lunes, 14 de mayo de 2012



MI BARRIO.

Mi barrio es empinada calle en la gaveta de las añoranzas. Es entrechocar de cocos ahítos de furia, ansiosos de verter la sangre de sus aguas. Mi barrio son montañas de recuerdos, cientos de rostros, cúmulos de olores, pilas de sonidos. Son tardes de dominó regadas de medias jarras. Mis primeros pasos al compás de una guaracha de Billos. El humo de un cigarrillo marca Capri. La escalada al cerro. La visión atormentada de los locos en el Manicomio. La furia de los patines macerando el macadam. El vuelo de un papagayo, a la isla, esclavo en los brazos del viento. Mi barrio son los primeros galanteos. Cabellos negros que acarician mis manos. Cinturas que ciñen mis brazos. Ojos que mirar. La dulzura del primer beso enamorado, ilusionado, asustado. El primer desengaño. Serenatas a capella en noches de alcohol. La lata de maíz en la molienda. Una mochila de temores, de miedos, de angustias que amorataba mi espalda. Noches sin fin prisionero de las estrellas, rehén de la oscuridad. La verticalidad de un poste, sostén del cuerpo, vigilante de horas de ocio. El miedo a la recluta. Las peleas callejeras. Los estrenos de Diciembre. Las fiestas de los sábados. Mi barrio es como una colcha que me arropa. Como una sombra que me acompaña. Como un hierro que me marcó. En el nací. En el crecí. En el viví. Mis mejores días, mis más queridos recuerdos permanecen sepultados bajo el polvo de sus calles, a la sombra de la fachada de sus casas, en los recodos de sus esquinas. Mi barrio es como una concha que me protege. Un compañero permanente. Un amigo perdurable. Una siempre grata vuelta al pasado. Un sitio acogedor al cual se puede y desea volver. Recorrer sus veredas, doblar sus esquinas, dejar que los recuerdos troten por sus aceras es un ejercicio que me comunica una dosis de incalculable placer. Mi barrio es la visión fugaz de algo que existió llamado carritos por puesto, botiquines con rokolas, velorios en las casas, partidas de chapitas, derrotas de chinas. En mi barrio se armaban bicicletas recolectando sus partes en las quebradas que lo surcaban. Se comían helados Cruz Blanca, la mayoría de las veces salados en la punta. Se compraban bizcochos recién horneados. Se cambiaban libretas de estampillas por docenas de dulces. Se pintaban casas por 100 bolívares y se fumaba escondido en los rincones oscuros. Mi barrio me vio partir un día. Me dejó ir sin pena, como quien despide a un amigo. Nos dijimos adiós. Nos separamos, pero nunca nos olvidamos. EFO.




LA NOCHE


La noche serena derrama luces de estrellas sobre los campos que blanquea la luna. La noche lujuriosa embruja con sus sombras los cuerpos que se juntan. La noche inquieta inyecta angustias en la mente. La noche furiosa corta con sables de rayos el espacio trémulo. La noche temerosa se esconde en el fondo de las cavernas. La noche alegre derrocha ruidos y regala risas. La noche triste llora aguaceros y desgrana lamentos. La noche altiva corona de joyas su frente. La noche curiosa se asoma por las rendijas violando la intimidad de los cuartos. La noche misteriosa pinta de negro los velos de las vírgenes. La noche errante trota sobre el empedrado de las calles. La noche guardiana vigila las almas de los condenados. La noche pecadora asola con su arrepentimiento las puertas de los templos. La noche que nace bosteza ilusiones. La noche que muere llora tristezas. La noche de los tiempos reparte olvido entre los hombres. La noche de la muerte oscurece las pupilas y cierra los parpados. La noche cálida enturbia los sentidos. La noche lóbrega aprieta el corazón. La noche marina satura de olores la ausencia de ruidos. La noche coqueta viste un manto de brillantes. La noche enamorada acaricia con sus manos de sombras. La noche eterna entenebrece los ojos ciegos. La noche guerrera pasea su carro por campos florecidos de ira. La noche codiciosa acumula estrellas. La noche vanidosa luce el fausto de su belleza. La noche dadivosa regala luz de luna. La noche quejosa trae rumor de lamentos. La noche fugaz vuela en un parpadeo de luz. La noche perversa se recrea en nuestras miserias. La noche ladrona roba ilusiones. La noche chismosa secretea con el tiempo. La noche traidora hiere con un puñal de rayos. La noche doliente llora con lagrimas de luceros. La noche voluptuosa se muestra sin pudor. La noche bruja hechiza con su fragancia. La noche falaz engaña con su encanto. La noche gitana baila al son de guitarras. La noche prisionera languidece en el calabozo de su oscuridad. La noche dulce embriaga con su olor. La noche peregrina derrama reliquias de luces en los santuarios. La noche mala asusta a los niños con un embozo. La noche egoísta esconde sus estrellas. La noche bohemia se oculta cuando sale el sol. La noche vieja se ríe con ráfagas de viento. La noche solitaria llora sus tristezas. La noche buena arrulla con un canto celestial. La noche traviesa despierta al eco en los campanarios. La noche de los tiempos detiene el paso de los relojes. EFO






EL OÍDO



El Oído, o los Oídos, por qué en realidad son dos, aunque funcionen como un solo sentido, son unas cavidades localizadas a ambos lados de la cara. Su trabajo fundamental es tragar las palabras, y transmitirlas al cerebro, quien a su vez las decodifica y le da instrucciones a la mente para que esta ordene a la boca una respuesta, o en su defecto permanezca cerrada.
El Oído es un órgano compuesto y muy raro.  En su parte exterior, también llamada Oído Externo u Oreja, tiene una zona denominada Pabellón, que sirve como una especie de antena receptora para captar las palabras y otra llamada Lóbulo utilizada por mujeres y hombres para guindarse aretes.
Las palabras viajan a lo largo de los pliegues descendentes de la oreja para caer en el Conducto Auditivo Externo, que es como una especie de túnel. Allí deben traspasar una barrera compuesta por un material seboso o  cerumen, que se encarga de filtrarlas. Si hay exceso de cerumen las palabras no pueden ser decodificadas correctamente, de allí la importancia de mantener siempre limpio este conducto. Superado el obstáculo las palabras llegan al Odio Medio donde apenas entran chocan con un muro de contención llamado Tímpano, para luego sortear los obstáculos que representan unos huesos (Martillo, Yunque y Estribo) y finalmente acceder al Laberinto donde se pierden, pues deben atravesar la Ventana Oval, el Caracol, el Vestíbulo y los Canales Semicirculares. Durante todo este periplo han sufrido una transformación vital: de palabras simples se convierten en ondas sonoras y luego en ondas sonicas,  única forma de que el cerebro las entienda.
El Oído cumple una labor importante en el proceso de transmisión de las palabras, pero lo hace, en algunas ocasiones de modo caprichoso, pues en determinados momentos se niega a captar las palabras o si las capta no las transmite, pues considera que no son pertinentes, es decir, que no vale la pena el trabajo a realizar y para justificar su actitud recurre a un viejo refrán: A palabras necias oídos sordos. Cuando esto sucede se interrumpe inmediatamente la comunicación entre los cuerpos, pudiendo ocasionar severos trastornos en las relaciones interpersonales.
El Oído también es suceptible a enfermarse. La enfermedad más común que suele padecer recibe el nombre técnico de Perdida de la Capacidad Auditiva, o Sordera y quien la padece es llamado sordo. La Sordera puede ser congénita, es decir, de nacimiento, hay cuerpos a los cuales no se les activó al formarlos el sentido de la audición. Son cuerpos incompletos. También puede producirse como consecuencia de una causa externa. La Sordera puede ser simple o compleja. Es simple cuando afecta solamente al oído y es compleja cuando viene acompañada de la capacidad para formar palabras. Quienes sufren de este mal son los llamados sordo-mudos. Los sordos, simples o compuestos, palean su incapacidad utilizando el lenguaje de las señas, un complejo sistema que solo puede ser captado por el ojo.
El Oído al transmitir las palabras al cerebro cumple una función de primer orden en el proceso de formación de llaves, único instrumento capaz de desentrabar cuerpos. EFO



MI NIÑEZ



Mi niñez es un recuerdo vago. Un sueño ya soñado. Una fecha en el tiempo. Un pasado remoto. Un paso dado. Una jornada agotada. Una ilusión asomada. Mi niñez son unos zapatos Rex. Un autobús amarillo y rojo. Un gato negro, siempre mordelón. Una visión inusitada del abuelo. Una escuela aborrecida. Una pelea no ganada Una novia vedada a los placeres. Un perezoso despertar. Una ingenuidad perdida. Un asombro diario. Una confianza grosera. Un boleto de ida. Una realidad falsa. Un trencito gris cargado de vagones. Mi niñez es un mundo de sotanas y cruces que no quería. Un padre a ratos. Una madre omnipresente. La seguridad de saber que nada era seguro. Un tío rico, bueno, generoso. Un tío borracho, tarambana, loco. Dos abuelas tan distintas. Un diablo que me perseguía. Un Díos que me protegía. Una hermana con quien crecer. Unos amigos para jugar. Pocos en quien confiar. La magia blanquinegra de una televisión prestada. Un mundo atosigante de números odiosos que no entendía. Un siempre gratificante universo de cuentos que disfrutaba. Un olor penetrante de Jean Marie Farina. Un blanco inmaculado de Crema C de Ponds. Las esperadas navidades. Las odiadas Semanas Santas. El claustro del internado. La libertad del cerro. La melodiosa voz de la maestra. La vengadora palmeta de la inquisición escolar. Las radionovelas de mamá en su radiecito rojo, marca Zenit. La asquerosa sopa de espinacas. Las obligadas misas del domingo. Un chocar de metras prisioneras en los bolsillos. Un artilugio de hierro llamado bicicleta. Una avasallante ausencia de casi todo lo material. Una exuberante abundancia de sueños. Un papagayo abrochado al viento. El furioso zumbido de un trompo azul. La seguridad de un arma llamada china. Mi niñez fueron tardes espiando el caminar de las nubes, el aleteo lejano de los zamuros. Silencios profundos. Preguntas sin respuestas. Juegos compartidos. Juegos solitarios. El barrio donde crecí. El despertar a los sentidos. Mis primeros rencores, Mis primeros amores. El susto de un viaje hacia adentro que tendría que hacer obligadamente solo. La visión de un mañana que siempre lucía incierto. Mi niñez fue un cúmulo de sentimientos encontrados. De muchos no y pocos si. Fue un espacio que rellené a cuatro manos, las dos mías y las otras dos de alguien que siempre estaba allí, así no fuera siempre el mismo. Pasé por ella cabalgando en el caballo de madera de mi propia realidad, y así, cabalgando, la abandoné. EFO




LA VEJEZ

Sin darme cuenta me hice viejo. Tan viejo que no me reconozco en mi propia vetustez. Tengo los ojos viejos. La boca vieja. Las manos viejas. El pelo viejo, tan viejo que es blanco. Camino como viejo. Hablo como viejo. Lloro como viejo. Grito como viejo. Veo como viejo. Oigo como viejo. Hoy me asomé a la plata del espejo y me devolvió un reflejo difuso, desvaído. Tan amorfo que no pude reconocerme. Poco a poco, sin percibirlo, la vejez me fue invadiendo. Comenzó por una hebra blanca de pelo que una mañana se pintó con desgano. Después hizo metástasis en manos, piernas y pies. Se aposentó en el pecho, angostándome la respiraciòn. Subió a los ojos y cuando ya no pude ver, dejé de sentir. La vejez cohabitó con mi mente, borrándola, llevándose los recuerdos, blanqueándola. La vejez maridó con mi piel, arrugándola, secándola, marchitándola. La vejez me robó la risa, la verdadera risa, la carcajada, dejándome un remedo de ella, un sonido gutural, cascado, átono, feo, que los dientes no pueden retener, avergonzándome. La vejez se llevó la lujuria. Esa que perseguía muchachas con golosa imaginación. Esa que disparaba la pistola del deseo tras unos torneados muslos que febriles imaginábamos donde terminaban. La vejez me dejó lleno de buenas intenciones. Ayuno de pecado. Vacío de malas intenciones. La vejez cargó con el placer. Con el placer de mirar con desparpajo. De desconcertar con una frase.Con el placer de sentir los sentidos, Con el placer de oler, de tocar, de comer, de beber, de bailar, de fumar. Con el placer de saberse preferido, querido, consentido, deseado, imaginado. La vejez embaló mi equipaje de sueños, de ilusiones, de angustias, de dolores, de pesares, en una maleta rota de la que escapó todo lo guardado. La vejez amortajó mi futuro, destiñó mi pasado, esterilizó mi presente. La vejez me vació. Me secó. La vejez me llevó a no se donde. Me instaló en una realidad que todavía no me pertenece. La vejez no deja que me reconozca, que sepa que soy yo el que se esconde bajo esa piel cetrina, esos ojos apagados, esa mirada vacía. La vejez me vela. Impide que me asome, que desvanezca la sombra que me cubre. La vejez me hizo viejo, sin presentirlo, sin quererlo, sin desearlo. La vejez quiere matarme, acabar conmigo, para sepultarme, desaparecerme, dejar de verme. EFO


domingo, 13 de mayo de 2012





EL OJO


Al igual que el Oído, los Ojos pues son dos, actúan como uno sólo en el proceso de formación de palabras. El Ojo Emite señales visibles que reciben el nombre de miradas. Estas miradas pueden ser de varios tipos y su objetivo básico es  provocar reacciones en otros cuerpos, que eventualmente pueden estimular la formación de palabras. Las miradas  pueden ser Inquisitivas cuando funcionan como preguntas o Explicativas dando respuestas a miradas  o palabras inquisitivas. Las miradas también sirven como medio de expresión de emociones. Las Admirativas, denotan admiración ante una palabra o un gesto emitido por un cuerpo. Para hacerlo el Ojo se abre desmesuradamente. Hay miradas de temor, ambiguas, de amor, de invitación, de deseo, de desconcierto, de pasión, de perdón, de castigo, de recriminación, también las hay severas y mudas. Existen miradas que recorren otros cuerpos de arriba abajo, esas son desafiantes, retadoras y provocan casi siempre una mirada contraria instantánea, de igual o superior fuerza.
El ojo puede quedarse estático, para ello utiliza el mecanismo de mirada que se pierde en el vacío y también mirar sin ver, es decir emite una mirada simple que no pretende indagar sobre el cuerpo u objeto sobre el cual se posa.
Al actuar como receptor capta los diversos tipos de mirada, convirtiéndolas  en impulsos eléctricos que trasmite al cerebro para su decodificación y posterior respuesta, la cual puede ser con una palabra o con una mirada.
Las miradas son estímulos para la formación de palabras, pues invitan a generar una reacción en el cuerpo al cual van dirigidas. El ojo, al igual que el oído es también selectivo puede, dependiendo de su criterio, ignorar una mirada que emite otro cuerpo, utilizando el mecanismo de mirada evasiva.
Al igual que la boca o el oído suele padecer de enfermedades que dañan su delicado mecanismo, impidiéndole cumplir a cabalidad con las funciones que normalmente desarrolla. Entre las más comunes están la  ceguera,  perdida total o parcial de su facultad de emitir y captar miradas, el estrabismo, rara condición gracias a la cual uno de los ojos, o los dos, si el problema es grave, no se alinean correctamente convergiendo hacia el tabique nasal, la miopía, dificultad para captar miradas emitidas por cuerpos lejanos  y la hipermetropía, dificultad para captar miradas emitidas por cuerpos cercanos.
El Ojo, al envejecer el cuerpo en el cual está situado, sufre un proceso de deterioro conocido como mirada apagada, que se caracteriza por la disminución en la intensidad emisora  de las miradas.
El Ojo dada su capacidad para generar respuestas, forma parte importante del proceso de fabricación de llaves, único instrumento capaz de desentrabar los cuerpos. EFO



ADIOS

Puedo morir hoy, ahora mismo, en este instante. Puedo morir casi sin darme cuenta. Morir despacio, sin angustia, casi como dormir. Esa sería una muerte dulce. La muerte, dicen, es un sueño, sólo que no sueñas. Puedo morir violentamente. Esa sería una muerte rápida. Puedo morir día a día. Sintiendo como pasan las horas, llevando sobre mi cuerpo el fardo del tiempo que pareciera no terminar nunca. Esa sería una muerte odiosa. Puedo morir viejo. De causas naturales. Esa sería una muerte buena. Si muero joven, moriría de mala manera, moriría sin haber vivido. Puedo morir por otra mano, sentenciado a muerte. Esa sería una muerte oprobiosa. Puedo morir por propia mano. Esa sería una muerte buscada. Puedo morir sin pensar que voy a hacerlo. Pero puedo hacerlo pensando en mi muerte, imaginándola, dándole forma a ese momento desconocido. Esa sería una forma extraña de morir. Sería morir pero no morir. Sería morir, pero seguir viviendo. Uno puede morir viviendo. Sintiendo día a día como te roe una pena el alma. Como te consume un dolor. La muerte no es solo física. Puedo morir para otros, sepultado en el olvido de una o de mucha gente. Puedo morir por partes, primero mi alma y después mi cuerpo o todo de una vez. Puedo morir hoy, ahora mismo, en este instante y otro ser ocupará mi espacio, se hará dueño de mi lugar. Marcará sobre mis huellas sus propias huellas. Desandará mis caminos. Llenará los ámbitos de mi vida. Yo puedo morir de cualquier forma. Y cuando eso pase casi nadie se dará cuenta. La muerte, mi muerte, es algo personal, íntimo, muy mío. Es mi propia manera de despedirme de todo, de alejarme, de irme. Cuando muera será como cuando pasa la brisa, alumbra el sol, entiniebla la noche. Alguien lo notará, por un breve espacio, pero casi al instante será olvidado. La muerte es un hecho cotidiano, forma parte de la rutina de la vida. La muerte es sólo un paso. Para algunos ese paso marca su trascendencia, para otros, para casi todos, es sencillamente un dejar de existir, un no ser. Morir es como mirarse al espejo para descubrir lo que tratamos de ocultar. Ver la flacidez de las carnes, los surcos de la piel, conocer la magnitud del daño. Morir es enfrentarse a uno mismo. Hacer balance, rendir cuentas, cerrar por inventario. Mientras otro autopsia las carnes en busca de secretos, uno abre el alma para confrontar los hechos, evocar lo vivido, recordar lo soñado, llorar por lo no logrado. Morir, es vivir, dormir, dejarse ir, no más EFO.