martes, 15 de mayo de 2012



EL OLVIDO



Con sus pasitos de marioneta el olvido viaja sobre los recuerdos. Se entreteje con los sueños, parasita en las voces, nubla los sentires. El olvido es como una inmensa venda que nos va cubriendo poco a poco. Como un trozo de lana que nos arropa cuerpo y alma. Que nos sofoca, nos ahoga. El olvido es espeso como una sopa de huesos. Como agua pantanosa. Como aire cargado de ruidos. El olvido es pastoso. Camina lento. Se deja llevar. El olvido entra por los oídos. Borra los sonidos. Mata las voces. El olvido se asoma a los ojos. Pinta de blanco el pasado, lo va disolviendo, lo fragmenta, lo diluye. lo acaba. El olvido se mete en la piel. Esconde los calores. Matiza los fríos. Suaviza lo áspero. El olvido sube por la nariz. Borra los olores. Irrita los sabores. El olvido es la muerte en vida. Hay dos tipos de olvido: El nuestro y el de los otros. El nuestro puede ser voluntario o inconsciente. Si es voluntario lo provocamos. Hacemos el esfuerzo para crearlo. Lo alimentamos. Lo dejamos crecer. Lo ayudamos a desarrollarse, a vivir. Nunca le damos descanso. Si es inconsciente no recordamos cuando nació. Nos va invadiendo poco a poco. Desdibujando las añoranzas. Crece al garete. Sin orden. Sin un plan. El olvido de los otros pesa sobre nosotros. Nos sepulta en la nada de otras mentes. Nos borra de la visión de otros ojos. Nos expulsa del cofre de sonidos de otra gente. Nos va pintando de invisible. El olvido, a veces es dulce. Se posa sobre nuestra alma como un ungüento. Viene a calmar nuestros resquemores. A apagar nuestros odios. A curar nuestras heridas. El olvido a veces es cruel. No duele cuando aparece. Nos duele que nos duela que nos olviden. El olvido a veces es indiferente. No nos importa que nos olviden. No nos importa olvidar. Reclutamos los dolores, lo perdido, lo vivido para enterrarlos en la nada, donde mora todo lo que no existe. Lo que murió hace tiempo. Lo que desapareció. Lo que se acabó. El olvido a veces es interesado. Nos interesa olvidar lo que nos lastima, lo que nos hace daño. Lo que no queremos tener presente. Nos conviene olvidar para no tener que volver a vivir lo vivido. Para no tener que citarnos con el pasado. El olvido es capa tras capa de sueños rotos. Capa tras capa de besos secos. Capa tras capa de amores muertos. Capa tras capa de dolores sentidos. El olvido son ojos que se cierran. Bocas que no se abren. Oídos que no oyen. El olvido es morir y algo más. Es dejar de vivir en nosotros y en la vida de otros. EFO




EL DESEO


El deseo es marejada que crece. Llama que calienta. Remolino que agita. El deseo es necesidad sin satisfacer. Preguntas sin respuestas. Potencia, pero nunca acto. Ganas de hacer, de tener. Gritos sin ecos. El deseo es ola que se encrespa. Viento que aúlla. Rayo que alumbra. Facón que hiere. Furia desatada. El deseo es fuerza incontrolable, es calor que escala las rodillas, sube por los muslos, se enrosca en la cintura y anida en el corazón. El deseo es impulso que mueve. El deseo paraliza la razón. El deseo es instintivo. El deseo tiene el poder de un terremoto, el calor de un volcán. El deseo es infinito. Es múltiple. Se disfraza con cualquier cosa. Vaga desnudo. Se esconde bajo cualquier piel. Aflora en cualquier momento. El deseo es impaciente, impulsivo, persistente. Es fuente inagotable. El deseo insatisfecho duele. El deseo satisfecho no se sacia, quiere más, siempre más. El deseo se inflama ante el rechazo. El deseo vive en cualquier cuerpo. Duerme en los harenes, espía en los gineceos, viste de encajes, se tapa con celosías. Habita los espacios oscuros del alma. Señorea en los prostíbulos. Flagela a los posesos. El deseo es denso, profundo. El deseo es el preludio de un acto de contrición. El deseo es el complemento del perdón. El deseo consume como un tizón. El deseo inmoviliza como un miedo. El deseo viaja en las espaldas de las mujeres. El deseo se exhibe en las comisuras de los labios, en los óvalos de los ojos, en los mechones de pelo. El deseo salta en los tobillos, se pega a los muslos. Se desea lo que se ve y lo que se imagina. El deseo mortifica a los frailes. Llora en las celdas de los monasterios. Se baña de sol a la orilla de las playas. Gira con las cadencias de los bailes. Se atornilla en las caderas. Se abrocha a los senos. El deseo deseado es permanente espera. Es tormenta desatada. El deseo es prisionero de sus propias ansias. El deseo seduce como una sonrisa. Lastima como el desprecio. Hipnotiza como una víbora. El deseo es ansiedad repartida en todo el cuerpo. El deseo es temblor de manos, bullir de sangre. El deseo es misterio virginal. Sombra en el ocaso. Duelo en la vejez. El deseo es jinete de los pensamientos. Juez de honras, verdugo de virtudes, tirano de los sentidos. Es artífice de encuentros, cómplice de seducciones. El deseo es Celestina irredenta. Es locura que atormenta. Es boca que muerde. Uñas que desgarran, ojos que desnudan. Es vórtice de un ciclón, aguijón que excita, espuela que pica. El deseo es agonía, apremio. El deseo es espera, vela. El deseo es promesa, preludio. EFO. 



EL DOLOR


A veces, solo a veces, sin presentirlo, sin darnos cuenta, el dolor nos abraza. Despertamos y sentimos su presencia. Nos impone su estancia. El dolor no tiene puerta de entrada. No se mete por los ojos, ni por la boca, tampoco por los oídos, ni por la nariz. Simplemente entra, pasa, traspasa las barreras, derrumba las defensas e imperceptiblemente nos toma por asalto. Pareciera que desde siempre conviviera con nosotros, que hubiera nacido en el mismo instante en que nacimos, en la misma cama, en el mismo hospital, a la misma hora. El dolor es algo muy nuestro, nos distingue. No hay dolores iguales entre seres iguales. Mi dolor es distinto al tuyo. Nuestros dolores, aquellos que nos pertenecen, son personales, únicos, no duelen del mismo modo. Cada ser tiene su manera particular de sentir el dolor. Eso viene dado por la forma en que se produjo, por las causas que lo crearon, por la intensidad de los sentimientos que le dieron origen. El dolor que nos desgarra el alma, también puede hacer estragos en nuestro cuerpo, martirizarlo, hacerlo sufrir. Ese dolor es doblemente sentido, es intensamente vivido. Hay dolores que por momentos apetecemos tener. Son aquellos en los que nos regodeamos, los que nos cuesta dejar ir. A esos los vivimos como una herida abierta, nos sirven de recordatorio. Esos dolores los producen las grandes tragedias, aquellas que nos derrumban, que nos golpean. A ellos hay que paladearlos, degustarlos, exprimirlos hasta agotarlos. El dolor no se va como llega, con sus propios pasos. Al dolor hay que exorcizarlo, debilitarlo, para poder desterrarlo; pero primero hay que sufrirlo, es la única forma de dejar de padecerlo, de no morir con él. El dolor apareja un duelo, primero es intenso, nos desgarra, nos quiebra desde adentro; luego se aclara, se desdibuja y finalmente se va, nos abandona, deja de estar con nosotros. En su ausencia podemos analizarlo, buscar las causas que lo produjeron, las razones para que naciera. A distancia, podemos juzgarlo mejor, diseccionarlo, hurgar en él, determinar su intensidad y evaluar el daño que nos causó. No hay dolor eterno, hay dolores que parecieran eternizarse. Curadas las heridas sobreviene la calma, la paz. Nos reencontramos con nosotros mismos. Nos reconocemos. Nos concedemos una tregua, entramos en reposo hasta que una nueva pasión, otra tragedia nos conmocione, altere nuestro mundo interior y nos produzca otro dolor; uno distinto al anterior, pues ninguno es igual a otro para, sin darnos cuenta, empezar a sufrir de nuevo. EFO

lunes, 14 de mayo de 2012



MI BARRIO.

Mi barrio es empinada calle en la gaveta de las añoranzas. Es entrechocar de cocos ahítos de furia, ansiosos de verter la sangre de sus aguas. Mi barrio son montañas de recuerdos, cientos de rostros, cúmulos de olores, pilas de sonidos. Son tardes de dominó regadas de medias jarras. Mis primeros pasos al compás de una guaracha de Billos. El humo de un cigarrillo marca Capri. La escalada al cerro. La visión atormentada de los locos en el Manicomio. La furia de los patines macerando el macadam. El vuelo de un papagayo, a la isla, esclavo en los brazos del viento. Mi barrio son los primeros galanteos. Cabellos negros que acarician mis manos. Cinturas que ciñen mis brazos. Ojos que mirar. La dulzura del primer beso enamorado, ilusionado, asustado. El primer desengaño. Serenatas a capella en noches de alcohol. La lata de maíz en la molienda. Una mochila de temores, de miedos, de angustias que amorataba mi espalda. Noches sin fin prisionero de las estrellas, rehén de la oscuridad. La verticalidad de un poste, sostén del cuerpo, vigilante de horas de ocio. El miedo a la recluta. Las peleas callejeras. Los estrenos de Diciembre. Las fiestas de los sábados. Mi barrio es como una colcha que me arropa. Como una sombra que me acompaña. Como un hierro que me marcó. En el nací. En el crecí. En el viví. Mis mejores días, mis más queridos recuerdos permanecen sepultados bajo el polvo de sus calles, a la sombra de la fachada de sus casas, en los recodos de sus esquinas. Mi barrio es como una concha que me protege. Un compañero permanente. Un amigo perdurable. Una siempre grata vuelta al pasado. Un sitio acogedor al cual se puede y desea volver. Recorrer sus veredas, doblar sus esquinas, dejar que los recuerdos troten por sus aceras es un ejercicio que me comunica una dosis de incalculable placer. Mi barrio es la visión fugaz de algo que existió llamado carritos por puesto, botiquines con rokolas, velorios en las casas, partidas de chapitas, derrotas de chinas. En mi barrio se armaban bicicletas recolectando sus partes en las quebradas que lo surcaban. Se comían helados Cruz Blanca, la mayoría de las veces salados en la punta. Se compraban bizcochos recién horneados. Se cambiaban libretas de estampillas por docenas de dulces. Se pintaban casas por 100 bolívares y se fumaba escondido en los rincones oscuros. Mi barrio me vio partir un día. Me dejó ir sin pena, como quien despide a un amigo. Nos dijimos adiós. Nos separamos, pero nunca nos olvidamos. EFO.




LA NOCHE


La noche serena derrama luces de estrellas sobre los campos que blanquea la luna. La noche lujuriosa embruja con sus sombras los cuerpos que se juntan. La noche inquieta inyecta angustias en la mente. La noche furiosa corta con sables de rayos el espacio trémulo. La noche temerosa se esconde en el fondo de las cavernas. La noche alegre derrocha ruidos y regala risas. La noche triste llora aguaceros y desgrana lamentos. La noche altiva corona de joyas su frente. La noche curiosa se asoma por las rendijas violando la intimidad de los cuartos. La noche misteriosa pinta de negro los velos de las vírgenes. La noche errante trota sobre el empedrado de las calles. La noche guardiana vigila las almas de los condenados. La noche pecadora asola con su arrepentimiento las puertas de los templos. La noche que nace bosteza ilusiones. La noche que muere llora tristezas. La noche de los tiempos reparte olvido entre los hombres. La noche de la muerte oscurece las pupilas y cierra los parpados. La noche cálida enturbia los sentidos. La noche lóbrega aprieta el corazón. La noche marina satura de olores la ausencia de ruidos. La noche coqueta viste un manto de brillantes. La noche enamorada acaricia con sus manos de sombras. La noche eterna entenebrece los ojos ciegos. La noche guerrera pasea su carro por campos florecidos de ira. La noche codiciosa acumula estrellas. La noche vanidosa luce el fausto de su belleza. La noche dadivosa regala luz de luna. La noche quejosa trae rumor de lamentos. La noche fugaz vuela en un parpadeo de luz. La noche perversa se recrea en nuestras miserias. La noche ladrona roba ilusiones. La noche chismosa secretea con el tiempo. La noche traidora hiere con un puñal de rayos. La noche doliente llora con lagrimas de luceros. La noche voluptuosa se muestra sin pudor. La noche bruja hechiza con su fragancia. La noche falaz engaña con su encanto. La noche gitana baila al son de guitarras. La noche prisionera languidece en el calabozo de su oscuridad. La noche dulce embriaga con su olor. La noche peregrina derrama reliquias de luces en los santuarios. La noche mala asusta a los niños con un embozo. La noche egoísta esconde sus estrellas. La noche bohemia se oculta cuando sale el sol. La noche vieja se ríe con ráfagas de viento. La noche solitaria llora sus tristezas. La noche buena arrulla con un canto celestial. La noche traviesa despierta al eco en los campanarios. La noche de los tiempos detiene el paso de los relojes. EFO






EL OÍDO



El Oído, o los Oídos, por qué en realidad son dos, aunque funcionen como un solo sentido, son unas cavidades localizadas a ambos lados de la cara. Su trabajo fundamental es tragar las palabras, y transmitirlas al cerebro, quien a su vez las decodifica y le da instrucciones a la mente para que esta ordene a la boca una respuesta, o en su defecto permanezca cerrada.
El Oído es un órgano compuesto y muy raro.  En su parte exterior, también llamada Oído Externo u Oreja, tiene una zona denominada Pabellón, que sirve como una especie de antena receptora para captar las palabras y otra llamada Lóbulo utilizada por mujeres y hombres para guindarse aretes.
Las palabras viajan a lo largo de los pliegues descendentes de la oreja para caer en el Conducto Auditivo Externo, que es como una especie de túnel. Allí deben traspasar una barrera compuesta por un material seboso o  cerumen, que se encarga de filtrarlas. Si hay exceso de cerumen las palabras no pueden ser decodificadas correctamente, de allí la importancia de mantener siempre limpio este conducto. Superado el obstáculo las palabras llegan al Odio Medio donde apenas entran chocan con un muro de contención llamado Tímpano, para luego sortear los obstáculos que representan unos huesos (Martillo, Yunque y Estribo) y finalmente acceder al Laberinto donde se pierden, pues deben atravesar la Ventana Oval, el Caracol, el Vestíbulo y los Canales Semicirculares. Durante todo este periplo han sufrido una transformación vital: de palabras simples se convierten en ondas sonoras y luego en ondas sonicas,  única forma de que el cerebro las entienda.
El Oído cumple una labor importante en el proceso de transmisión de las palabras, pero lo hace, en algunas ocasiones de modo caprichoso, pues en determinados momentos se niega a captar las palabras o si las capta no las transmite, pues considera que no son pertinentes, es decir, que no vale la pena el trabajo a realizar y para justificar su actitud recurre a un viejo refrán: A palabras necias oídos sordos. Cuando esto sucede se interrumpe inmediatamente la comunicación entre los cuerpos, pudiendo ocasionar severos trastornos en las relaciones interpersonales.
El Oído también es suceptible a enfermarse. La enfermedad más común que suele padecer recibe el nombre técnico de Perdida de la Capacidad Auditiva, o Sordera y quien la padece es llamado sordo. La Sordera puede ser congénita, es decir, de nacimiento, hay cuerpos a los cuales no se les activó al formarlos el sentido de la audición. Son cuerpos incompletos. También puede producirse como consecuencia de una causa externa. La Sordera puede ser simple o compleja. Es simple cuando afecta solamente al oído y es compleja cuando viene acompañada de la capacidad para formar palabras. Quienes sufren de este mal son los llamados sordo-mudos. Los sordos, simples o compuestos, palean su incapacidad utilizando el lenguaje de las señas, un complejo sistema que solo puede ser captado por el ojo.
El Oído al transmitir las palabras al cerebro cumple una función de primer orden en el proceso de formación de llaves, único instrumento capaz de desentrabar cuerpos. EFO



MI NIÑEZ



Mi niñez es un recuerdo vago. Un sueño ya soñado. Una fecha en el tiempo. Un pasado remoto. Un paso dado. Una jornada agotada. Una ilusión asomada. Mi niñez son unos zapatos Rex. Un autobús amarillo y rojo. Un gato negro, siempre mordelón. Una visión inusitada del abuelo. Una escuela aborrecida. Una pelea no ganada Una novia vedada a los placeres. Un perezoso despertar. Una ingenuidad perdida. Un asombro diario. Una confianza grosera. Un boleto de ida. Una realidad falsa. Un trencito gris cargado de vagones. Mi niñez es un mundo de sotanas y cruces que no quería. Un padre a ratos. Una madre omnipresente. La seguridad de saber que nada era seguro. Un tío rico, bueno, generoso. Un tío borracho, tarambana, loco. Dos abuelas tan distintas. Un diablo que me perseguía. Un Díos que me protegía. Una hermana con quien crecer. Unos amigos para jugar. Pocos en quien confiar. La magia blanquinegra de una televisión prestada. Un mundo atosigante de números odiosos que no entendía. Un siempre gratificante universo de cuentos que disfrutaba. Un olor penetrante de Jean Marie Farina. Un blanco inmaculado de Crema C de Ponds. Las esperadas navidades. Las odiadas Semanas Santas. El claustro del internado. La libertad del cerro. La melodiosa voz de la maestra. La vengadora palmeta de la inquisición escolar. Las radionovelas de mamá en su radiecito rojo, marca Zenit. La asquerosa sopa de espinacas. Las obligadas misas del domingo. Un chocar de metras prisioneras en los bolsillos. Un artilugio de hierro llamado bicicleta. Una avasallante ausencia de casi todo lo material. Una exuberante abundancia de sueños. Un papagayo abrochado al viento. El furioso zumbido de un trompo azul. La seguridad de un arma llamada china. Mi niñez fueron tardes espiando el caminar de las nubes, el aleteo lejano de los zamuros. Silencios profundos. Preguntas sin respuestas. Juegos compartidos. Juegos solitarios. El barrio donde crecí. El despertar a los sentidos. Mis primeros rencores, Mis primeros amores. El susto de un viaje hacia adentro que tendría que hacer obligadamente solo. La visión de un mañana que siempre lucía incierto. Mi niñez fue un cúmulo de sentimientos encontrados. De muchos no y pocos si. Fue un espacio que rellené a cuatro manos, las dos mías y las otras dos de alguien que siempre estaba allí, así no fuera siempre el mismo. Pasé por ella cabalgando en el caballo de madera de mi propia realidad, y así, cabalgando, la abandoné. EFO