida será un amurado. EFO.












EL ENFERMO


                                                                                               
Todo empezó un día, temprano al levantarse, cuando notó en su mano derecha una mancha mas clara que el color de su piel. Extrañado la palpó y más extrañado quedó al no sentir nada. Era como si hubiese perdido algo, como si de pronto la sangre no circulara por su dedo, pues no percibía repuesta alguna. Asustado, separó el dedo de la mancha y lo posó sobre su nariz. De inmediato esta le devolvió el contacto enviándole una pequeña onda de calor. Repitió el experimento, ahora con su oreja, y el resultado fue idéntico. Volvió a la mancha en su mano y otra vez la nada se posesionó del dedo. La nada y la lepra. De aquel tiempo ha pasado otro muy largo, tan largo que se declara incapaz de cuantificarlo. No sabe, a ciencia cierta, desde cuando está allí, o quizás lo sepa, pero no quiere saberlo. El lazareto se convirtió en refugio para su mal y único consuelo a su espíritu. Todos los tiempos transcurren entre las paredes del nosocomio y la gruesa valla de madera que marca distancia entre las vidas de seres distintos.
Hoy es jueves, día en que los enfermos salen a mendigar por el pueblo, pretencioso de ciudad, que con horror los ve desfilar por sus estrechas calles. A su paso puertas y ventanas se cierran presurosas y una lluvia de conjuros, imprecaciones y gritos cae copiosa sobre sus cabezas. Sus ojos escudriñan tras el burdo tejido de la capucha que cubre su rostro. Sus piernas impulsan, bajo la túnica de arpillera, un cuerpo cansado y al menor movimiento el tintineo de la campana que cuelga de su cuello pareciera acompasar su fatigoso andar, advirtiéndole a propios y extraños que un leproso se aproxima. Su olor pestilente ahuyenta a los animales, la visión de sus manos mutiladas, de dedos carcomidos por la enfermedad, dificultadas de asir un mendrugo o prodigar una caricia, asusta a las mujeres y suscita muestras de asco en los hombres. Hay mucho de morboso en este rito semanal que devuelve los lázaros a las calles y recluye los vecinos en sus casas; pero ambos bandos parecieran que desearan este encuentro: los unos exhiben los restos de sus cuerpos en franco desafío, como si culparan a los sanos por el mal que los aqueja y los otros espían ese horror con creciente curiosidad, casi con deleite, alegrándose de no ser ellos quienes llevan la muerte calcada en la piel. Al final del día, con el sol y sus miserias a cuestas la procesión de lacerados abandona las calles para, uno a uno, ser devorados por la pesada puerta del leprocomio. A salvo de miradas los enfermos se reencuentran con la realidad, se reconocen en su enfermedad y vuelven a ser ellos. Atrás quedaron las caras de miedo y las muestras de asombro. Aquí todos son iguales, todos asombran y todos meten miedo. El también se une y como todos los días, desde que llegó al hospital se acera al muro de troncos; con fruición bebe los últimos rescoldos de calor que el sol ha depositado en el y reconfortado toca los añosos leños que acostumbrados a su cuerpo lo dejan yacer adherido a ellos. De sus cuencas asoman un par de ojos vidriosos, de mirada lánguida, que mariposean sobre la barda. Poco a poco va enfocando su atención en las rugosidades de la madera. Desciende a la base del vallado, hasta donde nacen los rolos, para lentamente ir subiendo, metiéndose por sus múltiples caminos de musgo, adornados de coquitos, bordeando los hongos que los parasitan, viajando a través de las vetas y chocando con los nudos que obstruyen la ruta de las hormigas. En su peregrinar, a veces, la mirada cae en las ranuras que forman la separación entre los palos, deslizándose hacia afuera. Pero esa escapatoria fugaz es rápidamente controlada; a él no le interesa espiar allende la barda, su mundo está adentro de esta, el exterior le es ingrato, pues fuera se sabe distinto. Dentro él es normal, fuera es una deformidad, un fenómeno que espanta, un ser abominable. Corregida la distracción vuelve a centrar su atención en la cerca persiguiendo una hilera de bachacos que se empinan hacia arriba; al rato, cansado, desliza su cuerpo por la pared hasta quedar sentado, fundido al muro. Ya no lo ve, pero siente sus asperezas que le marcan la espalda. La valla es en realidad una sucesión de troncos clavados en la tierra, uno al lado del otro, que encierra un enorme terreno, en el medio del cual se encuentra el hogar de la colonia de leprosos, el Hospital de San Lázaro, un ruinoso edificio compuesto por tres barracones, de paredes de piedra y techos de madera, interconectados por un largo pasillo; pero para el es algo más que eso. La estacada es su salvaguarda, a ella acude trémulo cada mañana, en ella pasa las tardes y muchas veces las noches. Con el muro como escudo es fuerte, pues está escondido de miradas, protegido de frases maliciosas y a salvo de pensamientos malsanos. Al muro llegó un día cualquiera, como llegan todos los enfermos del hospicio, buscando apoyo para sus debilitados cuerpos,y una vez que descansó a su sombra entendió que nunca más se separarían. Junto al muro enterró sus esperanzas y vio morir sus sueños de un tiempo mejor. Junto al muro aceptó que nunca sanaría y poco a poco, acogió la muerte como compañera permanente, pues se supo muerto en vida. 
Al final del muro, anexa a la parte posterior del complejo, está la necrópolis de los lazarinos donde irán a parar sus huesos, aquellos que les deje el mal que lo devasta, pues los leprosos deben ser sepultados en cementerio aparte, nunca en cementerio común, cubiertos de cal viva y en tumba anónima, sin lápida ni cruz. Tan solo un ladrillo, con su número, marcará el lugar, indicando que quien allí reposa recibió muerte infamante. En ese camposanto ya reservó su espacio. Y lo hizo con mucho cuidado, a sabiendas que será el último que ocupará en la tierra. Lo escogió de frente y muy cerca de la barrera, para poder observar desde su horizontalidad la verticalidad del muro. Ahí se quedará, amurándose definitivamente, hasta que Dios, en su inagotable bondad, llame a los leprosos a su lado, quitándoles el estigma que el Demonio puso sobre ellos, derrumbando los muros que los limitaron en vida y que los separan en la muerte, desamurándolos. EFO.



EL VIEJO


                                                                     
Por más que quiere no puede recordarlo. Las imágenes se entremezclan al punto que todo parece una sola masa de recuerdos de donde resulta casi imposible extraer uno y aislarlo. Pese a intentarlo no logra precisar desde cuando su cuerpo ocupa un espacio en eso que todos llaman Hogar de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús. Sabe que está allí porque los otros se lo dicen pero no sabe desde cuando, no recuerda. Pareciera que es desde siempre.Vagamente se filtran por los resquicios de su mente pedazos de pensamientos que intentan retroraelo a una época que consideraba pasada. Los sonidos juegan con los olores y estos con la visión resultando imposible precisar algo dentro de esa maraña de sentidos.De una cosa si está seguro y es de la primera vez que se colocó tras el muro. Era una tarde soleada en que el azul del cielo parecía que se había tragado s todas las nubes; deambulaba por el jardín sin ningún interés especial, cuando de pronto se supo muy cerca de el. Fue como si alguien lo hubiera empujado hacia la pared. Sintió el roce áspero de la piedra, palpó su dureza y desde entonces quedó grabado en su mente el olor a humedad que rezumaba. Ese olor se le hizo inconfundible. Pareciera que lo llevara tatuado en su olfato pues desde ese día no ha podido dejar de percibirlo, aún cuando esté lejos del muro.Tampoco le ha sido posible divorciarse desde que se maridó con esa valla de piedra que se alza divisoria entre su realidad y otra que intuye familiar, pero que no puede precisar exactamente como es. Sólo siente que su necesidad de amurarse es recurrente, casi aditiva. Y ahí está otra vez, adosado a la pared. La cercanía de hoy es distinta a otras. Con su vista recorre las piedras como si buscara algo. Tiene que hacerlo porque presiente que dentro, fuera, cerca, sobre esas piedras palpita otra vida, que no ha podido descubrir, pese a llevar tiempo acechándola. Sus ojos cabalgan por el conocido camino empedrado, van tras la caravana de hormigas que sube desde los cimientos y se pierde en uno de los innumerables agujeros que ametrallan el muro. Su oreja se funde con la pared en busca de algún sonido familiar, así se queda largo rato hasta que el ulular de una sirena lejana lo devuelve a la realidad. Sus manos magrean las piedras, se deslizan por ellas como si quisieran comulgar con las pequeñas moles. Su tacto nunca le es familiar. Hay veces que las siente lisas, otras rugosas y cuando toca las de la base las sabe musgosas. Pero siempre son duras, imposibles de horadar con las uñas. Una vez, cuando el rumor del viento le trajo los aires de una música conocida, se aferró a la pétrea superficie con angustia y recibió a cambio un rasguño que casi inmediatamente se transformó en gotas de sangre que se deslizaron por su mano y tiñeron de carmesí las pequeñas matas que crecen en las juntas.
Desde esta mañana, está oyendo arrastrar de pasos que se persiguen presurosos. Algunas veces cree que se juntan, otras los intuye raudos, veloces, lanzados en carrera, como felices de poder alejarse. El piensa que algo está pasando porque la calle no está tranquila. Hoy, como nunca, el ruido de los motores asorda el muro. El bloque de sonidos es como el gemido de una criatura que nunca ha visto pero a la que imagina monstruosa. Hace rato creyó percibir las voces de una pareja, una mas aguda que la otra. Pero de eso hace rato, ahora no escucha nada. Ni siquiera, como otras veces, su propia voz interior. En vano aguza el oído. Cansado ya de tanto esfuerzo inútil y convencido que nada pasa se despega del muro. Su cuerpo inicia el repliegue cuando de pronto la voz aguda vuelve a abrirse paso hacia su conciencia. Esa percepción le alerta el recuerdo y se ve a si mismo, no sabe donde, ni precisa cuando ni con quien reflejado en el limpio cristal de unos ojos esmeraldinos. ¿Eran otros tiempos? ¿Era otra vida? ¿O simplemente alguien le dijo eso y ahora el lo recuerda y por ósmosis lo asimiló como propio? No lo sabe. En todo caso no tiene ningún sentido hurgar en el pozo de su mente en busca de algo que dejó de interesarle hace mucho tiempo, pues hace mucho tiempo que un vacío se instaló en su alma y como una pena infame le corroe el pecho. A veces lo siente próximo y es cuando más lo lacera. Es como si un cuchillo filoso se abriera paso en su carne tasajeándola, mutilándola. A veces lo siente remoto y es cuando menos lo lastima. Es como una niebla que lo amortajara. Como una costra de sucio que no supiera como limpiar. Pero por ser remoto pasa pronto y sólo queda como una especie de patina que lo cubre todo. Y es entonces cuando tiene la sensación que ya no es nada de lo que fue, si es que alguna vez fue algo. Es entonces cuando se adosa al muro buscando compañía. Su frágil cuerpo se pega a la piedra en vano intento por fundirse a ella, tratando de mimetizarse para así sentir menos el latigazo de la soledad. El muro lo siente necesitado y lo cobija a su abrigo. Le transmite calor y le prodiga sombra. Es en esos momentos, al no sentirse parte de ese jardín sembrado de fantasmas, cuando más se reconoce como una prolongación, como otro elemento de ese muro que hace ya tiempo lo absorbió, es cuando más sabe que para siempre será un amurado. EFO.


EL LOCO


                                                                                      
El graznido de la sirena hiere certero la tarde que poblada de otros ruidos se diluye en medio de la ciudad que convulsa. Rápido, como rápida tiene que ser la muerte, el vehículo serpentea en el tráfico de la hora. Entre esguinces y frenazos va avanzando a trozos y poco a poco se acerca a la blanca pared. 
Detenido en el tiempo su cuerpo inicia un viaje hacia el hoy nuevo proceso de transmutación, poco a poco sus manos se alargan, como tentáculos y sus piernas se enroscan, como sarmientos, su cabeza se estira hacia arriba y su torso se ensancha. Sin poder evitarlo su cuerpo va adquiriendo otra forma, ahora es un animal, que agazapado espera, acecha y luego es un vegetal que hunde las raíces de sus pies en la tierra áspera que los atenaza, empujándolos hacia abajo, en busca de lo insondable. Hace dos días se convirtió en una cosa, primero era cuadrado, luego redondo y finalmente la periferia de su cuerpo se hizo informe y allí se quedó, cree el que por mucho tiempo hasta que despertó otra vez convertido en lo que cree ha sido siempre: alguien igual a otros alguiens con los cuales comparte espacio y tiempo. Para él ya no existen límites entre fantasía y realidad, pues todo el tiempo sus fantasías están fuera de su control y merodean a su alrededor, como buscando algo que no sabe exactamente que podría ser.
De pronto la ambulancia se detuvo. Dos pares de manos vuelan presurosas en busca de su cuerpo. Lo tienen. Lo aprisionan y se lo llevan en volandas hasta que el golpe seco de la puerta al cerrarse lo deposita en esta nueva realidad.
Sentado en la cama ve llegar las figuras. Lo miran. Lo tocan. Le hablan. Depositan un gettone de Valium en la ranura de su boca. Despacio , con pasos de góma espuma, sus miembros se van haciendo blandos. Pareciera que no le pertenecen. Todo desaparece como tragado por una bruma pegajosa que abotaga sus sentidos y amarra pies y manos. Incapaz de oponer fuerza alguna a eso que lo avasalla cierra los ojos, se deja ir.
Amaneció otro día. El sol se diluye por la tela metálica que recubre la ventana del cuarto, invitándolo a asomarse. Y lo hace. Y de pronto, sin darse cuenta ha cambiado de lugar nuevamente. Ahora su cuerpo está tendido junto al muro. Es un muro blanco, de un blanco lechoso, que circunvala un mediano territorio donde conviven en odiosa promiscuidad el edificio del sanatorio, un pequeño parque con árboles dispersos, poblados de pájaros y una raquítica fuente que con asmático gorgoteo amenaza con ahogarse.
Acostado cerca del muro inicia un repaso de si mismo. De su mundo. De ese mundo que tuvo que crear para sobrevivir. Un mundo sin sentido, un mundo fragmentado, que hizo con pedazos de realidad porque su mente no se integró. Ese es su único mundo, nada agradable, nada cómodo. En el se siente atrapado en experiencias dolorosas y desgarradoras que no puede superar pero que tampoco puede ignorar, como sus delirios y alucinaciones, que son repuestas que encontró ante lo que parecía sin sentido porque nadie se lo explicó. Fuera de eso nada es válido. No existe. Dentro de él no hay nada y en el exterior algo que no comprende, pero que toca, oye y ve.
Sus ojos se dilatan por la blancura del muro, del que nada distingue pues no hay nada que mirar; ni siquiera percibe pequeñas imperfecciones o alguna fisura que le permita intuir de que y como está hecho. Larga, alta, la estructura manifiesta su dominio sobre seres y cosas cercanas. Tras él todo está vacío, fuera de él otro universo desconocido, nunca imaginado viaja por calles y avenidas. Y dentro de esas dos realidades sobre existe lo único que salva a su psiquis de morir: su locura. Y así ve pasar a Cronos, observa como su delgada sombra se proyecta en las paredes del hospital, se extiende por la grama y choca contra el muro que indiferente recibe el impacto. Este muro es insensible. Su función es servir de barrera de contención a cualquier indicio de sensatez. Está hecho y puesto allí para reprimir, homogenizar, mantener ideas y enfermos en su lugar. Y allí está él, en su lugar. En medio de la nada. Donde siempre ha estado. Para él no hay cambios. No siente diferencia entre comer, dormir o yacer cerca del muro. El cosifica los significados, no entiende las metáforas, no acepta la ironía ni el sarcasmo, no se ríe de los chistes y nunca aprendió a bailar él es, y siempre será, un amurado. EFO.



EL CONDENADO


                                                                                                    
Lentamente, arrastrando los pies, como si una manea invisible le impidiera caminar se va acercando al muro. Hoy no es igual que ayer. Pareciera que hoy no quisiera amurase, pero algo lo obliga. Es como si su cuerpo entero se lo pidiese y paso a paso se acerca hasta que al fin sus manos tocan la pared, que gigantesca se empina sobre su cabeza en busca de los alambres de púas que la coronan. A ambos extremos del muro, sendas garitas se yerguen amenazantes. Los faros que fungen de únicos ojos se debaten entre sus celdas de cemento que lucen los cañones de las ametralladoras como si fuesen abalorios en el cuello de una mujer. Hace tiempo que cohabita con este muro. No sabe exactamente cuanto porque el tiempo dejó de contar cuando lo sentenciaron a morir tras las rejas. Pero si recuerda como comenzó su relación con la barrera. Al igual que todos los días y como todos los presos, vagaba por el patio, cuando inadvertidamente sus manos tocaron el muro. Fue una sensación extraña. Sintió como si se tratase de un organismo vivo al que hubiera palpado. Le supo tibio al tacto, liso, terso, como una piel recién lavada. Sorprendido se separó del muro, pero inmediatamente sintió la necesidad de volver a tocarlo. Y lo hizo. Y la misma sensación de calidez se apoderó de nuevo de su cuerpo. El muro está vivo, pensó. Pero enseguida desechó la idea. Se rió de si mismo y se preguntó si no estaba volviéndose loco. Desde ese día ha venido a diario a la valla que se sabe deseada. El conoce el muro a fuerza de tanto tocarlo. Es capaz de distinguir las sensaciones que de el brotan. El muro no se siente igual en toda su extensión. En su fantasear el lado izquierdo de la pared es idéntico al cuerpo de una mujer, no es completamente liso como el centro o el lado derecho. Piensa que si levanta las manos por encima de su cabeza puede tocar el cuello para desde allí descender hacia dos pequeños promontorios que asoman tímidamente y que nadie sabe porque están allí, salvo que los hayan puesto para recordar a los condenados la suavidad de las turgencias femeninas. Al dejar correr las manos hacia abajo, en loca carrera, en busca de un imaginario pubis, casi puede sentir la depresión de la cintura para después descansar en dos salientes paralelos que semejan la redondez de las caderas. En el centro, el muro es liso, completamente liso y tan suave que no parece concreto, sino terciopelo. Esta parte del muro se siente como las piernas de una muchacha cubiertas de un fino vello, tan fino que parece la pelusa de un durazno. Y finalmente el lado derecho es idéntico a las manos, surcado por una especie de canales que semejan largos y elegantes dedos. El muro tiene vida propia. Al tocarlo pareciera que respondiera a la presión que sobre el se ejerce. Si se le golpea con violencia responde con acritud, devolviendo el golpe. Si por el contrario tan solo se le roza, acariciándolo, deja escapar una onda cálida que envuelve y persiste un rato después de haberse roto el contacto. El muro no transmite sonido alguno. Es tal su densidad que los ecos de voces y ruidos, provenientes del exterior, rebotan en su superficie, devolviéndose intactos, como si nunca hubiesen sido tocados. Pero el muro es sensible a los cambios. Cuando llueve se torna sombrío. Repele la proximidad. Es como si sintiera que no puede transmitir nada de si mismo y se encerrara en una coraza que lo protegiera. Si por el contrario el solo brilla, reluce, invita a acercarse. Al caer la tarde, cuando comienza el eterno duelo entre sombras y luces, permanece inmutable. Ni acepta ni rechaza el contacto, tan sólo lo mantiene. En la noche, cuando la luna pinta jirones blancos sobre su cuerpo, lo invade una inquietud, se convierte en un ente abstracto. Se le siente ansioso como si quisiera escapar de sus cimientos e iniciar un viaje quien sabe adonde. El juego de blanco y negro lo despoja de su realidad, cambiándolo por algo misterioso, a lo que da miedo acercarse. Pero no es por miedo que ahora no sale al patio, que no se acerca al muro. Hace días que lo espía desde la pequeña ventana de su celda a través de la cual divisa su uniforme silueta. No quiere tocarlo. Presiente que si lo hace ya no podrá despedirse y eso es lo que tiene que hacer: despedirse. Dejar de verlo. Nunca más palparlo. El muro intuye su partida. Al asomar el día refleja el brillo del sol encegueciéndolo, invitándolo a abandonar su celda. En las tardes lo provoca con su sombra, como pidiéndole que repose junto a su lado. Y en las noches deja escapar un aliento húmedo, palpitante, como el de una hembra ansiosa, incitándolo a unirse. Pero pese a todo, él se mantiene firme. No abandona su claustro. Quiere hacerlo pero sabe que no puede, que el momento de irse se acerca sin prisa, sin pausa, inexorable, pero que aún no ha llegado.

El reloj marcó su hora. Su tiempo se hizo presente. El débil crujido del cuello al ceder, bajo el tijeretazo de la cuerda, y el golpe seco contra el suelo, al recibir el cuerpo, partieron en dos el silencio del día que nace. Por última vez su ojo reflejó el muro en mudo adiós. El muro también lo sintió irse y aceró el suave gris de su piel en señal de despedida.

Hoy es otro día. El muro amaneció insinuante, cautivador, lascivo, acechante. Sin darse cuenta otro reo se aproxima a la pared que lo espera expectante. Sus dedos se posan sobre ella y ella responde al contacto. Asustado, el hombre se separa, para luego, curioso, volver a tocar la valla. Hoy amaneció un nuevo amurado. EFO.