jueves, 8 de junio de 2017




LA PRISIÓN SIN REJAS.


Cuando baja un Dios invisible se abren las puertas de Fantasía y entramos en un mundo mágico donde todo es posible. Todo, menos aquello que siempre hemos considerado posible. Fantasía es un terreno vedado para los necios. Solo permitido a quienes consideran lo sabido, lo visto, lo oído como algo intrascendente, rutinario, excesivamente normal. Fantasía es una tierra desconocida en la cual no existen caminos. No hay señales. No hay advertencias. Allí cada quien es libre de tener su propio mundo. Fantasía es un pedazo de nada, donde nada existe. Donde se tiene que fabricar realidades, partiendo de ilusiones. Quien se adentre en ella, por vez primera, sabrá que no tiene retorno; entenderá que no hay vuelta atrás, que para siempre será prisionero en esa cárcel sin barrotes, donde somos libres. En la tierra de la Fantasía somos adultos jugando a ser niños y viceversa. Allí no se le pone limite a la imaginación, pues esta es su propio limite. Es un universo paralelo. Un espacio infinito que se recrea día a día, segundo a segundo. Es un paisaje extenso, en constante expansión, donde cabemos todos. En Fantasía podemos construir un sueño de una vez o por etapas. Enriquecerlo a cada momento, agregarle nuevos elementos, volverlo a diseñar, a concebir. En Fantasía conviven, en perfecta armonía, seres de apariencia normal, iguales a nosotros, con otros irreales, inexistentes, al menos en el plano físico que conocemos. Algunos conservan los atributos que le son propios, aquellos con los que nacieron y que le han acompañado toda la vida, pues los hemos trasladado allí para colocarlos en situaciones y escenarios, que inventamos para ellos. Los otros son producto puro y simple de nuestra imaginación. Esos pueden tener una apariencia igual a la nuestra, pero nunca han existido en realidad. También pueden ser distintos. Seres grotescos, legendarios, heroicos, malvados, que nos atemorizan con su fealdad, o que nos subyugan con su belleza física o espiritual. En Fantasía nuestros sueños existen en el presente, se remontan al pasado o viajan al futuro. Es una tierra sin fronteras, donde mora toda ilusión y habita toda utopía. En Fantasía podemos rehacernos, ser lo que queramos: ricos, pobres, feos, viejos, jóvenes... Podemos inventarnos a nosotros mismos, fabricarnos  a la medida. Allí nada está hecho, todo esta por hacerse, por construirse, por crearse. En Fantasía no hay puertas que abrir, pues todo está abierto,  no hay ventanas para asomarse porque no hay nada oculto. Cualquiera puede ir sin comprar boleto, pues no existe transporte, basta con desearlo. Fantasía es un país libre donde podemos entrar y salir las veces que queramos, sin advertir a nadie, salvo a nosotros mismos, de nuestra presencia.  No se requiere visa, ni pasaporte, la única condición es estar vivos pues es una tierra de sueños, donde los muertos no pueden entrar porque no sueñan. En fantasía no existe tiempo, ni espacio. Fantasía no queda en un sitio determinado. No está en ninguna parte. No aparece en los mapas. No hay coordenadas, no existen rutas, ni senderos para llegar. Fantasía está en todas partes. Vive en cada uno. En cualquier sitio donde estemos. Fantasía está en el alma, en el corazón, forma parte de nuestro ADN. En Fantasía nadie está obligado, aquel que la visita lo hace a conciencia, deseando hacerlo. No hay horarios. No se establece tiempo de permanencia, ni hora de entrada o salida. En Fantasía no hay sueño grande, ni deseo pequeño. El tamaño de nuestras aspiraciones lo marcamos nosotros mismos, porque Fantasía somos nosotros mismos... y recuerda: una vez que entres no podrás salir nunca jamás, te convertirás por siempre en prisionero de esa cárcel, sin barrotes, donde serás libre.  EFO.

lunes, 29 de mayo de 2017


DE TRAPO O DE PAPEL

Caminando sin rumbo fijo, con la intención de no llegar a ningún lado, mis pasos se enredaron con mis zapatos y de pronto estaba parado frente a una vidriera contemplando los muñecos que en ella vivían. Los miraba con curiosidad, como queriendo desentrañar su gestualidad, como intentando adivinar quienes eran, de donde venían y lo más importante: que sentían. Ellos me devolvían la mirada. También me escudriñaban, como preguntándose: quien es, que quiere, por que nos mira. El duelo de miradas se mantuvo por un tiempo, hasta que cansados, ellos y yo, dejamos de vernos pero no de sentirnos.
Tras el vidrio, sentados unos, parados otros, poco a poco fueron develando sus secretos. Había muñecos tristes, con la huella indeleble del sufrimiento marcada en sus caras. Sus ojos de vidrio, que en vano se esforzaban en contener una lágrima, carecían del brillo habitual del cristal pulido. Había muñecos alegres, risueños, rutilantes. Esos parecían disfrutar el encuentro. Nos veían como esperando una sonrisa que hiciera juego con la suya. Más allá, al fondo, se asomaba la carita despreocupada de una coqueta muñeca de largas pestañas, cabellera ondulada y risa pintada que se esforzaba en llamar nuestra atención procurando hacerse notar. También los había fieros, terribles, de mirada desafiante, asesina. Otros temerosos, confundidos, intentaban esconderse, fundirse con las cajas de cartón donde vivían.
Mirándolos descubrí que ellos reflejan en sus rostros las penas y alegrías de quienes los diseñaron, los fabricaron. Tras cada cada cara triste, escondido en unos ojos melancólicos, vive un dolor, un sufrimiento un pesar. Abrochada a una risa, colgada de un mirada habita una alegría,  mora un bello sueño. Son las marcas de su creación, la impronta de su creador.
De trapo, de papel, de cera, de porcelana, de plástico o de madera los muñecos han sido, y siempre, serán hermanos inseparables, depositarios de nuestros secretos, confidentes de pecados, de travesuras, de dolores. Ellos comparten o compartieron con nosotros un momento, un instante único, imperecedero. Amigos de la infancia, compañeros de ruta, viajeros en este camino, que obligados transitamos, nos ilusionan con su presencia, nos ayudan a vivir. Siempre están allí prestos a escucharnos, a reír con nuestras locuras, a llorar con nuestros pesares. Son como almas gemelas, fieles, consecuentes, incapaces de traicionarnos, de abandonarnos, de dejarnos solos. En eso se diferencian de nosotros que si los olvidamos, los arrumamos en un cajón, los sepultamos en una gaveta, en un sótano, en un closet y los dejamos allí hasta que un día cualquiera, por azar, buscando otra cosa, tropezamos con ellos y los volvemos a  mirar, a sentir  su textura y es entonces cuando un mundo de recuerdos se convierte en un mar de llanto que se parapeta tras los ojos. Los abrazamos, los apretamos contra el pecho, y le devolvemos su preminencia. Los sentamos en una repisa, en un sillón y cada vez que se entrecruzan nuestras miradas los saludamos con respeto, con cariño. Eso durará hasta que los desterremos nuevamente a otra gaveta, a otro cajón donde un hijo, o un nieto los descubra y por arte de magia les devuelva la vida. 
De trapo o de papel, los muñecos, esos muñecos, siempre serán nuestros muñecos.  EFO 

Mi muñeco, era un negrito que se llamaba Juanito y no se donde andará.

domingo, 7 de mayo de 2017



EL ABC de la vida.


El futuro es un tramo por recorrer. El pasado una etapa superada. El presente un sendero abierto. El futuro es una promesa. El pasado un tiempo agotado. El presente una realidad tangible. El Futuro es una posibilidad de realización. El pasado un espacio cubierto. El presente un grito ensordecedor.  El futuro es un destino incierto.  El pasado una obra terminada. El presente un permanente hoy. El futuro es un paso por darse. El pasado un camino transitado. El presente una diaria lucha. El futuro es un proyecto por culminar. El pasado un ciclo cerrado. El presente un permanente trajinar. El futuro es algo por nacer. El pasado un eterno ayer. El presente un acto en desarrollo. El futuro es una semilla por germinar. El pasado un tiempo ido.  El presente  un futuro en construcción.  El futuro es un niño. El pasado un viejo. El presente un joven. El futuro es una flor por abrir. El pasado un hecho consumado. El presente una realidad. El futuro es esperanza. El pasado un dolor ya sentido. El presente una obra en progreso. El futuro es un luminoso mañana. El pasado un espacio abolido. El presente  son sueños por realizar. El futuro es premonición. El pasado olvido. El presente ejecución. El futuro es el trecho por cubrir. El pasado el esfuerzo ya rendido. El presente la señal de partida. El futuro es una clara alborada. El pasado un día concluido. El presente una hora vigente. El futuro es un esperanzador despunte.  El pasado un tiempo lejano. El presente un cansino esfuerzo. El futuro es una idea. El pasado una huella. El presente un hecho. El futuro es gestación. El pasado muerte. El presente vida. El futuro es proyecto. El presente creación. El pasado obra. El futuro es glamorosa primavera. El pasado  gélido invierno. El presente  caluroso verano. El futuro eres tú. El pasado eres tú. El presente eres tú. EFO.

miércoles, 12 de abril de 2017




LA VIDA


La vida es un camino que puede ser corto o largo. Es una ruta que necesariamente hay que trillar. Es un espacio que debemos llenar. Es una serie de sucesos, de episodios, de ratos. La vida no es buena, ni mala, sencillamente es.  A cada quien le corresponde hacerla a su manera, pues no hay guión escrito, ni folleto de instrucciones. Cada uno la construye con los materiales que consiga, que tenga a mano. La vida se fabrica  día a día, minuto a minuto, segundo a segundo. Hay quien lo hace solo, otros con la ayuda de una o de varias personas pero siempre será un proyecto personal, individual y para hacerlo tenemos una única oportunidad.
A lo largo de nuestra vida vivimos otras vidas. Lo hacemos en paralelo. Mientras vivimos el presente evocamos el  pasado, damos marcha atrás. Mientras vivimos el presente imaginamos el futuro por vivir. Nos adelantamos en el tiempo. Los recuerdos son una forma de vivir, los sueños, otra y la realidad la definitiva. Para algunos la vida es una sucesión de hechos unidos entre si. Otros creen que son pedazos, trozos, que no tienen una secuencia. La vida no hay que saber vivirla, pues no hay formula para hacerlo. Lo que es bueno para unos, es malo para otros. La vida sencillamente se vive. Uno puede vivir su vida viviendo la de otros, compartiéndola, haciéndola propia. Esa forma de vivir implica una renuncia, un abandono de parte de nuestra individualidad, una cesión de aquello que nos ha sido dado en aras de algo común. Sabemos cuando comienza nuestra vida, pero ignoramos cuanto durará y como terminará. Hay seres longevos, que tienen una larga vida. Hay otros en la que apenas es un soplo, una brisa fugaz. Los suicidas viven por largo o por corto tiempo. Ellos son los únicos que miden su ciclo vital, que lo deciden. La vida se vive por etapas en que pasamos por momentos de felicidad, de dolor, de angustia, y esas etapas son cíclicas. Se repiten con frecuencia a lo largo de nuestra existencia. Solo varían las circunstancias en que se dan y las causas que las provocan. La vida es una sucesión de tiempos. Cronológicamente hablando vivimos cuatro vidas: de niños, de jóvenes, de adultos y de viejos. A lo largo de todo ese periplo vamos cambiando, acumulando experiencias, conocimientos para vivir el próximo devenir. La vida es un constante acopio de sensaciones, de sucesos. Cada día nos preparamos para el próximo, en una carrera hacia un final que no sabemos cuando llegará. Los antiguos creían que la vida la decidían los Dioses, que ellos prefijaban nuestro destino y que a ellos debíamos achacarle lo bueno y lo malo que nos pasaba. Todavía hay gente que piensa así. Yo creo que mi vida la determino yo mismo con mis acciones presentes, que son la génesis de mi futuro porvenir; por eso vivo mi vida hoy planificando la de mañana. Yo soy dueño de mi destino. Capitán de mi barco. Piloto de mi avión y vivo como siempre quise vivir: a mi manera. EFO.


martes, 7 de febrero de 2017



EL MAL

Hay algo malo dentro de mi. Lo siento escondido, acechándome, como esperando el momento oportuno para manifestarse en su totalidad. Es una sensación vaga, difusa, imprecisa que no se definir. A veces pienso que está en mi mente. Lo veo cabalgar a lomos de mis pensamientos, mimetizado, disfrazado. En otras ocasiones llega vestido de sensaciones, de temores. Eso que no logro identificar es como una premonición, un aviso de que algo no está bien. Eso que me hace sentir bajo un ataque continuo, sostenido, que no cesa, eso que me acosa, que me despierta en las noches, prolongando mi vigilia, que me obliga a mirarme al espejo, a escudriñarme buscando no se que, es como una sombra adosada a mi cuerpo, que ya traspasó mi piel. Hay momentos en que se vuelve real, o siento que se vuelve real. Esa angustia, que no puedo disipar, tiene su origen en tu ausencia. En la ya insoportable falta de tu presencia. En vano te busco dentro de mi y no te encuentro. Se que te has ido, que te fuiste hace tiempo, que ya no formo parte de tu vida, pero sin embargo te sigo sintiendo mía. Es a ti, a través de mi propia imagen, a quien pretendo descubrir en el espejo. Eres tu la que cabalga en mis pensamientos, la que convierte en días mis noches, la que transmutada en sombra, acompaña mis pasos. Y sin embargo no estás. El temor de perderte me hizo perderte. La angustia de presentir que algún día te irías, incitó tu partida. Es difícil vivir con el celaje de tu recuerdo acechándome. Es difícil tratar de ignorarte cuando se que eres mi única realidad. Tu eres mi mal. Ese mal que mina mi alma, que consume mi cuerpo. De nada sirve llamarte. No oyes mis quejas, no sabes de mi. Soy como un perro que ladra tras el postigo de la ventana o en el dintel de la puerta. De tanto evocarte siento que ya no recuerdo como eras. Pareciera que abandonaste el escenario de mi memoria. Ahora te veo como quisiera que fueras. Solo, en esta soledad que hastía, me aferro a un pedazo de nuestra vida pasada. A ese pedazo en que tantas cosas nos eran comunes: la calle, la música, esa calle que antes cancelaba las distancias, esa música que se apagó separándonos, cuando dejo de sonar, cuando cesaron sus acordes, al igual que los blues americanos: lastimosos, quejosos, que cuando terminan nos dejan expectantes, llorosos. Pero todo es inútil sigo sin encontrarte. Y en ese buscar, en ese esperar, se me va la vida. Siento como se ciegan mis caminos, como una a una se apagan las luces, como se cierran las puertas y me voy quedando solo, falto de todo, o de casi todo, de lo que hasta ayer me pertenecía, de lo que era mio. Ahora se, a ciencia cierta, lo que es sentir como el tiempo resbala por la piel, como se escurre, sin que se pueda hacer nada para evitar esa ausencia que mata. Como quisiera volver a tener lo que antes tuve. Como quisiera ver contigo las estrellas que no vimos, beber el agua que no bebimos, besarnos como nunca nos besamos. Tu eres mi mal. Y de ese mal, de ti, voy a morir. EFO.

domingo, 30 de octubre de 2016



LOS CEMENTERIOS


Los cementerios son ciudadelas cerradas donde se facilita la entrada y prohíbe la salida. Son espacios habitados por seres que fueron alguien y que ahora son algo. Por gente que nunca se ve, ni se conoce, que no se comunica, que no hace ruido. Los cementerios son territorios  llenos de horas muertas, de tiempos idos, de sueños inconclusos, de ilusiones vanas, de largos adioses, de ayes lastimeros, de estatuas tristes. En los cementerios no hay ningún querubín risueño, ninguna virgen feliz, ningún ángel sonriente. Son lugares donde toda aflicción tiene su asiento y toda lágrima un lugar. Están poblados de recuerdos, llenos de lamentos, de amores terminados, de esperanzas fallidas. No hay letreros de bienvenida, todos están hechos para despedir, para recordar, nunca para recibir. Sus caminos no llevan a ninguna parte, todos mueren en los mismos sitios, todos se entrecruzan, formando calles que parecen cercos, que limitan los pasos, que atan los pies. En los cementerios solo se escucha el grito del silencio y el susurro del viento. Las palabras se musitan. Se habla en voz baja, se mira de soslayo, se escucha despacio. El silencio espeso, grueso, consistente, forma una bóveda que lo cubre todo, que lo llena todo, que lo ocupa todo. El viento, lastimero, quejumbroso, no silva, gime. A ratos pareciera que llorara. Se arrastra patrullando las veredas, contando las tumbas, inventariando las lápidas, pasando revista a los muertos. En los cementerios las flores tienen distintos colores, pero el mismo olor. Un olor característico, pegajoso, dulzón, triste, que se queda en la ropa y tupe la nariz. Los cementerios abren de día y cierran de noche. De noche nadie los visita. De día únicamente los que, en llorosas caravanas, van a despedir o los que poblados de añoranzas o remordidos de conciencia, se acercan a visitar. En los cementerios no sólo se sepultan cuerpos. Se entierran vanidades, amores, odios, orgullos, historias. Allí todos son iguales, están colocados en la misma posición: horizontal. En los camposantos no hay verticalidad. La diferencia la hacen la forma y dimensión del monumento que se erige encima de la tierra donde se asienta.
Me gustan los cementerios porque en ellos eres libre de decir lo que quieras. Nadie te pregunta, ni te ve, ni te escucha. Te sabes solo, pero te sientes acompañado. Puedes dejar que tu imaginación desande sus avenidas, se trepe a sus árboles, se siente en sus bancos. Puedes llorar a placer y estar triste, hablar contigo mismo, en voz alta, sin que te miren de soslayo o murmuren a tus espaldas. Todo eso está permitido. 
En los cementerios los muertos tienen algo en común: están vivos, pues la muerte es el fin de esta  vida, pero el principio de otra donde se vive en la memoria de pocos y se muere en el olvido de muchos.  EFO 


viernes, 7 de octubre de 2016





LA NOSTALGIA

Ayer encontré tus letras, esas que me escribiste, contándome tus cosas, cosas que solo a mi contabas y creeme, la vida se me oscureció de repente. Sentí como si un manto de ceniza me cubriera, como si un velo de niebla me envolviera. Es la nostalgia de no estar contigo, de haber perdido tu recuerdo en el paso de los días, con el discurrir del tiempo. 
Ayer me arrimé a tu puerta a descansar y se me ocurrió pedirte que le ordenes a tu boca, esa de risa de azúcar, que me llame, que le digas a tus ojos, esos de ala de cuervo, que me miren, que le pidas a tus manos, esas de dedos de lirios, que me toquen. Pero tu puerta estaba cerrada, no se abrió. Es la nostalgia de evocarte, de verte venir entre sueños, cubierta de pasado. Ayer la nostalgia se me escurrió por la piel y con ella volvieron las ilusiones como vuelve una fiera a su cubil, como retorna una cigüeña a su campanario, presurosas. La nostalgia me enseñó que la vida sin dolor no sabe igual, que el tiempo se hace viejo dentro de las gavetas cerradas. Ayer recordé aquellas noches en que mi mano se hacia garra, apretando el gorrión de tu mano y hoy me siento como un barquito de papel, a la deriva, a merced del agua que corre por el caño, impulsado por el viento que lo conduce a destino incierto.
La Nostalgia es un sueño que no sentimos llegar. Es como una mortaja de lluvia que nos cubre, que nos empapa el alma. Es querer volver a vivir lo vivido, estar donde estuvimos, sentir lo que sentimos. Es una sombra difuminada, una figura imprecisa de algo que ya fue, un deseo insatisfecho, una añoranza, un desasosiego, un dolor dulce que nos lastima, pero que queremos seguir sintiendo. Es como una flor marchita,  ya muerta, que nos empeñamos en revivir. La Nostalgia camina aferrada a los acordes de las viejas canciones, esas que ya nadie escucha; a las hojas amarillas de los libros antiguos, polvosos, esos que ya nadie lee; a las cuentas de los rosarios,  esas que ya no desgrana el que perdió la fe; al sepia de los fotografías,  esas que ya nadie ve.
La Nostalgia no es evocable. No podemos convocarla a placer, pues no obedece a nuestra voluntad, no se somete a nuestros deseos. Cuando llega plena nuestras estancias, ocupando todos los espacios como si fuesen suyos, como si fuese la dueña. Se aposenta en nuestro espíritu y allí se queda. Nos abandona cuando considera que debe irse. Y se va como llega; despacio, sin hacer ruido, sin aporrear la puerta, sin despedirse, sin anunciar su partida. 
Para unos La Nostalgia es un bálsamo que alivia su herida, para otros es la  herida misma que no tiene alivio.   EFO.